Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Talentos y dones: somos mucho más de lo que creemos


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Muchos nos percibimos a nosotros mismos en un simple relato de una o dos páginas. Definimos nuestra identidad por nuestros orígenes, roles, quehacer y algún conjunto más o menos definido de virtudes y defectos que hemos acumulado en nuestro recorrido vital. Este conocimiento tan limitado de lo que somos corresponde también al tipo de paradigma donde nos movemos y que valora, sobre todas las cosas, el hacer y la imagen.



Al predominar el “homo economicus”, dejamos fuera gran parte de nuestra riqueza, complejidad y belleza relacional en las diferentes dimensiones de nuestro ser, como son la corporal, la emocional, la cognitiva y la espiritual. Lo que percibimos conscientemente de nosotros mismos es apenas un mínimo de lo que somos y, muchas veces, por efecto de nuestra cultura del déficit y la competencia con los demás, se acentúa en lo que nos falta, lo que no tenemos y nuestra fragilidad. Si estamos vivos en este momento, no es casualidad ni azar; es el resultante de un infinito de “diosidencias amorosas” que nos sostienen y nos han sostenido para manifestar un rasgo único del Amor y aportar con nuestra singularidad a la totalidad.

¿Quiénes somos?

¿Quiénes somos? Hay quienes creen, legítimamente, que somos solo un encuentro fortuito entre un óvulo y un espermio y que aparecimos por accidente en este momento y lugar. Desde esta perspectiva, nuestras relaciones, vivencias, dones, talentos y defectos son solo un correlato azaroso, sin sentido, en el cual me topo con otros “accidentes” humanos sin orden ni ton y cuya vida se termina con la muerte biológica. Si nos miramos así, es consecuencia lógica percibirnos como “máquinas” más o menos competentes en el hardware y en el software y exigirnos como tales a la hora de relacionarnos con el mundo y con los demás.

Nosotros hemos llamado a esa creencia la religión del tiempo contado o la obsolescencia. Desde la perspectiva del creyente, la mirada es mucho más compleja. Según la fe y la revelación cristiana, somos seres espirituales viviendo una experiencia encarnada, creados por amor a imagen y semejanza del Creador. Fuimos pensados, amados y creados por el Padre Madre como hijos e hijas en los que se manifiesta su bondad, belleza y verdad. Estamos por lo mismo “unidos” como hermanos y como sarmientos de la vid que nos creó para aportar nuestra originalidad al conjunto de la creación. El dilema actual es que, creyentes más creyentes menos, la inmensa mayoría de las personas subestimamos lo que somos y llenamos nuestra “tarea” en una carilla, sin dimensionar la maravilla que cada uno es y cuánto más amor que carencias posee.

Un gesto por la paz celebrado en Portugal

Somos nuestras relaciones y vínculos

Además de estar hechos a imagen y semejanza del Creador, cada uno de nosotros es un infinito y alambicado tejido de relaciones que se iniciaron en el momento de ser concebidos y desarrollar nuestros sentidos abiertos a la realidad. Inconscientes en un principio y luego con una memoria creciente, fuimos sumando sensaciones físicas, emociones, percepciones y pensamientos, mociones del espíritu y vínculos con lugares, cosas, personas e ideas de acuerdo con nuestro singular “envase corporal” y su sensibilidad. Es así como la mayoría de nosotros somos conscientes de una ínfima porción de estas relaciones que nos fueron constituyendo, pero están todas en nuestro tejido y ejercen una influencia en nuestro modo de relacionarnos con nosotros mismos, los demás y el entorno, mucho más fuerte de lo que logramos dimensionar.

Solo para “asomarnos” en esta maravillosa e infinita complejidad de lo que somos, echemos un vistazo a nuestras dimensiones relacionales:

