Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Thomas Choi Yang-up, santidad familiar a distintos ritmos


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En la historia de la Iglesia existen numerosos ejemplos de familias en las que la fe ha sido vivida de manera tan intensa que ha marcado a varios de sus miembros. Algunas de ellas son familias de mártires, donde varios hermanos o incluso matrimonios han entregado la vida por su fidelidad a Cristo, como se ha visto incluso en testimonios recientes –ya en los altares la familia Ulma en Polonia o en camino todavía la familia Rugamba en Ruanda–. Pero otras familias no han pasado por el martirio y han destacado por una vida cristiana ejemplar transmitida de padres a hijos. Es el caso de la familia de San Bernardo de Claraval o más recientemente los santos Luis y Celia Martin, padres de Santa Teresa del Niño Jesús, donde la santidad se ha desarrollado como una verdadera herencia espiritual dentro del hogar.



En este contexto amplio de santidad familiar, la historia de la familia del sacerdote Thomas Choi Yang-up resulta especialmente singular. En su caso, los padres fueron mártires durante las persecuciones en Corea, mientras que él, en lugar de perderse tras esa tragedia, respondió a ese testimonio llegando al sacerdocio y dedicando su vida al servicio de los demás. Precisamente este hijo ha saltado recientemente a las noticias porque la aprobación por parte de los médicos de un milagro atribuido a su intercesión lo acerca a los altares, y así sería el primer coreano beatificado por la vía de la santidad de vida, no por el martirio.

El padre, Francisco Choi Kyong-hwan, vivía con su familia en el entorno rural del monte Suri, donde había contribuido a la formación de una comunidad cristiana vibrante. Su vida estaba marcada por una fe activa que se expresaba en la educación de los hijos, la catequesis de los vecinos y el sostenimiento de una comunidad que vivía constantemente bajo amenaza, como de hecho se manifestó trágicamente.

Actitud desconcertante

La noche del 31 de julio de 1839 marcó el inicio del desenlace. Las fuerzas de la policía llegaron desde Hanyang y rodearon la casa de Francisco. Entraron con violencia, gritos e insultos, pero lo que encontraron no fue resistencia ni miedo, sino hospitalidad. Francisco los recibió como huéspedes esperados, les ofreció comida, vino y descanso. Esta actitud desconcertante, más que ingenuidad fue una expresión radical de su fe: incluso en el momento del peligro, el cristiano debía actuar con caridad.

Aprovechando esa inesperada calma, Francisco recorrió el pueblo invitando a los fieles a entregarse voluntariamente. No podía concebir la fe como algo que debiera ocultarse para sobrevivir, sino como una verdad que merecía ser testimoniada incluso a costa de la vida. A sus propios hijos les habló con una claridad desgarradora: era preferible sufrir en prisión por Cristo que vivir en la comodidad sin fidelidad.

Al amanecer, antes de ser llevado cautivo, todavía sirvió alimento a los soldados. Este gesto final resume su espiritualidad: la entrega total sin resentimiento, la firmeza sin violencia, la fe vivida como servicio incluso al enemigo. Poco después, junto con decenas de cristianos, fue conducido hacia Seúl en una marcha agotadora bajo el calor del verano. Él mismo animaba a los demás a ofrecer sus sufrimientos como participación en la Pasión de Cristo.

Espíritu inquebrantable

Ya en la prisión, comenzó el tiempo del testimonio extremo. El juez intentó separar la fe de Francisco de la de los demás, ofreciéndole libertad si renunciaba a su religión. Pero él respondió con una firmeza que era convicción absoluta de verdad: la fidelidad a la Iglesia era inseparable de la salvación. Por ello fue sometido a torturas prolongadas y brutales, su cuerpo fue destruido lentamente, pero su espíritu permaneció inquebrantable.

Durante meses sufrió interrogatorios, golpes y humillaciones. Según algunos testigos, durante los dos meses que Francisco pasó en la cárcel, apenas hubo un solo día en que no fuera sometido a torturas. Su cuerpo se había convertido en una llaga viva: fue azotado trescientas cuarenta veces y golpeado con una maza en las tibias ciento diez veces. A pesar de todo, nunca dejó de rezar ni de predicar el Evangelio a quienes lo rodeaban: en medio de su dolor, cada vez que le pedían que explicara la doctrina, Francisco lo hacía con alegría.

