José Francisco Gómez Hinojosa, vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)
Vicario General de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

La parroquia penitenciaria


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“¡Y todavía les dan una parroquia! No es suficiente que las comisiones de derechos humanos los defiendan, que decenas de organizaciones caritativas los visiten y les lleven todo tipo de apoyos, que les celebren misa los domingos… Ahora hasta tendrán todos los servicios que ofrece una parroquia“.



Así se quejó una persona que se opone al trato dispensado a los reclusos de las prisiones. Dice que se defiende más a los delincuentes que a quienes padecen de sus actos delictivos.

Sea cierta o no esta afirmación, quien haya visitado un centro de reclusión en prácticamente todo México se dará cuenta de las condiciones en que viven los internos, muchas veces infrahumanas.

Para reflexionar sobre tal realidad, esta semana que termina se desarrolló en la Arquidiócesis de Monterrey el Encuentro Nacional de Pastoral Penitenciaria, y como colofón se creó la Parroquia Penitenciaria, que abarca a los cinco penales que existen en el estado de Nuevo León.

En el Decreto de Erección, el arzobispo Rogelio Cabrera López indica: “Una primera tarea, que no puedo dejar de encomendarles, es manifestar a los hermanos en estado de reclusión el grande amor que Dios les tiene: como Padre sabe perdonar, sabe amar y llama a la conversión. Así, no podrán dejar de promover humana y cristianamente el amor propio de los reclusos y dar herramientas que contribuyan a su enmienda, a su conversión y a su reinserción social”.

Llaman la atención de esta iniciativa varios elementos. En primer lugar, se superan los clásicos límites geográficos de una parroquia: no es solo un penal sino todos, separados entre sí por notables distancias. Además, se atiende por igual a varones y mujeres, a adultos y adolescentes infractores.

Por otra parte, la atención no es sólo para los internos, sino para los directivos y el personal laboral de los centros de reclusión. Este paso no se podría haber dado sin la suma de voluntades, la estrecha colaboración de la arquidiócesis con las autoridades penitenciarias y con las diferentes organizaciones de la sociedad civil.

Pero, como rasgo más importante, me parece que se les da voz a los que no la tienen, a quienes son estigmatizados por sus errores, y reciben herramientas para su desarrollo espiritual como base para su reinserción a la sociedad.

Como me dijo el arzobispo Cabrera: más allá de culpabilidades o inocencias, los reclusos son seres humanos que necesitan atención espiritual, para que se puedan reincorporar. Bien por esta iniciativa.

Pro-vocación

Wyatt Olivas, de Wyoming, USA,  es el participante de menor edad en el Sínodo -19 años- y reconoce tener ideas conservadoras. Sin embargo, y aunque se siente incómodo con algunas afirmaciones, está abierto a las luces del Espíritu Santo, y se dejará conducir por Él. Ojalá lo mismo dijeran algunos cardenales… ya no tan jóvenes.