Ese era el saludo del maestro: “La paz sea con vosotros”. Sin duda, no pecó de original. Los judíos siguen saludándose con un “shalom” y los musulmanes con su consabido “as-salamu alaykum”.
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Para los judíos ese “shalom”, va más allá de la paz exenta de conflictos, y hace referencia a un estado integral y espiritual de armonía, salud y seguridad, así como de justicia social y de sana convivencia comunitaria.
Ciertamente, no era un saludo original, pero fue el saludo que eligió el nazareno para acercarse a las personas, antes y después de su muerte. Y cabe pensar que, viniendo de él, esa invitación a la paz era algo más que un formalismo. Cabe pensar que, viniendo de Él, se trataba de un deseo real y profundo de “paz” para el otro.
Podría haber buscado otra fórmula, algo como un “que os vaya bien”, “que tengáis un buen día” o “que seáis felices”.
Pero es que, igual que la palabra “paz” resonó en los primeros cristianos, la palabra “felicidad” o la palabra “bienestar” no se prodigan en el evangelio. A veces, se traducen las bienaventuranzas con un “dichosos” o con un “felices”. Pero muy lejos están las bienaventuranzas de la idea de felicidad que habitualmente manejamos.
Jesús nos invitaba a la “paz”, no a la felicidad
El concepto “felicidad” que habitualmente manejamos, es un referente bastante contemporáneo, creado en culturas acomodadas, donde la enfermedad, la vejez, la pobreza, la injusticia, la marginalidad, la violencia o la muerte, son escenarios a los que evitamos asomarnos.
De alguna manera, hemos reducido la vida a un “divertimento”, donde solo aquellas situaciones que llenan de satisfacción cada momento parecen tener sentido.
Disfrutar, saborear el fruto de cada instante, se ha reducido al ocio, al éxito o al consumo. Nos dominan los discursos hedonistas y y los discursos materialistas. El placer y las cosas son el placebo que nos hacen ocultar nuestras carencias. Y así, otras situaciones ligadas a la contemplación, al cuidado, a la serenidad, a la aceptación, al sentimiento comunitario o al compromiso, son, en general, miradas con escepticismo.
Buscamos la felicidad: buscamos pasar por la vida como paseando por un jardín, como bailando en una fiesta.
Pero lo nuestro es buscar la paz; esa paz que nos hace conscientes de los claroscuros de nuestro transitar por el mundo; esa paz que ahonda en la verdad profunda de las cosas; esa paz que nos conecta con el otro desvelando una fraternidad que nos desborda; esa paz que nos da la serenidad necesaria para tomar conciencia de nuestras fragilidades; esa paz que nos permite mirar el dolor del otro cara a cara; esa paz alejada del optimismo hueco y cargada de esperanza; esa paz que nos guía hacia ese misterio que nos sostiene y nos conmueve.
Conviene sacudirse el polvo.
La paz sea con vosotros.

