Seguramente tenga que ver con el cambio climático, que se impone más allá de lo que algunos negacionistas se resistan a aceptar, pero la temperatura parece reducir solo a dos aquellas cuatro estaciones del año que estudiábamos de pequeños en el colegio. Al menos en Granada, si quieres hablar de cuatro estaciones, al invierno y al verano tienes que sumarle la estación de tren y la de autobús.
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La cuestión es que un día estás en camiseta y sandalias y, de repente, sin demasiado preámbulo, tienes que rescatar el nórdico y recordar cómo se utilizaban los calcetines. Aun así, el salto al invierno se agrava aún más ese fatídico fin de semana en el que cambiamos la hora. Es verdad que, a la efímera alegría de dormir una hora más, le acompaña la promesa de una oscuridad creciente y unos días cada vez más cortos.
Como se si se tratara del “día de la marmota”, año tras año se repite el eterno debate sobre la utilidad o no de cambiar al horario de invierno. En este insistente ‘déjà vu’ anual, se discuten las supuestas razones tanto de ahorro energético como de aprovechamiento de la luz solar, mientras alguien amenaza con que este trajín de hora arriba y hora abajo tiene sus años contados.
Varias personas caminan empapadas por una calle de Palma afectada por el paso de la dana Adam. Foto: EFE
Más allá del reajuste de biorritmos, esto de atrasar el reloj una hora entusiasma bastante menos que adelantarla en primavera porque, como afirmaba la película de Isabel Coixet y yo suscribo, “Nadie quiere la noche”. No nos gusta la oscuridad, por más que esta sea pasajera y forme parte del ciclo de la naturaleza.
Nadie quiere la noche por muchos motivos. Entre ellos por la incertidumbre que nos produce no ver con claridad. Entre tinieblas no sabemos dónde apoyamos nuestros pies, qué se esconde en los recodos del camino o qué peligro se agazapa ahí donde no alcanzamos a ver. Es fácil entender el motivo por el que la oscuridad resulta un símbolo universal de todo aquello que inquieta, da miedo y provoca inseguridad.
Ocupación por los otros
El problema es que todas esas emociones que generan las tinieblas no siempre nos conducen a aquello que ilumina. Como dice Isaías, la claridad tiene que ver con implicarnos y complicarnos con quienes sufren, pues solo así “resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía” (Is 58,10).
No nos vamos a librar, un año más, de atravesar el invierno y la brevedad de sus días, pero sí que podemos decidirnos a dejar que esa ocupación por los otros, que nos hace humanos y hermanos, vaya iluminando nuestra existencia. Al fin y al cabo, son los pequeños gestos de cariño los que, como antorchas en la niebla, van alumbrando nuestros pasos en esta noche que nadie quiere.

