Fernando Vidal, sociólogo, bloguero A su imagen
Director de la Cátedra Amoris Laetitia y director del Instituto Universitario de la Familia, de la Universidad Pontificia Comillas

Diario del coronavirus 70: Adolfo Nicolás, sabiduría del fracaso


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Ayer el mundo recibía desde Tokio la noticia del fallecimiento del jesuita Adolfo Nicolás, que fue superior general de la Compañía de Jesús entre 2008 y 2016. Aunque tenía pensado terminar este diario hoy, voy a hacerlo mañana porque el corazón me pide compartir algo de lo muy hondo que aprendí del padre Adolfo Nicolás. En la foto familiar que acompaña este texto, Paloma, los chicos y yo estamos con el padre Nicolás. En parte es un modo de agradecer a mi familia su paciencia con tanto trabajo que he dedicado en casa a estos diarios. Por otra parte, es una forma de terminar estos 70 días de confinamiento, abrazándole a él en este final de su vida y abrazados con él al mundo, según su forma de ver la realidad, que tanto nos ha influido y nos puede ayudar. Su modo ignaciano de mirar la realidad fue la principal inspiración para crear el método del Reloj de la Familia, por ejemplo, pero también la nueva lógica colaborativa, la pastoral de las fronteras y está en el núcleo del paradigma de la Sociedad de los Cuidados.



Mirar el fracaso con mayor profundidad

En un momento tan duro como la crisis de 2008, el padre Adolfo Nicolás apareció como una voz nueva en el panorama mundial. Nos hizo moveros en una dirección inesperada: valoraba la importancia de cambiar nuestra propia mirada sobre los fracasos. Lo que más nos lastra y daña es la forma como los miramos. Para el padre Adolfo Nicolás, hay que considerarlos una oportunidad de aprender, de que una persona se haga persona e ir más allá de nosotros mismos. Según dice, “el genio de nuestra fe es transformar el fracaso en una nueva posibilidad”. El fracaso nos muestra nuestra vulnerabilidad y nos permite darnos cuenta de qué es lo esencial. Nos hace descubrir las verdaderas fronteras y encrucijadas donde se está debatiendo el bien y la vida. El fracaso nos enseña que el único absoluto es Dios y nos abre puertas para seguir más de cerca a Jesús y confiarnos a un Dios paciente que nos espera en el corazón de la historia y cada historia.

Acababa de pincharse la burbuja financiera e inmobiliaria más grande de la historia y fuimos víctimas de una estafa –las subprime o activos tóxicos– a la que nos llevó la ambición y la banalización de la vida pública. El saqueo no solamente arruinó nuestras economías, sino que causó una crisis de legitimidad en las instituciones políticas y económicas. Una de las consecuencias fue la expansión de la precariedad socioeconómica y otra fue la polarización, el auge del supremacismo, el populismo y divisiones que llevaron a algo tan grave como el Brexit.

El final de la vida del padre Adolfo Nicolás durante esta pandemia del Covid-19 nos llega cuando afrontamos la mayor crisis de la humanidad desde la II Guerra Mundial y asistimos a un cambio de época que posiblemente sea el final de la Modernidad y el comienzo de la Edad del Ser. Y siento que sus enseñanzas para afrontar la crisis del 2008 tienen todavía mayor sentido ahora que nos encontramos ante una reconstrucción de la civilización.

Abrazar al mundo en su dolor

En ese momento de quiebra global en 2008, el padre general nos hizo dar un giro a nuestra forma de ver lo que estaba ocurriendo: teníamos que profundizar en el significado del fracaso y abrazar al mundo en su dolor. En el corazón del mundo, desde la amistad con quienes más sufren, debíamos unir a la humanidad navegando hacia los cuatro puntos cardinales: la profundidad, la universalidad, la colaboración y la creatividad.

Dicho así, suena demasiado geométrico y lineal para el pensamiento del padre Nicolás, porque su forma de pensar, tras casi 50 años en Oriente, era muy diferente a nuestro modo tan vectorial de pensar en Occidente. Cuando hablaba siempre me daba la impresión de que iba sacando semillas, las iba desenvolviendo y las íbamos viendo crecer cada una en una estación distinta del año. Leo ahora lo que he escrito estos años sobre él y parece que hay potentes palabras que nos está diciendo para que nos llegaran ahora mismo. Su muerte hoy, en un momento tan crucial, es en cierto modo su último mensaje en uno de esos modos tan orientales que serían de su gusto.

