Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

La Señora de la Humildad


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No hace mucho que escribía aquí sobre mi gusto por el románico y cuánto había disfrutado de la sobriedad de la piedra y del Cristo de los ojos abiertos en el monasterio de San Salvador de Palacios de Benaver (Burgos). Lo que parece es que éste no es el único estilo artístico que me resulta atrapante. Al menos, esa sensación tengo después de haber visitado el otro día una capilla que, aunque respeta la estructura externa de una más antigua, no tiene ni diez años de vida. Se trata de la capilla de la Inmaculada del seminario menor de la Archidiócesis de Braga. No es fácil de describir, pero, en medio de una aparente sencillez, se esconde una profundidad de sentido capaz de impresionar.



Solo para abrir el apetito y la curiosidad, os diré que la piedra que configura el altar fue, literalmente, una piedra desechada en una cantera, que hay un continuo y discreto ruido de correr del agua que recuerda al bautismo, que un panel en forma de columna remite a esa de nube que acompañaba al pueblo peregrino por el desierto y que el sagrario, como quien guarda al Vivo por excelencia y requiere respirar, no es algo cerrado del todo. Hay muchos detalles que resultan especialmente evocadores, pero me quedo con la que llaman la “Señora de la Humildad”. Sentada en medio de la asamblea, hay una imagen que remite a María. Ella, vestida como una de tantas mujeres del lugar, comparte espacio con cualquiera, despojándose y manteniendo en sus manos la corona con la que nos empeñamos, con buena voluntad, en coronarla, alejándola así del lugar en el que sospecho que ella estaría más cómoda.

Virgen de la Humildad

Oler a Evangelio

No es habitual que pensemos a la Madre de Jesús desde las claves que propone esta escultura, a pesar de que se trate de una visión mucho más cercana al modo en que los evangelios nos hablan de Ella. Nos rechinan esos textos en los que el Nazareno recuerda que su verdadera familia la constituye quienes le siguen (Mc 3,31-34) y centra el motivo por el que es digna de elogio, que no es tanto el hecho de ser su madre biológica, sino su posicionarse como discípula a la escucha de Quien es la Palabra (Lc 11,27-28). Tampoco es frecuente que nos andemos quitando las “coronas” que los demás nos colocan, esas que solo nos alejan del resto y nos hacen olvidar que no somos más que nadie. Tal dificultad para estar en medio y ser, como lo fue el Señor, “uno de tantos” resulta aún más desconcertante cuando se produce en el ámbito eclesial.

La humildad, con la que se califica la estatua de la capilla de la Inmaculada, no es sino reconocer el humus, ese barro compartido por todos que constituye nuestra frágil verdad esencial. Todo aquello que confunde las diversas vocaciones o los distintos servicios y responsabilidades con “coronas”, que diluye la dignidad compartida por el bautismo, marcando diferencias inexistentes, que nos hace sentirnos con superioridad moral sobre otros, constituyéndonos jueces implacables de vidas ajenas y que nos lleva a olvidar que nuestro sitio, como el de la imagen mariana, es estar como uno más en medio de la asamblea… ni nos hace bien ni huele a Evangelio. No está mal que esta capilla esté en un seminario menor ¿verdad?