¿Sabremos reflexionar en verano?


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En uno de los mítines de la campaña electoral de la semana pasada, el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, para tratar de hablar del cambio climático y de la naturaleza, afirmó en un tono casi místico: “El infinito es el infinito, el universo es infinito muy probablemente. No cabe en nuestra cabeza imaginarnos cómo es el infinito. Pues bien, pertenecemos a un planeta y a una especie que es absolutamente excepcional, que no la hay en ningún sitio del universo. No podemos imaginar las distancias que no podemos advertir. Somos el único sitio del universo, del todo, si es que podemos concebir el todo, donde se puede leer un libro y se puede amar”.



Quizá él lo desconozca, pero desde hace muchos años la Biblia nos ofrece una reflexión casi sapiencial, de tono íntimo y asombrado, en la que el orante se maravilla ante la naturaleza que se le ofrece, pero, sobre todo, ante la grandeza en ella de una de las criaturas más pequeñas y frágiles: el ser humano, el único capaz de leer y amar, según ZP:

“¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos para reprimir al adversario y al rebelde. Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies. Rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar que trazan sendas por el mar. ¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8,2-10).

Sabiduría

Bajo un cielo estrellado y en medio de la riqueza de la creación –animales domésticos, salvajes, aves e incluso peces– destaca el ser humano, creado, sin embargo, “poco inferior a los ángeles”, coronado de “gloria y dignidad”.

Zapatero

Reflexionar sobre la paradoja del ser humano, grande en su fragilidad, es señal de sabiduría, incluso aunque esa reflexión se haga en el marco de un mitin político, lugar normalmente poco adecuado para esa clase de pensamientos.