León XIV descendió de un avión en Barajas. El Rey y la Reina le recibieron, luego las máximas autoridades civiles, militares y eclesiales hiceron lo propio. Todo con una puesta en escena cargada de protocolo y boato.
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En coche de lujo fue trasladado al Palacio de Oriente. Veintiuna salvas para reconocer el pacífico encuentro entre dos estados; revista a las tropas militares engalanadas para la ocasión; subida por la marmórea escalera (nada comparable con las que luce el Vaticano), y discurso bajo el bronce ‘Carlos V y el Furor’, imagen del dominio del emperador sobre protestantes y turcos.
Al paso del Pontífice, miles de voces jaleaban su llegada: ¿aclamaban al Pontífice? ¿al jefe de estado?, ¿al vicario de Cristo en la tierra?, ¿al representante de un cuestionable poder milenario?, ¿al pastor de los que ponemos la esperanza en el evangelio?
Se hablará mucho -bien y mal- de esta visita. Sin duda, podemos ahondar en cientos de controversias. Pero ante el impulso inicial de tachar como antievangélica esta extraña mezcla de poder, religión, espectáculo, espiritualidad, movimiento de masas y expresión de fe, me vinieron a la cabeza las palabras de Jesús el domingo de ramos: “Si estos callan, hablarán las piedras”.
De Jerusalén a Madrid
Aquel momento no fue muy distinto al del 6 de junio: subieron a Jesús en el pollino, extendieron mantos por el camino, alababan a Dios y gritaban bendiciones al que venía en su nombre. Mientras, otros le pedían que reprendiera a sus discípulos. Era tan grande lo que se acercaba a Jerusalén, que cualquier derroche de entusiasmo era poco.
“¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!” (Rm 10,15).
Si lamentamos que, en tantos lugares del mundo, y en tantas ocasiones, no llegue la esperanza del evangelio a las gentes, ¿por qué nos cuesta vivir con gratitud que el vicario de Cristo sea recibido con todos los honores? ¿Por qué es hombre? ¿Por qué es jefe de Estado? ¿Por qué no afronta algunos problemas internos de la Iglesia como me gustaría? ¿Por el coste de este viaje? ¿Por qué se codea con las autoridades?
León XIV y Felipe VI en la ceremonia de bienvenida. Foto: EFE
Siguiendo en clave pascual: ¿cuántas veces hemos contemplado con dolor martirios de hermanos en la fe? ¿cuántas veces no hemos sufrido con impotente desconcierto discursos inhumanos y abusos por parte del poder? ¿Acaso no está en el centro de nuestra fe el trato vejatorio de las autoridades romanas y judías a Jesús?
Y entonces, ¿por qué nos cuesta agradecer que los poderes de nuestro país compartan valores y esperanzas enraizadas en lo más hondo de los fundamentos cristianos? ¿Acaso no esperamos que en el paraíso “pacerán juntos el león y el cordero” (Is XI)?
Me han parecido hermosas las alfombras rojas que reconocen la paz y la esperanza que León XIV ha venido a transmitir; me ha parecido hermosa la unidad de una Iglesia que se reconoce seguidora del nazareno más allá de orígenes, edades, ideologías, proyectos vitales o carismas; me ha parecido hermoso que el mensaje de un rey hablara de humanidad, dignidad, derechos o políticas basadas en lo verdaderamente importante, las personas.
Ya nos contaron que cuando una lámpara se enciende en lo alto, no conviene ponerla debajo de un celemín.
