Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Pentecostés: hablar hasta entenderse


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Son tantas las interpretaciones de la palabra amor, tantas las distorsiones, las experiencias y los anhelos de poder definirlo, conquistarlo o mantenerlo, que quizás lo único posible sea acercarnos apenas a algunas pistas; como quien toma unos pocos granos de uva de una vid infinita.



Y no es que me haya puesto romántica por algún motivo en particular. Esta pregunta me surgió leyendo el evangelio porque, si Dios es amor, al menos debiera preguntarme qué entiendo realmente por eso.

Como la luz del sol

El amor se parece un poco a la luz del sol. Es aquello que regala vida, abriga el alma y permite salir de la oscuridad para crecer desde el misterio irrepetible de lo que cada uno es. Gracias a él, las plantas brotan con fuerza, las flores despliegan su belleza y los seres vivos encuentran impulso para desarrollarse y preservarse.

En cada ser humano parece existir una fuerza interior que lo mueve silenciosamente hacia su propia realización. Donde hay amor, la vida tiende a expandirse. Lo que estaba roto encuentra posibilidad de unión; lo confundido comienza lentamente a ordenarse; lo frío recupera calor.

En su ausencia, en cambio, las personas se marchitan por dentro. Hay heridas que ninguna explicación logra sanar y vacíos que ningún éxito consigue llenar. Por eso, el amor termina siendo una especie de alimento invisible que sostiene incluso en medio del dolor, la angustia o la soledad.

Nacimos profundamente unidos

Tal vez hemos olvidado algo esencial: nacimos profundamente unidos. A los demás, a la naturaleza, a Dios y también a nosotros mismos. Somos seres tejidos para el vínculo. Nadie aprende a hablar, caminar, pensar o amar solo.

Incluso nuestra identidad más íntima se construye a partir de los rostros que nos acogieron o nos hirieron. Vivimos gracias a una trama invisible de relaciones que nos sostienen constantemente, aunque muchas veces no lo percibamos.

Manos Amor

Sin embargo, pareciera que la cultura actual hubiese convertido al yo en el centro absoluto de todo. Nos enseñan a diferenciarnos, competir, producir, destacar y protegernos.

Cuando el vínculo se rompe…

Hemos desarrollado un ego tan hipertrofiado que, lentamente, comenzamos a romper esa delicada capa de humanidad que nos conectaba con los demás. Y, cuando el vínculo se rompe, el ser humano empieza a asfixiarse por dentro.

Quizás por eso vivimos una época tan llena de ansiedad, polarización y soledad. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de comunicación y, al mismo tiempo, tantas dificultades para encontrarnos de verdad.

Nos cuesta escuchar sin defendernos, dialogar sin atacar, amar sin controlar y mirar al otro sin convertirlo en amenaza o instrumento. El miedo, el ego y la rabia van levantando murallas donde antes existían puentes.

No solo en las parejas

Eso ocurre en las parejas, pero también entre hermanos, amigos, equipos de trabajo, comunidades e incluso pueblos completos. A veces uno termina ocupando demasiado espacio y el otro comienza lentamente a disminuirse.

Uno habla desde la fuerza; el otro, desde el repliegue. Uno impone más; el otro calla más. Y, aunque exista cariño, admiración o historia compartida, el vínculo empieza a llenarse de fantasmas: rechazo, inseguridad, miedo, sensación de amenaza.

El tejido invisible que sostenía esa relación comienza a tensarse con peligro de rasgarse en cualquier momento.

El milagro, de manera silenciosa

A veces, el milagro ocurre de manera silenciosa. En una conversación honesta, en la oración, en el cansancio de seguir defendiéndose mutuamente o simplemente en el dolor de constatar cuánto se estaban alejando, algo empieza a ablandarse.

La persona más dominante logra tomar conciencia de cuánto estaba avasallando; la otra empieza lentamente a recuperar su voz y su valor. Y, entonces, vuelven a mirarse de manera más horizontal, más humana, menos amenazada.

Allí también actúa el Espíritu Santo. No como magia instantánea ni como una emoción pasajera, sino como una presencia que ayuda a hablar hasta entenderse, a escuchar sin atacar y a reconocer nuevamente la dignidad del otro.

Comienza otra vez a llenarse de vida

Poco a poco, el amor vuelve a circular como sangre por capilares que parecían infartarse. Y lo que estaba endurecido comienza otra vez a llenarse de vida.

Quizás el Espíritu Santo sea justamente eso: la fuerza amorosa de Dios intentando volver a unir lo que nuestros egos separan. Una presencia silenciosa que ensancha el corazón, rompe la indiferencia y nos ayuda a descubrir que nadie puede salvarse solo, porque todos pertenecemos a una misma trama humana y divina.

Tal vez por eso sus frutos son tan reconocibles. Allí donde el Espíritu va actuando, suelen aparecer la paz, la belleza, la libertad interior, la autenticidad, la alegría y esa sensación profunda de expansión que nos hace sentir más vivos. Porque el amor verdadero no aprisiona ni empequeñece; hace crecer.

Como un manantial

A veces pienso que el amor es como un manantial del que nacen todos los ríos que recorren la creación. Un flujo interminable que se dona constantemente y que va tomando distintas formas a lo largo de la vida. En uno de esos ríos vamos navegando cada uno de nosotros, avanzando entre encuentros, pérdidas, aprendizajes y descubrimientos.

Y, quizás, el drama más profundo de nuestro tiempo no sea económico, político ni tecnológico, sino espiritual: estamos olvidando que necesitamos del otro para seguir siendo humanos. Por eso, amar se ha vuelto un acto profundamente revolucionario.

Porque, cada vez que alguien escucha en vez de atacar, defenderse o destruir, comprende en vez de humillar, pide perdón en vez de endurecerse o vuelve a tender la mano cuando parecía más fácil retirarla, el tejido invisible de la humanidad comienza lentamente a repararse. Y, tal vez, el Reino de Dios empiece exactamente ahí.