Según el padre Nicolás, al experimentar fracasos hay que tener altura de miras, interpretar profundamente y pensar desde el horizonte que esperamos. El miedo y la frustración nos limitan y hacen perder esperanza. “El fracaso parece que nos pone en tensión, en dificultad, pero en el fondo es la gran oportunidad de ir más a lo hondo, de profundizar un poco más quienes somos, de conocer nuestras debilidades, nuestras limitaciones y partir de ahí para un nuevo camino. ¡El fracaso es la gran oportunidad!” (Nicolás, 25 de abril de 2010).

Fernando Vidal con Adolfo Nicolás

El fracaso nos hace profundizar. Es un momento de revelación de algo muy importante de nosotros y a lo que muchas veces no queremos mirar. Vivimos en una sociedad que no quiere mirar la muerte, la enfermedad, el fracaso ni los límites, y eso no nos hace evitar la muerte, sino perdernos la vida. Es la sabiduría de la cruz. El mundo necesita ser comprendido en su corazón roto y confuso que, aun cuando no lo sepa, tiene sed de la compasión de Cristo.

Superar la pandemia del coronavirus requiere atravesar esa experiencia con nuestra mirada, nuestro corazón y nuestro cuerpo –por el impacto material sobre nuestras vidas en forma de la enfermedad, pérdida, trauma o empobrecimiento–. Atravesar la experiencia comienza por abrazar la realidad. “Ignacio [de Loyola] no huyó del mundo ni lo rechazó. Lo abrazó…” (Nicolás, septiembre de 2009, Limerick). Nosotros encontramos a Dios en el mundo. Él ha estado en él antes que nosotros. Ama al mundo y nosotros también. (Nicolás, 12 de septiembre de 2009). “La experiencia de la realidad incluye un mundo roto, especialmente el mundo de los pobres, que espera su sanación… Con esta profundidad nosotros también podremos reconocer a Dios, que trabaja ya en nuestro mundo” (Nicolás, 23 de abril de 2010).

En su idea, la religión corre el riesgo de ser anulada por el laicismo, privatizada por el individualismo, frivolizada por la superficialidad o pervertida por el fundamentalismo. Es preciso llevarla al centro y corazón del mundo.

Alcanzar la encrucijada esencial

El descubrimiento de la dimensión del fracaso no lleva a la ira o la violencia, sino al reconocimiento y la compasión. La clave no es si fracasamos o no, porque en una cosa u otra lo haremos una y otra vez, sino qué hacemos con esos fracasos. El problema está en cómo nos relacionamos con esos fracasos. En el fondo de todo fracaso hay una búsqueda. Es una búsqueda que no ha logrado llegar a donde quería, que ha ido en la dirección contraria o que se ha revuelto contra sí misma. “Hay que buscar juntos y tocar esa sed profunda” (Nicolás, 26 de abril de 2010).

Comprender el fracaso nos pone en las fronteras reales de la humanidad. Nuestro mundo antes de la pandemia estaba buscando histéricamente la felicidad en donde no podía estar la verdadera riqueza humana: en el supremacismo, el narcisismo, la banalización, la obsesión por rankings institucionales y personales, el crecimiento hiperbólico, el consumismo, etc.

Para Nicolás, no se puede dar nada por perdido, sino que hay que saber leer la esperanza en lo que se transforma. No debemos dejarnos limitar (Nicolás, 12 septiembre 2009). Tampoco debemos dejarnos apresar por el miedo, “el miedo frena la imaginación” (Nicolás, 12 noviembre 2014).

¿Qué hacer ante un fracaso de la escala de esta pandemia del coronavirus? Corremos el riesgo de dirigir nuestro foco a cosas que no son el fondo de la cuestión. Por ejemplo, perdemos fuerzas en disputas y laberintos partidistas que no son el verdadero problema, que es más de raíz y es al que hay que dirigirse. “La tentación más corriente es la superficialidad. El reto es la profundidad, hacer una sociedad más humana y unida” (Nicolás, 12 noviembre 2014). Cuando no profundizamos compasivamente en el fracaso colectivo, no vamos a la raíz de los verdaderos problemas. Por eso es tan importante en el pensamiento de Nicolás el descubrimiento de las verdaderas fronteras. Conecta con un aspecto nuclear del discernimiento ignaciano: plantear cuál es la encrucijada real, cuáles son las dos opciones esenciales entre las que se juega la vida.

