Ianire Angulo Ordorika
Religiosa Esclava de la Stma. Eucaristía

Huele a vacaciones


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Este tiempo “huele” a vacaciones. Quien más y quien menos tiene en estas fechas unos días de descanso en el horizonte y tal ambiente se nota también en los ánimos. Mientras a algunos su carácter les delata que necesitan desconectar, muchos muestran que la cercanía de las vacaciones les esponja y anima. La alegría de estos días contrastará con el llamado síndrome postvacacional, del que siempre acaban hablándonos en los telediarios cuando asoma el mes de septiembre.

Este contraste entre el gozo que se respira ahora y la dificultad con la que se reinician las tareas cotidianas me cuestiona dónde apoyamos nuestra felicidad y qué es lo que nos provoca alegría. Y no lo digo solo porque, en una lectura rápida, se podría interpretar que nuestra dicha está en tener unos días de vacaciones mientras el trabajo diario provoca todo lo contrario. No se trata de esta interpretación tan simple, sino de una pregunta más honda sobre dónde situamos nuestro gozo más profundo. Si nuestra alegría se sostiene sobre los logros objetivos, la admiración de otros, el cumplimiento de nuestras propias expectativas o la ausencia de dificultades, esta tiene los días contados.

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Esto es lo que les pasaba a los discípulos de Jesús en el evangelio. Ellos estaban contentos porque les había ido muy bien en la misión que el Maestro les había encomendado. La réplica del Nazareno les devuelve, a ellos y a nosotros, a una perspectiva mucho mejor: “No os alegréis de que los espíritus se os sometan, alegraos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc 10,20). Esa alegría que no se nos puede arrebatar con facilidad no se arraiga en nuestros resultados o en lo que conseguimos, sino en aquello que recibimos. El gozo de sabernos y sentirnos queridos en lo más profundo y de manera gratuita e incondicional. La alegría de que Dios mismo tenga nuestros nombres tatuados en su corazón no nos la podrá quitar nadie… ni siquiera el final de las vacaciones.