Viajar es una de las experiencias más transformadoras que existen. Salir más allá del camino conocido y aventurarse a explorar otros lugares, culturas o formas de pensar conlleva beneficios que difícilmente podemos desaprovechar, especialmente en tiempos marcados por la polarización y las certezas absolutas.
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Alejarnos del ensimismamiento, de la rutina, de las costumbres y de quienes piensan igual que nosotros genera aprendizaje, humildad, perspectiva, curiosidad y fraternidad.
Otros modos de viajar
Viajamos no solo cuando tomamos un avión o cruzamos una frontera. También viajamos cuando leemos un libro, sostenemos una conversación profunda, escuchamos un podcast, contemplamos una obra de arte o nos abrimos a una experiencia espiritual. Cada vez que dejamos de considerar nuestra mirada como la única válida, comenzamos un viaje.
Cuando nos trasladamos físicamente a otro lugar, nuestros sentidos despiertan. Los aromas, colores, paisajes, idiomas, comidas, ritos, horarios e incluso las normas de convivencia interpelan nuestra manera habitual de comprender la realidad.
El cerebro entra en un estado de atención y asombro que rara vez experimenta en la rutina cotidiana. Esta cascada de novedades refresca el espíritu, alivia tensiones y nos permite valorar con mayor claridad tanto las fortalezas como las carencias de nuestra propia vida.
Profundos beneficios intelectuales
También existen profundos beneficios intelectuales. Al viajar buscamos referencias, establecemos comparaciones y ampliamos conceptos que creíamos dominar. Aprendemos palabras, historias, costumbres y heridas desconocidas.
Todo ello se entrelaza con nuestros conocimientos previos y reconfigura nuestro mapa mental. Poco a poco, dejamos de sentirnos el centro del mundo y desarrollamos una mirada más amplia, flexible y comprensiva.
Sin embargo, es en el plano espiritual donde el viaje despliega su mayor fecundidad. La inmensidad del mundo y la extraordinaria diversidad humana nos recuerdan nuestra pequeñez. Descubrimos que somos apenas una pequeña parte de una historia mucho más grande que nosotros.
La fragilidad de la vida
Experimentamos el paso del tiempo, la fragilidad de la vida y el misterio de pertenecer a una humanidad que nos antecede y nos sobrevivirá. Ningún ser humano, por poderoso que haya sido, ha logrado escapar de la muerte. Lo único que permanece es la huella que deja en los demás, para bien o para mal.
Por eso creo que es urgente viajar. Y, cuando no sea posible hacerlo geográficamente, al menos viajar hacia el corazón de quienes viven a nuestro lado. Necesitamos salir de la prisión del ego y de la tentación de creernos dueños de la verdad.
El mundo es complejo, y precisamente allí radica buena parte de su belleza. Cada persona es un universo irrepetible, imposible de reducir a una etiqueta o una opinión o a un avatar de IA. Nuestra propia supervivencia depende de la capacidad de complementarnos y enriquecernos mutuamente.
La dificultad para salir de nosotros mismos
Quizás uno de los grandes males de nuestro tiempo sea la dificultad para salir de nosotros mismos. La polarización se alimenta de personas que han dejado de viajar hacia la experiencia del otro. Solo podremos sanar esa fractura si aprendemos nuevamente a escuchar, a contemplar y a maravillarnos.
Viajar, en el fondo, es un acto de humildad: reconocer que la verdad es siempre más grande que nuestra propia mirada y que Dios sigue esperándonos más allá de nuestras fronteras. Alejarnos del ensimismamiento, de la rutina, de las costumbres y de quienes piensan igual que nosotros genera aprendizaje, humildad, perspectiva, curiosidad y fraternidad.