Thomas Choi Yang-up.

Thomas Choi Yang-up. Foto: Vida Nueva

Un día, para añadir sufrimiento a sufrimiento, el jefe de la policía lo ató a un ladrón, que se burlaba de él y golpeaba sus heridas. Pero Francisco no pronunció ni una sola palabra, hasta el punto de que el ladrón terminó rindiéndose y exclamó: “Si alguien estuviera a punto de creer en la Iglesia Católica, debería comportarse como él”. En otra ocasión, los carceleros intentaron hacerle vestir la mitra y la casulla del obispo Laurent Imbert, que también estaba prisionero. Como respuesta, Francisco se inclinó, declarando que se inclinaba ante la Cruz y manifestando un profundo respeto por las órdenes sagradas.

Sin embargo, incluso en medio del dolor físico extremo, continuó enseñando la fe a quienes lo rodeaban y la prisión se convirtió así en un lugar de evangelización. Finalmente, tras innumerables tormentos, Francisco murió en prisión en 1839, en lo que la Iglesia ha reconocido oficialmente –mucho antes era ya una certeza del pueblo de Dios– como martirio. Su vida quedó asociada a la de otros grandes testigos de la fe coreana, y su memoria fue posteriormente integrada en el grupo de mártires canonizados en 1984 por Juan Pablo II en su visita apostólica a Corea.

Esposa comprometida

La historia de esta familia no se comprende sin la figura de María Yi Seong-rye, su esposa, cuya vida refleja otra dimensión del martirio: el de la maternidad sufriente. María era una mujer de carácter fuerte e inteligencia notable, profundamente comprometida con la vida cristiana de su familia y su comunidad. Junto a su esposo, había contribuido a sostener la comunidad del monte Suri, educando a los hijos en la fe y acogiendo las dificultades como parte de su vocación cristiana.

Cuando la persecución se intensificó, María no dudó en seguir a su esposo incluso en el momento del arresto. Fue conducida a Seúl junto a sus hijos pequeños, separada posteriormente de su familia en la prisión, salvo del más pequeño, que tenía apenas dos años. Allí fue sometida a duros interrogatorios y a torturas, que le causaron graves heridas y la fractura de los brazos, pero, a pesar de todo, se mantuvo firme en la fe. Sin embargo, al no poder ya alimentar a su hijo, tuvo que contemplar cómo el niño se consumía poco a poco. Ante ese sufrimiento extremo, terminó cediendo a la tentación: aceptó la propuesta del juez de renegar de su fe y, de ese modo, obtuvo la libertad y pudo regresar a su casa. No obstante, apenas recuperada, se arrepintió profundamente de su decisión. Este episodio, lejos de ser ocultado por la tradición, ha sido transmitido como parte de la complejidad de su historia espiritual, como debilidad provocada por el sufrimiento extremo.

Nuevo arresto

Cuando las autoridades descubrieron que su hijo había partido hacia Macao para estudiar teología, fue arrestada de nuevo. Con la ayuda de otros cristianos, logró que sus hijos fueran puestos a salvo lejos de allí. Esta vez, sin embargo, su actitud fue distinta: asumió plenamente su testimonio de fe y resistió las nuevas torturas con firmeza renovada. Incluso desde la prisión, escribió a sus hijos exhortándolos a permanecer fieles a Dios, a amarse entre sí y a esperar el regreso de su hermano. Desde la prisión escribió a sus hijos estas palabras: “Nunca olvidéis al Señor y a la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Amaos los unos a los otros y nunca os separéis. Esperad el regreso de vuestro hermano mayor, Thomas”.

Finalmente, María Yi Seong-rye fue decapitada el 31 de enero de 1840, a las afueras de Seúl, en Danggogae, junto con otros seis mártires Su vida, marcada por la lucha interior, la maternidad ejemplar, el sufrimiento y la reconciliación final, ha sido interpretada como una de las expresiones más humanas y profundas del martirio cristiano.

Como hemos dicho, Francisco Choi Kyong-hwan fue incluido dentro de un grupo amplio de mártires coreanos que fueron canonizados juntos en 1984 por Juan Pablo II. En cambio, la madre, María Yi Seong-rye, aunque también murió mártir en la misma persecución y con un testimonio igualmente firme, no fue incluida en ese grupo específico canonizado en 1984. Su causa siguió otro camino y llegó posteriormente solo hasta la beatificación.

