Empatizar con el otro


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Una de las cuestiones más bonitas que estamos viviendo en esta pandemia es la empatía que se está viviendo con las personas que están en primera línea y que por ello tienen más posibilidades de contagiarse por el virus. Desde el primer momento muchos ciudadanos salen a sus balcones a aplaudirles una hora al día recordando el gran esfuerzo y sacrificio que han tenido que hacer muchos de ellos.



Sabemos que el principal colectivo afectado por la enfermedad ha sido, precisamente, el de los profesionales de la salud, muchos de los cuales han tenido que trabajar en condiciones que no eran las adecuadas por la falta de material de protección. Muchos conocemos a personas que han estado en hospitales, en centros de salud o en residencias y que han experimentado de primera mano las peores consecuencias de la plaga.

Poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que había otro colectivo que también precisaba del reconocimiento público. Me refiero a las personas que en este periodo han perdido a alguno de sus seres queridos. Desgraciadamente casi todos conocemos a alguien que ha perdido algún amigo, conocida o familiar durante este periodo y sabemos que no han podido despedirse (en la mayoría de las ocasiones) convenientemente ni le han dado una adiós comunitario con el resto de los seres queridos, amigos y compañeros de la persona que se va y de su familia.

aplausos solidarios a los sanitarios, coronavirus

Si la empatía con los primeros ha sido generosa y general, nos ha costado algo más acompañar de una manera colectiva a los segundos que también necesitan un reconocimiento en este momento duro que están viviendo cuando se van aquellos a quienes quieren.

Nuestro futuro tendrá que construirse buscando la empatía no solo con el héroe, no solo con quien está haciendo algo con los demás, sino también con quien está sufriendo. Ponerse en la piel de quienes sufren para acompañarlos es una enseñanza que se deriva de nuestra realidad. Los dos acompañamientos son compatibles. Podemos estar junto a quien está haciendo un esfuerzo al mismo tiempo que lo hacemos junto a quienes sufren.

Un minuto de aplausos al día es compatible con un minuto de duelo y de silencio. El redoble de campanas se puede escuchar junto a su canto fúnebre. No se trata de hacer uno u otro, sino de empatizar con todos, de ponernos al lado de todos. El futuro que queremos construir nos tiene que ayudar a darnos cuenta de esto, de que acompañar a quien sufre no es incompatible con hacerlo con quien está esforzándose o con quien lo tiene mejor.