La comunidad es muy importante en la vida de fe y es que, vivirla de manera individual y aislada tiene sus peligros. Somos seres sociales que necesitan de los demás, no fuimos creados para caminar solos, necesitamos compartir, ser escuchados y acompañados para aprender a amar. Desde el principio, Jesucristo fue muy claro en el aspecto de vivir en comunidad, donde enseñaba, escuchaba y ayudaba.
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Es muy importante y a imitación de Jesucristo, aprender a vivir de esa manera, y una vez que nos hemos integrado, hacernos una pregunta: ¿qué puedo aportar? Porque a veces nos queda muy claro lo que podemos recibir, pero ¿qué tan dispuesto estoy a dar y compartir con los demás?
Hace algunos años escuché decir a alguien que lo mejor que había recibido en su comunidad no lo valoró, hablaba de un grupo juvenil al que acostumbraba ir, su reflexión fue: “Recibíamos mucho y de todo, enseñanza, catequesis, conferencias. Todo era gratis, en su momento no lo valoramos, lo desaproveché y ahora, al cabo del tiempo, me doy cuenta de cuánto bien nos ofreció la comunidad“.
La comunidad sana perdona, dialoga y vuelve a empezar
Desafortunadamente muchas personas no valoran lo que pueden encontrar ahí, hay diferentes talentos, historias y formas de pensar que nos enseñan la riqueza del respeto y la fraternidad. La comunidad nos permite darnos cuenta de nuestras diferencias y especialmente a amarlo como es. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Jn. 13,34.
En esas diferencias debemos encontrar la dignidad y valor de cada hermano. Muchas personas no son capaces de mirar esas diferencias y mucho menos de aceptarlas, surgen los conflictos y diferencias que en ocasiones hacen que no exista el diálogo, recordemos que una comunidad sana no es aquella donde no hay diferencias, sino aquella que sabe perdonar, dialogar y que puede volver a empezar.
La verdadera comunidad es aquella que realiza pequeños gestos, que entre los integrantes siempre tienen una palabra de aliento, un corazón dispuesto a escuchar y la presencia que se requiere en el momento preciso. Es importante reconocer que no basta hablar de Dios, estamos llamados a hacerlo visible en la forma en que tratamos a los demás.
Nadie se construye completamente solo
Vivir en comunidad es dar paso a que los demás se sientan bien recibidos, valorados y acompañados. Una referencia muy conocida es del poeta inglés John Donne, quien escribió en Meditation XVII (1624): “Ningún hombre es una isla, entero por sí mismo”.
La idea es profundamente humana: nadie se construye completamente solo. Nuestra vida está entrelazada con la de los demás. Lo que hacemos, decimos y decidimos puede tocar la vida de otras personas. Nadie se salva en soledad, caminamos juntos, sostenidos por la gracia de Dios y llamados a construir una comunidad donde el amor sea la base, fuerza e inspiración.