¿Cuál es la encrucijada esencial que subyace en esta pandemia y sus males? ¿Cuál es la encrucijada profunda que se juega en ti y cuál en mí? Esto no se sabe por el solo discurrir mental, sino que es un descubrimiento, es fruto de un diálogo en el Espíritu. Descubrir la frontera profunda es un don y lo recibimos abrazados al mundo, unidos a los pobres. La pregunta, entonces, es: ¿a quién voy a unir mi historia? Ese descubrimiento siempre es un éxodo que sucede en el corazón del pueblo, donde están los más pobres y la mayor vulnerabilidad de cada uno de nosotros.

En la pandemia, el mundo está siendo operado a corazón abierto y ahí está la gran encrucijada de nuestro tiempo y las tres generaciones que convivimos en este momento del siglo 21. “Cada generación tiene que redescubrirse a sí misma, redescubrir el cristianismo, y redescubrir las respuestas al Evangelio de Jesucristo. Cada generación tiene algo que descubrir” (Nicolás, 2009, en la Revista de Espiritualidad Ignaciana).

La búsqueda de nuestra generación

Esa búsqueda en el padre Nicolás tiene cuatro puntos cardinales que recorren y abrazan el mundo: profundidad, universalidad, colaboración y creatividad.

1. Profundidad  

El primero punto cardinal, el Este, es la profundidad. Algunas de las palabras más repetidas durante la pandemia son: profundidad, esencial, sencillez –signo de profundidad–, lo que de verdad importa. A poco que profundicemos nos liberamos del populismo y de las formas de valorar las cosas según su prestigio, el dinero o el poder. A poco que profundicemos, nos damos cuenta de que las cosas no son absolutamente relativas y que hay cosas reales y otras que son simulaciones. En la profundidad está lo que merece ser llamado vida. Las tradiciones del Este –que comienza en Jerusalén–, donde tantas décadas vivió el padre Adolfo, nos llevan especialmente al silencio, el misterio, la conciencia esférica, la interioridad…

2. Universalidad 

El segundo punto cardinal, el Oeste, es la universalidad. Nicolás nos indicó a las universidades jesuitas que avanzáramos en esas dos direcciones: mayor profundidad y universalidad. El sucesor del padre Nicolás, el jesuita Arturo Sosa, lo puso de manifiesto al comienzo de la pandemia: “Somos una única humanidad”. Los problemas de la pandemia se deben a que no cuidamos el planeta, no cuidamos la vida –la fauna salvaje, a la que sometemos a una masiva extinción y tráfico–, no cuidamos las estructuras mundiales –que están enfermas–, no cuidamos a los demás ni nos cuidamos a nosotros mismos. Ese descuido y la cultura del descarte que denuncia el papa Francisco, marcan el calado del fracaso que padecemos como humanidad.

Esa búsqueda a que nos invitó el padre Nicolás es universal porque nos une fraternalmente a todos los hombres y lo es también porque aborda integralmente todas las dimensiones del desarrollo humano. Es universal también porque acoge toda la riqueza de la diversidad en las múltiples culturas alrededor del planeta y en el interior de nuestras ciudades. Es verdaderamente universal es Ecología Integral.

3. Colaboración 

En esa imagen que hemos tomado de los cuatro puntos cardinales, tenemos un Sur. una de las mayores intuiciones e insistencias del padre Nicolás fue siempre la colaboración con otros, construir una cultura de la colaboración. Una de sus ideas es la necesidad de crear en las distintas fronteras lo que denominó “comunidades de diálogo”: “dedicarse al arduo trabajo de formar comunidades para el diálogo buscando la verdad y la comprensión” (Nicolás, 23 de abril de 2010). Esas conversaciones cívicas y de vida, corazón a corazón, son un proyecto imprescindible en el siglo 21.

