La Sinodalidad como fuente de vida para la conversión de la Iglesia


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El padre Pedro Arrupe, Siervo de Dios, tiene una frase que a mí me ilumina mucho: “Dicen que soy optimista y lo creo, la razón de ser de este optimismo es la gran confianza en Dios y que estamos en sus manos”.



En efecto la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe es un camino por hacer y, en este, el proceso de escucha se vuelve esencial para que haya una plena sinodalidad, no obstante se debe ir tejiendo paso a paso, progresivamente. En Episcopalis Communio el Papa plantea que el Sínodo empieza en el Pueblo de Dios y termina en el Pueblo de Dios.

Por ello resulta fundamental entender toda esta consulta, desde lo que se hizo en el Sínodo Amazónico  y el pedido de esta Asamblea Eclesial, como un verdadero camino sinodal, por ende es muy importante esa convicción en el sensus fidei, el sentir del pueblo de Dios, donde se revela el Espíritu en lo sencillo, en lo cotidiano, donde no todo es perfecto, donde hay mucho por hacer, pero donde se teje la Iglesia y se pone en diálogo con lo que podemos llamar el depósito o las estructuras (el depositum fidei), que van siendo iluminadas con la palabra de Dios, que expresa lo que el Papa llama un “desborde”. El Espíritu santo redime por desborde.

El Papa comparte en el aula sinodal

Una Asamblea plenamente eclesial

Entonces el planteamiento de esta Asamblea Eclesial consiste en seguir con esa convicción de que nada tiene sentido en esta nueva dinámica eclesiológica sin la escucha genuina, una escucha que se incorpora en el discernimiento y que produce también los cambios necesarios en contenido y forma del ser y quehacer de nuestra Iglesia, en fidelidad con su identidad en el seguimiento de Cristo.

De hecho estamos organizando una comisión de trabajo con muchas de las instituciones e instancias eclesiales regionales en este pedido para que sea una asamblea plenamente eclesial, que anima y acompaña el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), pero que cuenta con la participación activa de las Cáritas, la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos (CLAR), con la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), Red Eclesial de Mesaoamérica (REMAN), la Red del acuífero guaraní, Red Clamor, redes de Educación Católica, la pastoral juvenil, como diversas organizaciones eclesiales, en fin, queremos que este proceso sea verdaderamente una fiesta de la participación del Pueblo de Dios.

Recuerdo que cuando el Papa Francisco envió su mensaje para el lanzamiento de este proceso nos dijo algo muy importante: “Esta asamblea sólo tiene sentido con la participación del Pueblo de Dios, no sea que nos convirtamos en una élite y que dejemos fuera a partes esenciales, porque el pueblo de Dios es infalible cuando cree”.

Inclusive existe toda una pedagogía aplicada en el propio Sínodo Amazónico que hemos traído a esta Asamblea, sin embargo esta es una experiencia diferente que debe adaptarse en esta realidad regional. Este camino debe ser a la luz del soplo de la Ruah divina, del Espíritu Santo, y de todo nuestro magisterio, junto con los testimonios de hombres y mujeres de Iglesia de todos los días.

La periferia es el centro

Lo primordial para mí será dar cauce, de alguna manera, a las inspiraciones – mociones del Espíritu Santo, que nos ha venido dando por años. Desde el Concilio Vaticano II había una sensación que todavía no llegaba el momento pleno, hasta llegamos a perder demasiado tiempo quizás demasiado enfocados en reforzar estructuras (muy necesarias y propicias), pero perdiendo de vista el sensus fidei del pueblo de Dios. En este momento ese sentir desde la fe, ahora va superando algunas limitaciones y miedos “por desborde”.

En ese sentido lo considerado periférico se torna en piedra angular. Nada más evangélico que eso, es más, no tiene ninguna novedad, porque en el camino de Jesús los encuentros con la periferia son los que a él le van abriendo la perspectiva, sobre todo los encuentros con mujeres de la periferia (la mujer Samaritana, la mujer Sirio-fenicia, y otras más) gente de otras culturas, que le hacen preguntarse sobre el llamado y su camino para entender mucho más el proyecto que Dios le estaba revelando.

Sin duda hay una belleza en el proceso de escucha que nos va haciendo más Iglesia. Cuando el Papa dijo en el Sínodo “no terminamos de hacer propuestas totales, estamos de acuerdo en ello, hay un sentimiento común sobre la necesidad de responder, pero cuando buscamos salidas y soluciones algo no satisface. No hay una salida totalizante que responda a la unidad del conflicto, con remiendos no podemos resolver los problemas, solo podrán ser resueltos por desborde. El Espíritu redime por desborde”.

Lecciones del Sínodo Amazónico

En el proceso del Sínodo Amazónico encontramos lecciones claves. Yo experimenté que el cauce de ese kairós, que es el tiempo de Dios y el tiempo propicio, por tanto uno que no es nuestro tiempo ni  nuestro ritmo, de alguna manera nos empujaba a más, pero nos enfrascábamos en disputas reduccionistas del proceso, del territorio y de la revelación de Dios.

Debo decirlo así, había visiones diferentes que rompían y trastocaban el ambiente de discernimiento que sostenía el proceso Sinodal. Las discusiones, sobre algunos temas complejos, se iban tornando en una disputa ideológica y no había espacio para discernir, tampoco lográbamos darle al Papa el consenso moral sobre los temas para llevarlos más adelante desde su misión como Pontífice, el que hace puentes. ¿Qué era lo que podría acabar con estas disputas autorreferenciales de grupos reducidos? La escucha al Pueblo de Dios, las 87000 personas que superaban todas las posturas ideológicas y que enriquecieron todos los diálogos.

Mas aún, sabemos que no estamos todavía en esa plenitud, pues ese es el camino del proyecto de Dios. En el Sínodo Amazónico, por primera vez, los pueblos originarios estuvieron en el centro del proceso de la Iglesia y en la sede de la misma. Participaron de un sínodo que era también de ellos, expresando con toda libertad su voz, sus testimonios, sus gritos y luego también, aunque nunca suficiente, con la presencia de mujeres más grande en un espacio de asamblea sinodal, 34 mujeres, dando otras perspectivas profundamente iluminadoras.

De todo esto hemos aprendido que el discernimiento pide la escucha profunda al Espíritu Santo en ese sensus fidei. Que es necesario abrazar nuestras raíces, nuestro origen y cuidar las estructuras como medios no como fines, pues ellas no se derrumban por decreto, sino que se trata de discernir lo esencial para dar cauce a la revelación para no cometer el error de convertirnos en el centro que domina. Pido para todos la posibilidad de asumir un proceso de COMUNIÓN, CONVERSIÓN, CONSTRUCCIÓN de otro mundo y otra Iglesia posibles.