José Luis Pinilla
Migraciones. Fundación San Juan del Castillo. Grupos Loyola

Hostilidad/hospitalidad


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Suenan tambores de guerra. Incluso sus ecos en el subsuelo aturden los oídos. Como si un nuevo terremoto estuviera siendo repicado en las capas interiores de las tierras cercanas o lejanas. Allá donde los refugiados, en las catacumbas modernas que son los refugios subterráneos en muchos lugares de Ucrania, se tapan los oídos, cierran los ojos, o se llenan de lágrimas ante la barbarie de la hostilidad que proviene de la invasión rusa.



Mientras, la hospitalidad se va haciendo añicos convertida en restos de metralla, bombas, cascotes… Estamos ante un trozo más de la “guerra a trozos” (valga la redundancia), una expresión con la que el papa Francisco se refiere a la forma actual de las nuevas guerras mundiales.

Este es el dilema. Hostilidad que anida en el corazón humano y que entierra la hospitalidad. En un rincón de la vieja Europa nuevamente miles de nuevos refugiados recorrerán los caminos del desamparo. Pasarán de unos refugios físicos en los sótanos de los edificios a otros refugios a cielo abierto, mucho más desamparados. Campos y rutas llenas de gente sin protección ni ayuda. Sin apenas nada. Desnudos. Desnudez que uno no quisiera para sí –al menos en mi caso– más que como una metáfora del bello y machadiano verso: “me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Nuevos migrantes

Nuevos refugiados. Nuevos buscadores de asilo. Nuevos migrantes. Nuevos y más. Mas nuevos migrantes y más nuevos refugiados. ¡Quizás no tan nuevos!. Porque son los de siempre pero con distintos rostros y repitiendo historias parecidas. Pero no son los mismos. Son nuevos. Y son más.

La ONU ya se prepara para una situación dramática en las naciones vecinas. Casi 11.000 personas entraron en Rumania en el primer día de la invasión rusa. Se empieza a hablar de que hasta 5 millones de personas se verán obligadas a huir del país, según las agencias de ayuda de Naciones Unidas.

Y estamos hablando de países “vecinos”. No son vecinos nuestros. Estamos lejos de ellos, pero como si lo fueran. Porque en mi –nuestra– vida están llamando a la puerta. Los susurros con los que apenas pueden emitir sus peticiones (y no digamos nada si son niños) se convierten en atronadoras llamadas a la conciencia personal y colectiva que siempre hemos de cultivar, siempre y en todo lugar.

Los dos lobos

Hay un sustrato en la conciencia que se debe convertir permanentemente en ese terreno favorable donde fermenten las relaciones cercanas. Educación permanente –no necesariamente reglada–, en esos procesos cotidianos que se producen en la comunidad, en el barrio, con el vecino del quinto o en la barra del bar. Allá donde parece que brota más fácilmente la vecindad. Es decir, la cercanía. Aquella que brota mucho más en verdad que en las barrocas proclamas que a veces suenan tan huecas porque se pronuncian desde la lejanías de los discursos o en los papeles asumidos para quedar bien. Es decir la que se produce en la convivencia cotidiana.

Ahí, quizás en el rellano de la escalera y desde luego no tan lejos como los casi 3.000 kilómetros que hay de distancia entre España y Ucrania. O sea aquí, tan cerca, donde nos sentimos vecinos y vecinas. Venzo la hostilidad con la hospitalidad cuando traspasamos la puerta de la casa que acoge y nos enriquecemos mutuamente con los vínculos sociales de confianza y apoyo mutuo, con las dinámicas compartidas de participación y deliberación.

Ucrania

Es lo que llaman la “micropolítica del contacto y el encuentro”, que estamos deseando que se traduzca más y más en la micropolítica de los abrazos y los cuidados entre todos. Pequeñas guerras también “a trozos” con el arma de la paz que asume y se enriquece con la diversidad

Quizás ni siquiera hay que dar un mínimo paso para traspasar la frontera entre la hostilidad y la hospitalidad. Quizás suceda lo que decía aquella leyenda de la abuela que explica a su nieto que en el interior de cada persona hay dos lobos que libran una permanente lucha. Uno de ellos, es el lobo del egoísmo, la insolidaridad, el odio, la agresión… la hostilidad. El otro representa la compasión, la solidaridad, la alegría, el cuidado… la hospitalidad. “Y, ¿cuál de los dos gana, abuela?”, pregunta el nieto. “Aquel que tú alimentes, querido mío”.