¿Qué tienen algunos católicos contra el papa Francisco?


Compartir

El cardenal

Unos de los cardenales que más eco mediático obtuvo en el pasado cónclave –uno de los “preferiti” que diría Dan Brown– fue el arzobispo emérito de Milán Angelo Scola –que anteriormente había sido Patriarca de Venecia–. Con motivo de sus Bodas de Oro sacerdotales ha sido entrevistado en la web de la principal diócesis lombarda y habla con total naturalidad del cónclave o de los movimientos de rechazo a Francisco que hay en la Iglesia. Para Scola hay “ataques cada vez más duros e insistentes contra el Papa, especialmente los dolorosos que surgen en el seno de la Iglesia”. Dichos ataques representan “un signo muy fuerte de contradicción y denota una cierta fragilidad del pueblo de Dios, especialmente entre los intelectuales”.



Esta crítica salvaje, para Scola, “es una actitud profundamente equivocada porque olvida que ‘el Papa es el Papa’. No es por afinidad de temperamento, cultura y sensibilidad, por amistad o porque algunas de sus afirmaciones sean compartidas o no, que uno reconoce el significado del Papa en la Iglesia. Él es la garantía última, radical y formal –ciertamente, a través de un ejercicio sinodal del ministerio petrino– de la unidad de la Iglesia”. Para el cardenal la proliferación de “pronunciamientos, cartas, escritos, demandas de juicios sobre su acción, especialmente cuando se hacen comparaciones molestas con papas anteriores, es un fenómeno decididamente negativo que debe ser erradicado lo antes posible”.

La cosa no se queda ahí. Para el arzobispo emérito “no hay necesidad de escandalizarse por la diferencia cultural y temperamental del papa Francisco con respecto al papa Benedicto o con respecto a san Juan Pablo II y sus predecesores. Por el contrario, es un elemento que aporta riqueza, porque asegura la posibilidad de cambio dentro de la Iglesia”, apunta señalando la dinámica de la continuidad-discontinuidad. “Ciertos gestos del Papa Francisco, por ejemplo, me llaman mucho la atención y son ciertamente muy significativos para todos, incluso para aquellos que no creen. Yo, por mi temperamento, no sería capaz de hacerlo, pero cada uno tiene su propia personalidad”, llega a confesar en la entrevista en la que señala abiertamente a los “guardianes de la tradición”.

“Muchos dicen que la Iglesia está muy atrasada, yo digo más bien que la Iglesia en Italia está en peligro de retroceder, porque esta dialéctica está resurgiendo. De una manera quizás más sutil, no tan agria como lo fue entonces, pero reaparece”, sentencia.

El dogma

Este pasado sábado, se han cumplido 150 años desde que el 18 de julio de 1870, se promulgó la Constitución ‘Pastor Aeternus’ que definía los dogmas del primado del Papa y la infalibilidad papal en el concilio Vaticano I. Es el segundo y último documento que ha legado este concilio que aprobó este texto en el último día en la cuarta sesión, antes de que fuese interrumpido por la guerra franco-prusiana –comenzó al día siguiente– que produjo la toma de Roma y la pérdida de los Estados Pontificios en plena unificación italiana.

Los 535 Padres Conciliares presentes en la basílica de San Pedro del Vaticano aprobaron el texto por unanimidad –83 no estaban en la votación–. “Proclamamos, pues y afirmamos, basándonos en los testimonios del Evangelio, que el primado de la jurisdicción sobre toda la Iglesia de Dios ha sido prometido y conferido al bienaventurado Apóstol Pedro por Cristo el Señor de manera inmediata y directa”, dice el texto firmado por el papa Pío IX sobre el primado.

Sobre la infalibilidad, el texto del dogma señala que “el Romano Pontífice, al hablar ‘ex cathedra’, es decir, cuando ejerce su supremo oficio de Pastor y Doctor de todos los cristianos, y en virtud de su supremo poder apostólico define una doctrina sobre la fe y las costumbres, vincula a toda la Iglesia, por la divina asistencia que se le promete en la persona del Beato Pedro, goza de esa infalibilidad con la que el divino Redentor quiso acompañar a su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres: por lo tanto, tales definiciones del Romano Pontífice son inmutables en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia”.

Aunque los teólogos han definido bien el alcance de estos dos dogmas y la hermenéutica del Vaticano II y de movimientos como el ecuménico han vuelto frecuentemente sobre ellos; llama la atención que quienes los auparon en el pasado recelan de ellos ante determinadas apuestas pontificias que son inequívocamente evangélicas. La necesidad de reafirmar esta convicción eclesial en los tiempos de la Ilustración se basa en la infalibilidad de Jesús. Cuando más se parezca a Jesús la Iglesia más transparentará su mensaje y más clarividente será su infalibilidad –y dígase para el Papa o para cualquier cristiano–.

En este momento de la historia, el cuestionamiento al pontificado del papa Francisco es algo más que una crítica superficial a tal o cual gesto inconveniente o cuestionable. Este fuego amigo confunde, muchas veces a sabiendas, nostalgia con tradición o autosatisfacción con profecía.

Papa Francisco oscuro