La vida está llena de esos pequeños-grandes placeres que son sencillos y conviene buscar y saber disfrutar. Entre aquellos que yo gozo de manera especial está el cine y sus versiones. Este fin de semana he visto una película española, “Mi querida señorita”, que me ha hecho pensar mucho más de lo que la trama podría parecer. El título, el nombre de la protagonista y algún que otro guiño remiten a otra con el mismo título que protagonizó José Luis López Vázquez en los años 70.
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No adelanto nada a quienes no la hayan visto al decir que el argumento gira en torno a una chica que, en un momento determinado de su historia, descubre aquello que su familia le había ocultado desde pequeña, esto es, su condición de intersexual. A partir de entonces, Adela, que es como se llama la joven, recorre su propio camino en búsqueda de quién es ella.
Tengo que confesar que me gusta toda aquella película o serie que te permite asomarte al drama existencial y a las luchas interiores que viven los protagonistas, esas que nos igualan a todos los seres humanos más allá de cuanto nos diferencia. Con todo, no es esto con lo que me quedo de la película. Lo que más me ha hecho pensar tampoco ha sido la temática en sí, aunque no sea la más habitual, sino la humanidad que derrochan los personajes.
A lo largo del metraje se presentan personajes de lo más peculiares que, en medio de sus originalidades, hacen un alarde de cuidado por el otro, de empatía y de negarse a juzgar a quienes tienen sus propias batallas internas. Se trata de esa paradoja, más habitual de lo que pensamos, en la que el apoyo incondicional no viene tanto de quienes cabría esperar como de quienes no tienen por qué ofrecerlo. Al fin y al cabo, es el desconcierto que recorre los evangelios, ese que Juan expresa como “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11) y Mateo poniendo en boca de Jesús que los publicanos y prostitutas entrarán en el Reino antes que los judíos “de bien” (cf. Mt 21,31).
El párroco confidente
Confieso que uno de los personajes que más me gusta es el párroco confidente de la protagonista y cuya humanidad también rompe esquemas y prejuicios. Estoy segura de que muchas personas de Iglesia no estarán muy cómodas con el modo en que la película presenta al sacerdote, pero yo, más allá de cualquier otra caricatura, me quedo con el respeto exquisito que muestra hacia los otros y con una conversación que tiene con la protagonista. En ella, además de compartirle su propia experiencia de Dios, le anima a ser libre, a vivir la vida con pasión y a no tener miedo a equivocarse ni a defraudar expectativas de los demás con tal de ser ella misma. ¿Acaso estas recomendaciones no suenan a puro Evangelio?

