Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Ese hálito vital


Compartir

Creo que la alergia al polen de ciprés ha vuelto a mi vida. Llevaba tiempo bastante calladita y pasando de puntillas cada temporada, pero tengo la sensación de que ha querido regresar este año con empeño. En esta ocasión, además, me ha pillado un poco desprevenida, porque no hay nada que baje más los niveles de polen que la humedad. El caso es que la constante lluvia de las últimas semanas no ha conseguido que desaparezca del todo una concentración de polen que, gracias a los vientos recios de estos días, se ha colado en mis vías respiratorias y cuya presencia promete multiplicarse en los próximos días. El caso es que, hasta que he caído en la cuenta de que mi vieja amiga había regresado y han venido los antihistamínicos a rescatarme, pasé un par de noches un poco incómodas por la congestión.



La experiencia de no poder coger aire al tumbarme, la sensación de respirar “en corto” y el agobio que todo esto provoca me ha hecho recordar una vez más algo que atraviesa el modo en que la Biblia entiende al ser humano. Sin que tenga mucha base biológica, la Escritura entiende que lo que caracteriza a los seres vivos es acoger el aliento divino que el Señor nos insufla constantemente y que no podemos retener para nosotros si no queremos ahogarnos. Ese hálito vital, esencial en la creación del ser humano en el Génesis (cf. Gn 2,7), se convierte en una especie de cordón umbilical invisible que nos mantiene constantemente cara a cara con Dios. Tener el rostro vuelto hacia Aquel que nos hace respirar no es algo puntual, sino aquello que nos impulsa a vivir la existencia a pleno pulmón en cada momento.

Varias personas se protegen de la lluvia y el viento en Santiago de Compostela

Busco tu rostro

Desde esta percepción del ser humano, la conversión no sería otra cosa que reconocer la asfixia que supone haber girado la cara a Quien nos vivifica y recuperar la orientación esencial que nos mantiene dispuestos a acoger su soplo divino. Se trata de, como dice el salmo, decir “para mis adentros: ‘Busca su rostro’. Sí, Señor, tu rostro busco, no me ocultes tu rostro” (Sal 27,8-9a). Ahora, que comenzamos la cuaresma, estrenamos una nueva oportunidad de tomar el pulso a todo aquello que nos impide mantener la mirada y el rostro vuelto a Quien nos capacita para abordar el día a día respirando con toda la amplitud de nuestros pulmones. Que sea un tiempo propicio para poner nombre a esas congestiones y alergias que limitan nuestra capacidad torácica, nos dificultan tomar aire y nos hacen movernos en el día a día respirando en corto.