Es algo que conecta con las corrientes más modernas del mundo digital, la economía social y colaborativa, el multilateralismo, la colaboración entre Administración y sociedad civil para recrear el valor público y los bienes comunes, etc. “Mejor siempre con otros”, repetía. Todo mejora si se hace con otros. En un momento de polarización como el que padecemos, ser capaz de crear proyectos y búsquedas transversales es crucial. Más que nunca necesitamos los puentes de la colaboración entre diferentes ideologías, entre creyentes y no, entre unas identidades nacionales y otras, entre diferentes visiones, estéticas, tipos de familias, etc. Esta colaboración tiene que incluir muy especialmente al Sur del mundo, a los pobres y sufrientes. Solo una nueva amistad con los pobres nos va a sacar de esta crisis y eso requiere que nosotros mismos estemos físicamente en el Sur del mundo de nuestros países y ciudades. Como dice el papa Francisco, “de esta pandemia solo salimos juntos”.

La colaboración se asienta sobre otra preocupación constante a lo largo de la vida del padre Nicolás: la reconciliación. Para él, la reconciliación era el movimiento fundamental que tenía que hacer el ser humano en este momento de la Historia y resuena con especial intensidad en este tiempo de coronavirus. Hacer un mundo sanitariamente seguro exige reconciliarnos con la naturaleza y su fauna. Exige reconciliarnos entre nosotros a través de sistema sanitarios accesibles, universales, equitativos y compartidos. Va a necesitar una renovada gobernanza mundial y el espíritu de reconciliación que han roto las guerras, supremacismos y unilateralismos.

4. Creatividad 

La amplitud con que el padre Nicolás trató el fracaso solo se puede entender a la luz del entusiasmo con que impulsó a la creatividad. La profundidad de la dimensión de la Cruz la da la altura de la dimensión de la Resurrección. La sabiduría nicolasiana del fracaso tiene en su centro el lanzamiento a la creatividad. No hay una visión pesimista, tenebrista ni trágica de la humanidad en la forma que tiene de mirar el fracaso, sino que nos lleva a la frontera última donde comienza la verdadera resurrección. El pensamiento de Nicolás es radical, va a la raíz última de las cosas y desde esa encrucijada comienza una creatividad desbordante. Continuamente nos ha invitado a una imaginación realmente abierta y alternativa, a una creatividad que sea ágil y audaz.

“La creatividad puede ser una de las características más necesarias en los tiempos actuales… La creatividad auténtica es un proceso activo, dinámico, que busca respuestas a preguntas reales, buscando alternativas a un mundo desgraciado que parece marchar por caminos que nadie controla… Tenemos que movernos con agilidad, con apertura, entre los diferentes modelos para que podamos ayudar a las personas” (Nicolás, 23 de abril de 2010).

“Cuando estás en la frontera, tienes que ser creativo para tratar con lo inesperado. No puedes usar las soluciones que eran válidas hace dos años, o hace veinte años, porque la situación ha cambiado. La creatividad exige libertad y no puedes ser libre a menos que estés radicalmente seguro. Como cristianos creemos que esta seguridad procede de Cristo y de saber que estamos enraizados en Dios. Su amor nos empuja, su amor nos capacita, su amor nos impulsa hacia delante” (Nicolás, 12 de septiembre de 2009).

Esa creatividad es un movimiento que brota de la alegría. Un compañero de juventud del padre Nicolás me decía. Era fácil saber si Nicolás estaba en el comedor, era la risa más fuerte. La foto que acompaña este texto es expresión de ese sentido del humor. Estábamos en la Ciudad del Vaticano con ocasión de la canonización de Damián de Molokai y me encontré con él en la plaza de San Pedro. Estuvimos charlando un rato de la Universidad de Comillas, de CVX y otros temas, le presenté a mi familia y antes de despedirnos, me dijo: ¿Y no va a querer que tengamos una foto juntos? Claro que quería. Coincidí de nuevo con él en Líbano, se lo recordé y nos reímos. “No es que crea que soy famoso, sino que sabía que a usted le iba a gustar”. Y sí, sabía leer el corazón.

El discernimiento como modo de vida

Cuatro mensajes, por tanto, que nos tienen que ayudar a responder una pregunta: ¿cómo salimos de este confinamiento? ¿Cómo salimos de los encierros en los que estábamos antes del confinamiento? ¿Cómo salimos de esta crisis? Tanto cuanto hayamos abrazado al mundo en este dolor y hayamos descubierto la raíz de nuestros fracasos, podremos mirar con claridad. Necesitamos encontrar la principal encrucijada, la frontera donde se está jugando todo en cada uno, en mi entorno, en las instituciones en que participo y en el mundo. Y ampliar nuestro abrazo del mundo con esas cuatro direcciones: profundizando, universalizando, colaborando, creando.

