Rixio Portillo
Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey

Un año sin el papa Francisco


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Al cumplirse el primer aniversario del sentido fallecimiento de Francisco, un comentario sobre esas cosas que hacen falta de un papa que llevó la radicalidad del Evangelio en su vida, su expresión, su mensaje y su testimonio valiente en un mundo fragmentado.



De Francisco hace falta su espontaneidad. Enseñó una iglesia abierta, en salida, más allá de los formalismos. Una iglesia que acompaña y camina con la humanidad. Una compañía hasta las periferias, hasta los últimos, hasta a aquellos que no son noticia y que siguen al borde del camino.

Esa espontaneidad en Bergoglio también la vivía en la sencillez, en sus zapatos negros desgastados, en una sotana blanca deshilachada por el uso, alejado de cualquier pretensión monárquica e incluso de superioridad. Sin dejar de ser el padre Jorge, solo quiso vivir esa etapa de su vida como el Santo Padre, Francisco.

El papa auténtico y sin filtros

De Francisco también se extraña su claridad y transparencia, que se resumen en una autenticidad de vida, cada gesto, cada expresión, cada palabra, era sin el filtro del aparentar, ni en el qué dirán. Esa sin duda era la fórmula de conectarse con todos, pues aunque estuviese en una multitud, cada uno se sentía acogido y reconocido por él.

Su sencillez era en gestos, pero también en la sobriedad de la liturgia, en la cotidianidad de un papa que en sus últimos días los vimos con un simple poncho en la Basílica de San Pedro. Pastor con olor a oveja.

Francisco y su valentía en la denuncia profética. Al mal lo llamaba mal, y al bien lo anunciaba como antídoto contra el descarte, la exclusión y la segregación. No había otro camino social ni otra propuesta que no fuese la fraternidad y la amistad, articulado en el diálogo.

Papa Francisco

Un papa post Concilio, que apostaba al Concilio

Sus palabras sobre la corrupción, su empeño por la conversión pastoral, su disposición en hacer del Vaticano II una realidad concreta en el pueblo de Dios, erradicando una mentalidad clericalista en laicos y consagrados, en la dignidad de la mujer a través del carisma de María, que era más importante que el de Pedro.

Francisco, el papa que pasó del sustantivo al verbo, de la misericordia al “misericordiar” y que invitó a la Iglesia en esa lógica del Evangelio a salir a las periferias y a vivir que la fe, la esperanza y la caridad son para todos, todos, todos.

¡Francisco, te extrañamos, papa Francisco!


Por Rixio Gerardo Portillo. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey