Hace 20 años escribí un cuento donde las niñas de la doctrina sabatina no atendían al llamado del seminarista-catequista, ajeno a los usos lingüísticos de la parroquia, pues las convocaba con un “¡niños, al salón para la clase de catecismo!”, incluyéndolas a ellas como a sus colegas pequeños varones.
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Proponía en el relato, y lo he practicado por décadas, que si en un grupo superan en número las señoras a los señores, que utilicemos el femenino, de acuerdo a un criterio mayoritario que, en mi opinión, siempre debería prevalecer. Todavía hoy, cuando en una clase, una misa, una junta, la mayor parte de los, las participantes son damas -y casi siempre lo son en nuestras actividades eclesiales- digo “nosotras que somos hijas de Dios”, mis críticos se regodean con toda clase de comentarios burlones, sin faltar los chistes homofóbicos.
Por ello, me da mucho gusto leer en nuestra revista, y me adhiero al texto de Elisa Calessi: Palabras de paz y de guerra, en el que recoge expresiones de cinco mujeres notables que anotan palabras “correctas, necesarias y capaces de abrir espacios para el diálogo, y otras percibidas como tóxicas, violentas y desgastadas, y que deberían abandonarse o replantearse radicalmente”.
Ellas son: Valentina Alazraki, resiliencia contra soberbia; Houda Fadoul, solidaridad contra indiferencia; Elisabeth Green, feminismo contra su concepción peyorativa; Emanuela Buccioni, mansedumbre contra sacrificio y Martina Liebsch, migración contra eufemismos como “ilegal”, en vez de “indocumentada”, y otros semejantes.
El lenguaje, recordemos, refleja una cultura determinada, y esta, lejos de significar refinamiento o acumulación de conocimientos artísticos, es el conjunto de costumbres y tradiciones que posicionan frente al mundo a una comunidad determinada. La estructura eclesiástica, en cuanto milenaria institución, tiene un lenguaje que, en muchas ocasiones, es discriminatorio de la dignidad femenina, y/o promotor del clericalismo tan criticado por el papa Francisco.
Y es que un lenguaje que hoy diríamos no inclusivo puede reproducir una visión patriarcal del binomio varón-mujer, en la que el masculino se presenta como norma universal; la mujer se define principalmente en su relación con el varón; a este se le atribuye autoridad y a aquella obediencia y sumisión; se asocia a la buena mujer con la pureza, la maternidad, pero también se le presenta como causa de tentación. ¿Y qué decir de los títulos honorarios como eminencia, excelencia, monseñor, etc.? ¿Acercarán a los fieles tales etiquetas más nobiliarias y de abolengo que pastorales? ¿Ayudan o fortalecen al clericalismo?
En ambos casos no estamos ante una práctica neutral, que no tiene consecuencias sociales y eclesiales. Mantener esas narrativas seguirá validando la supuesta superioridad del clero sobre los fieles, y la del varón sobre la mujer.
Como escribió mi profesor Norberto Bobbio, con cuya tesis me identifico: “A cierta edad, cuesta cambiar de opinión. Uno se encasilla más en sus convicciones” (En ‘De Senectute’, Taurus, Madrid 2026, p. 115). Por ello, si en una reunión participan más damas que varones, les seguiré diciendo hermanas, y asumiré el femenino para integrarme a esa comunidad. Y también continuaré llamando “padre” a mi arzobispo, en vez de “excelencia”.
Pro-vocación
Leo que Meta, propietaria de Facebook e Instagram, está acusada por fiscales de cuatro estados norteamericanos, de haber diseñado deliberadamente sus herramientas para fomentar el uso compulsivo entre niños y adolescentes, pese a ser consciente de los posibles daños a su salud mental. Como lo propone León XIV en la ‘Magnifica humanitas’: hay que desarmar a la Inteligencia Artificial.
