El día 26 de marzo llegó a su fin la triste historia de Noelia Castillo, una joven de 25 años que llevaba tiempo luchando por morir. Más allá de las cuestiones morales y legales del asunto ‒que son muchas‒, y teniendo siempre presente el sufrimiento de Noelia, lo cierto es que la eutanasia ‒o, por mejor decir, el suicidio asistido‒ no habla demasiado bien de esta sociedad que tenemos. Algunos incluso lo comparan con el aborto, otro proceso presentado frecuentemente como un derecho y muy pocas veces como lo que es en realidad (aunque se trivialice): un fracaso personal y social.
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La Escritura presenta varios casos de suicidio, sin valorarlos explícitamente. Así, el camino del suicidio es el que siguen el rey Saúl y su escudero tras la derrota en la batalla del monte Gelboé: “Entonces Saúl cogió la espada y se echó sobre ella. Cuando el escudero vio que había muerto, se echó a su vez sobre la espada y murió con él” (1 Sam 31,4-5).
Asimismo, Ajitófel, consejero del rey de David, pone fin a su vida cuando se da cuenta de que su consejo ya no es valorado por el rey: “Al ver Ajitófel que no se llevaba a cabo su plan, aparejó el asno y se puso en camino a la casa de su ciudad. Dio instrucciones a los suyos y se ahorcó” (2 Sam 17,23).
Años después, según el relato bíblico, un alto cargo del ejército llamado Zimrí, conquista la ciudad de Tirsá, capital entonces de Israel, y se proclama rey. Reinó en Israel siete días. Pero Omrí, jefe del ejército, es proclamado rey y sube contra la ciudad: “Al ver Zimrí que la ciudad había sido tomada, se retiró a la ciudadela del palacio real, prendió fuego al palacio real, quedándose él dentro. Todo a causa de los pecados que cometió obrando el mal a los ojos del Señor, siguiendo los pasos de Jeroboán y los pecados que hizo cometer a Israel” (1 Re 16,18-19). Como se ve, este suicidio contiene un matiz negativo, asociándose a los pecados del conspirador.
Judas y el pecado
Pero, probablemente, el suicidio más famoso de la Escritura es el de Judas (del que ya hemos hablado en alguna ocasión). En las dos versiones del hecho (Mt 27,5; Hch 1,18), aunque no lo valoren propiamente, sí se percibe una cierta desesperación, sobre todo en el texto de Mateo: “He pecado entregando sangre inocente” (Mt 27,4), donde el pecado vuelve a aparecer en escena.
Aun valorando el valor de la libertad y la propia voluntad y autonomía, un creyente nunca puede dejar de considerar estas palabras que se ponen en labios del Señor: “Pero ahora, mirad: soy yo, solo yo, y no hay dios fuera de mí. Yo doy la muerte y la vida, yo hiero y yo curo, y no hay quien pueda librar de mi mano” (Dt 32,39). En todo caso, seguro que Dios se habrá entristecido viendo a una hija suya retornar a su seno tan prematuramente y tan cargada de sufrimiento.