Motor de su entrega

En medio de este drama familiar creció Thomas Choi Yang-up, el hijo de ambos. Nacido en 1821, su infancia estuvo marcada por la persecución, la pobreza y la ausencia de sus padres, pero también por la intensidad de la fe recibida de ellos.

El futuro mártir San Pierre Philibert Maubant (1803-1839), miembro de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París, llegó a Corea junto con otros misioneros de la congregación a finales de 1825 y se encontró con Thomas; el sacerdote quedó impresionado por él y, en 1836, lo tomó consigo como seminarista. El 6 de febrero de 1836 fue invitado a la casa de Maubant para recibir lecciones de latín, un requisito previo para el sacerdocio. Él y su compañero seminarista, el también futuro mártir San Andrés Kim Taegon (1821-1846) fueron seleccionados para vivir con Maubant y llegaron allí el 14 de marzo de 1836 y el 11 de julio respectivamente; ambos vivieron y estudiaron junto al sacerdote.

Su formación estuvo marcada por la conciencia constante del sacrificio de sus padres. En sus cartas y reflexiones se percibe una mezcla de humildad, dolor y deseo de corresponder al legado recibido. No se sentía digno de la misión sacerdotal, pero precisamente esa fragilidad se convirtió en el motor de su entrega.

Thomas Choi Yang-up.

Thomas Choi Yang-up. Foto: Vida Nueva

En tiempos en los que arreciaba la persecución, él y el futuro mártir San Andrés Kim Taegon fueron los primeros coreanos ordenados diáconos en Macao en 1844. Su amigo fue asesinado cuando intentaba volver a Corea para reunirse con los cristianos que habían quedado sin sacerdotes, y Thomas sintió una profunda frustración por no haber sido él también mártir. “No pude seguir a mis padres y a mis hermanos, me avergüenzo profundamente”, escribió en una carta. “Sigo luchando contra tanta debilidad e inmadurez. ¿Cuándo seré digno de participar en la gran obra de los sacerdotes y en los sufrimientos de mis hermanos? ¿Podré completar lo que falta en los sufrimientos de Cristo y llevar a término la obra de la salvación?”.

Ordenado sacerdote el 15 de abril del 1849 en Shanghái, regresó a Corea un año después para desarrollar en sus primeros seis meses un ministerio extraordinariamente exigente. Recorrió miles de kilómetros visitando comunidades cristianas dispersas, muchas de ellas sin acceso a sacerdotes durante años. Después fue enviado a la aldea de Baithi, donde permaneció once años y medio. Allí su labor no se limitó a la administración sacramental, sino que incluyó la traducción de textos catequéticos, la formación de fieles y la preservación de la memoria de los mártires. A comienzos de 1860 visitó a unos 3.815 cristianos.

Pastor incansable

Él también sufrió numerosas intimidaciones y persecuciones, que vivió con espíritu de fe y confianza en Dios, pero no fue mártir. En una ocasión, en 1859, fue duramente golpeado por las autoridades locales y por no creyentes, y también fue expulsado de una posada, quedando medio desnudo.

Su vida fue descrita como la de un pastor incansable, hasta el punto de ser llamado el “San Pablo de Corea” y el “mártir del sudor”, por haber consumido su vida entera en el servicio. Murió joven en 1861 a causa de fiebres tifoideas y agotado por las dificultades de su ministerio. Su solemne funeral se celebró cinco meses después, y sus restos fueron enterrados en una colina situada detrás del seminario de Baeron.

Se cerraba así el ciclo de una familia extraordinaria completamente configurada por la entrega a Dios. Su historia nos muestra una unidad espiritual excepcional, si bien manifestada en modos muy diferentes: el padre como mártir, la madre como testigo del sufrimiento y la conversión, y el hijo como sacerdote entregado hasta el extremo. En ellos, la Iglesia coreana reconoce un verdadero icono de la familia cristiana como lugar de santificación y muestra que la santidad no es algo que se puede improvisar, sino que se construye en la fidelidad cotidiana, en la prueba, en el perdón y en la perseverancia.