  • Dimensión relacional corporal: no siempre somos conscientes de la maravilla de nuestro cuerpo, su perfecta sincronización y su complejidad. Solo funcionamos y/o reclamamos cuando algo se enferma, pero no dimensionamos lo “mucho” que ha tenido que recorrer la materia para llegar a lo que somos en la actualidad. Solo visualizar nuestra sangre, los huesos o la química celular nos puede dar cuenta de los millones de años que nos habitan en evolución. Qué decir de la física cuántica que explica nuestras micropartículas “bailando” con toda la creación y viajando por el infinito y más allá. Nuestro pequeño yo relacional es un mundo infinito y eterno que deberíamos reverenciar y amar mucho más de lo que a diario hacemos. Muchos lo “arrastramos” como carrocería o reclamamos el “modelo” que nos tocó, sin valorar su salud, funcionamiento, belleza y capacidad. En nuestra dimensión corporal tenemos un “archivo” infinito de sensaciones (aromas, imágenes, sabores, sonidos, texturas) que damos por hecho, pero que son un repertorio único para sentir y gustar la vida a todo dar y plasmar a su vez nuestra sensibilidad en obras y objetos para la posteridad.
  • Dimensión relacional emocional: así como hemos ido acumulando consciente o inconscientemente sensaciones físicas, también tenemos un peregrinar emocional mucho más largo y profundo de lo que podemos dimensionar. Un verdadero océano nos habita con emociones y sentimientos nutritivos y otros que nos intoxican, pero que sin duda nos han ido dando forma a nuestra disposición automática para relacionarnos con la vida en su totalidad. Poniendo el ejemplo del océano, el hombre solo ha podido llegar con sondas a 11 km de profundidad; ¡cuánto más hay en el fondo de las aguas marinas que no conocemos pero que ejerce una influencia en todo el ecosistema terrestre! Lo mismo sucede con nosotros y nuestra psique; somos mucho más hondos y tenemos kilómetros de vivencias emocionales sin recorrer conscientemente, pero que nos habitan y tienen gran poder sobre nosotros y los demás; incluso se habla de un inconsciente colectivo que nos condiciona (no determina) a ser de un modo particular. Todo este océano nos hace sentir y amar de un modo singular y entrar en relación con todo y con todos de una manera única que es necesaria en el “jardín general” donde cohabitan flores, plantas y árboles en perfecta interacción y diversidad.
  • Dimensión relacional cognitiva: si somos un infinito de sensaciones y emociones, la razón no se queda atrás. Hoy se habla de una verdadera infoxicación de información que abre mil posibilidades de conexiones y pensamientos que no podemos controlar del todo. Una idea lleva a la otra a la velocidad de la luz y se entremezclan con mandatos, creencias, suposiciones, paradigmas, ideologías, manipulaciones, contextos geográficos, políticos, sociales, religiosos, económicos y familiares de los cuales no somos conscientes si no nos detenemos a discernir y reflexionar. La riqueza de cada cual va mucho más allá de un título o rol gerencial; obedece a su modo único e inédito de procesar la información a la luz de su originalidad y energía vital. Es desde ahí que cada uno es un tesoro de creatividad e ideas para aportar belleza, verdad y bondad para inyectar a la comunidad.
  • Dimensión relacional espiritual y religiosa: cada uno de nosotros somos un pedacito de Dios manifestado en una experiencia terrenal y, por lo mismo, nuestra riqueza se compone de las dimensiones anteriores, pero trasciende a ellas con la dimensión espiritual. Somos hijos e hijas del Dios Amor, del cual nunca nos hemos separado; siempre estamos en conexión y en relación –aunque no seamos conscientes–, ya que Él/Ella es quien nos regala cada inspiración o aliento de vida. Cada alma es un misterio eterno que apenas logramos auscultar. Podemos percibir su tono, pero nunca acabar ni controlar. Es el Espíritu que nos da forma, pero que no nos pertenece ni lo podemos adueñar, sin importar su forma externa o su actuar. Muchas veces jibarizamos esta dimensión a la moral o a un juicio del bien y el mal, siendo una estela de energía amorosa que se nos ha regalado para cuidar y multiplicar. Es como un fuego para encender otros fuegos en la experiencia terrenal.

Dones y talentos

En la interacción singular de las cuatro dimensiones que nos constituyen se van manifestando dones y talentos en las personas que no están por casualidad, sino como parte de la misión vital en donde se está llamado a dar frutos abundantes para la comunidad. Así, también, toda esta rica complejidad singular jamás se ha dado en forma aislada, sino en relación con otros (la comunidad) y con sus contextos. Somos mucha más bendición que carencia; mucho más amor que desamor y rechazo. Sería un acto de justicia y gratitud hacia lo recibido gratuitamente, en vez de estar siempre “reclamando” por lo que no somos o no hay o por los contextos y personas que nos “tocaron”.

Los dones y talentos, a lo largo de la historia, se han prestado para muchas interpretaciones como las cualidades, las capacidades, las características sobresalientes, etc;lo que sería muy complicado de comprender en nuestra actual diversidad. Sin embargo, no se refieren a las cualidades en sí mismas, sino al uso que hago de ellas. Si una persona posee más talento para el canto y otro para pensar, esto es secundario; a lo que se refiere es la capacidad de amar y servir con esa capacidad. Tenga más o menos, lo que se me pide es que las ponga al servicio de mi auténtico ser, al servicio de todos. En el orden del ser, todos somos idénticos en dignidad. Si percibimos diferencias es que estamos valorando lo accidental (en el orden del hacer y de lo humano material y ordenado por los resultados). Todos tenemos el mismo talento fundamental: la capacidad de ser amor y manifestarlo a los demás. Y ese es el que debemos multiplicar y hacer que dé frutos abundantes.

Trinidad Ried es presidenta de la Fundación Vínculo