¿Es nuestra vida modelo de conducta?


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La semana pasada trascendió parte del contenido del registro que hizo la policía en el despacho de José Luis Rodríguez Zapatero, investigado por una serie de delitos (de momento, presuntos delitos). Y allá que nos enteramos de que en una caja fuerte había más de cien piezas entre joyas y relojes, que, al decir de los expertos ‒y contando solo con las fotografías‒, podrían valer varios millones de euros. Al final habrá que ver qué es lo que dictaminan los jueces, que son los que tienen que administrar justicia, pero lo cierto es que la imagen benéfica y austera que tenía el expresidente del Gobierno ‒“ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”‒ me parece que se ha hecho pedazos estrepitosamente.



Ciertamente, las joyas y piedras preciosas han cautivado siempre a los seres humanos, incluidos ‒según parece‒ los socialistas. En la Escritura, en una diatriba contra el rey de Tiro, el profeta Ezequiel imagina al monarca nada menos que habitando en el paraíso y rodeado de piedras preciosas: “Eras un dechado de perfección, lleno de sabiduría y de acabada belleza. Habitabas en Edén, en el jardín de Dios, revestido de piedras preciosas: rubí, topacio y diamante, crisólito, ónice y jaspe, zafiro, turquesa y esmeralda. De oro labrado tus pendientes y aros, preparados el día de tu creación” (28,12-13).

Combo con algunas de las joyas. La UDEF intervino en la caja fuerte del despacho del expresidente

Combo de algunas joyas encontradas en una caja fuerte del despacho del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero que aparecen en el Informe de la UDEF. Foto: EFE

Dando un gran salto, el libro del Apocalipsis habla de la Jerusalén celestial como una ciudad construida sobre hiladas de piedras preciosas: “Y los cimientos de la muralla de la ciudad están adornados con toda clase de piedras preciosas: el primero es de jaspe; el segundo, de zafiro; el tercero, de calcedonia; el cuarto, de esmeralda; el quinto, de sardónica; el sexto, de cornalina; el séptimo, de crisólito; el octavo, de berilo; el noveno, de topacio; el décimo, de ágata; el undécimo, de jacinto; el duodécimo, de amatista. Y las doce puertas son doce perlas, cada una de las puertas hecha de una sola perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio translúcido” (21,19-21).

¿Atraído por la belleza?

Como casi siempre, lo malo no es tanto sentirse atraído por la belleza de las piedras preciosas (por supuesto, siempre y cuando no se trate de “diamantes de sangre”) cuanto dejarse dominar por la codicia hasta el punto de que sea ella la que tome el control de nuestra vida.