Cuando recordé a las comunidades que, para apadrinar en los bautismos y en las confirmaciones, era necesario haber completado la iniciación cristiana; cuando dije a las hermandades y cofradías que ser cofrade era un plus añadido a la vivencia de ser cristiano, con un compromiso serio de fraternidad, devoción, formación y caridad, y que, por tanto, todo candidato debía estar confirmado o, al menos, comenzar el proceso catequético de preparación… se ha producido una avalancha insospechada de confirmaciones, a veces con bautismos de jóvenes y adultos. El último jueves 70, el viernes 100, el sábado –la vigilia de Pentecostés con los laicos y la Acción Católica– y el domingo 500 personas de varias parroquias se confirman en un polideportivo.
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Cuando desde el ambón, antes de predicar, miro a jóvenes, adultos y ancianos (algunos jóvenes animan a sus padres y abuelos a que se confirmen con ellos), pienso en ese grupo de mujeres y hombres que, con María, la madre de Jesús, permanecían en oración en el cenáculo. Y el estruendo venido del cielo, no se abrieron ni puertas ni ventanas; y las lenguas de fuego, con tantas resonancias bíblicas de presencia de Dios –ya predicho por el Bautista: “El os bautizará con Espíritu Santo y fuego”, que purifica, ilumina y conduce–; recordad a los de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”.
Calculo que, en mi vida, he ungido a más de cuatro mil personas. Y, en cada celebración de las confirmaciones, pienso que si unas pocas personas, las del cenáculo, fueron capaces después de Pentecostés de crear comunidades cristianas en treinta años en todos los puertos del Mediterráneo –según el sociólogo Rodney Stark, profesor de Religiones Comparadas en la universidad de Washington–, ¿qué estamos haciendo nosotros ahora? No sabían idiomas y la mayoría eran galileos, gente ruda con su propio dialecto. La oración colecta de la celebración nos recuerda que recibimos el Espíritu para ser testigos valientes del Evangelio en medio del mundo. Esa es la clave.
Como un tatuaje
El domingo de Pentecostés apagamos y retiramos el cirio pascual: significa que el Espíritu Santo nos ha marcado, con fuego en la mente y el corazón, la muerte y resurrección de Cristo. En esto se basa la primera predicación… “y entonces recibiréis como don el Espíritu Santo”.
El Espíritu es el gran olvidado de la Iglesia, entre quienes participamos del bautismo y la confirmación. Y es nuestra fuerza, el que nos graba, como un tatuaje, la misión de echar la red al mundo anunciando a Cristo… y este, muerto y resucitado. Pues eso, ¡ánimo y adelante!