Para esto necesitamos cada uno, como familia y sociedad esa cultura del discernimiento de la que tanto hemos hablado en estos diarios. Hay una nota especialmente interesante en el padre Nicolás: nos dice que ese discernimiento no es un momento ni una serie de momentos, sino un modo de estar en el mundo: “Todo esto significa que necesitamos discernir. Sin embargo, nuestro discernimiento no puede hacerse de una vez por todas. Tenemos que continuarlo porque el proceso nunca termina… El Discernimiento es la manera de vivir en medio de un mundo cambiante” (Padre Adolfo Nicolás, 2009. Revista de Espiritualidad Ignaciana).

Hablar con el lenguaje del corazón

En Beirut, el padre Nicolás nos contó una intuición que había tenido: en la Biblia hay tres lenguajes. En una primera etapa habla el lenguaje de la identidad: Israel necesita saber el quién y su fundamento. En una segunda etapa, Israel sufre el exilio y se olvida de quién es y de Dios, y los profetas le recuerdan la amistad con Dios, su ternura y apelan a la autenticidad, a que el Pueblo de Dios no olvide y a que siga encontrando a Dios en su realidad. Es el lenguaje profético, que integra y transforma el lenguaje de la identidad. Pero llega una tercera etapa en que Israel se acomoda, se dispersa y ha perdido las referencias, ya no recuerda una historia a la que poder apelar. Entonces llega lo que el padre Nicolás denominó el lenguaje de la sabiduría o el lenguaje del corazón, que es la última parte del Antiguo Testamento. En su mirada, en el mundo actual nos toca hablar el Lenguaje del Corazón, el Lenguaje de la Sabiduría, que, a su juicio, es una de las novedades que está aportando el papa Francisco, que es capaz de hablar ese lenguaje con todo el mundo.

Ese lenguaje bíblico de la sabiduría y el corazón integra de un modo nuevo todo lo anterior, las dimensiones de la identidad y la profecía. Tenemos que ser capaces de hablar los lenguajes del corazón en el mundo de hoy. Todas las identidades y apelaciones pasan por ahí, por la compasión, la ternura y lo esencial de cada vida humana. De esta crisis solo salimos si el mundo es capaz una única lengua franca: el lenguaje del corazón. Ese es el Esperanto del siglo XXI. Los lenguajes el corazón significan que en las instituciones, en nuestras relaciones, en la economía y en la política nacional e internacional hay que hablar el lenguaje de la experiencia (lo que realmente le ocurre a la gente en sus vidas ordinarias), el lenguaje de la trascendencia (el lenguaje abierto y esperanzado, que no se ensimisma, integra, nos lleva al otro y a la aventura) y el lenguaje de lo esencial (lo que nos hace verdaderamente humanos). Necesitamos otros lenguajes, que es lo mismo que decir que necesitamos otra Razón Pública o que las múltiples inteligencias deben integrarse de otro modo.

Bueno, paro ya. El pensamiento el padre Nicolás era tan grande como humilde, es decir, que era enorme. No eran textos cerrados, sino una conversación abierta, llena de intuiciones. Me lo imagino como uno de esos almendros de Japón, de los que tanto le gustaba hablar. Como la flor del almendro, así se adelantó y sigue creciendo su pensamiento dentro de nosotros.

En 2009, cuando la gran crisis financiera estaba removiendo nuestros cimientos, el padre Nicolás nos dijo: “Vivimos en un mundo donde nuestras investigaciones nos dicen que el cambio irá más lejos de lo que podemos prever”. El padre Adolfo Nicolás ha vivido para ver esta pandemia que marca un cambio de época y ha fallecido en medio de ella, en un Japón que todavía está confinado en cuarentena. Nos deja una gran enseñanza de palabra y coherente con su propio modo de vivir. Doy enormes gracias por su vida, por su profunda enseñanza que tanto nos ha influido y por su muerte, momento en que nos recuerda quizás lo que más necesitamos en este momento: una profunda sabiduría del fracaso para recrear nuestra vida y la Tierra.