José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

Desde la grada


Tentado estoy de cambiar el título de mi blog y poner el propio de esta nueva entrada. Pero dejémoslo así. Desde la valla muchos días, pero hoy  desde la grada. O quizá desde ambas. Porque la vida se contempla de maneras distintas según el lugar desde donde se mire.



La mirada desde la valla percibe los detalles que quieren entrecruzarse, el rostro concreto que queda dividido, separado y apartado a pesar suyo, la conversación fracturada, la pequeña historia que apenas ocupa un titular. Desde la grada, en cambio, se descubre el conjunto, la corriente profunda que atraviesa a las personas y los acontecimientos. Y hay momentos en los que resulta necesario elevar (¡alzar¡)  la mirada para comprender mejor lo que sucede abajo.

Este Mundial de fútbol ha sido uno de esos momentos.

Desde la grada se veía algo más que un equipo levantando una copa.

Se veía a miles de familias celebrando juntas. Se veía a generaciones distintas compartiendo una misma conversación. Se veía a personas nacidas aquí y llegadas de lejos sintiendo como propia una alegría común. Se veía, incluso, algo que rara vez encuentra espacio en las crónicas deportivas: gestos de gratitud, referencias explícitas a Dios, expresiones sencillas de fe pronunciadas sin estridencias ni complejos.

Y eso también forma parte de la realidad.

Gestos de fe

Porque el ser humano no vive únicamente de resultados, contratos o reconocimientos. Necesita agradecer. Necesita confiar. Necesita descubrir que existe algo más grande que él mismo. Cuando un jugador alza los ojos al cielo después de un gol o se santigua pidiendo ayuda, o cuando otro habla con naturalidad de la ayuda recibida de Dios, no está imponiendo ninguna creencia. Está recordando una dimensión profundamente humana: la conciencia de que la vida es también trascendencia, don, regalo, gracia inmerecida.

Quizá por eso estos gestos han resonado tanto entre muchas personas

No ha sido un sueño. Durante unas semanas, millones de personas han compartido una misma emoción, una misma espera, una misma alegría. España vuelve a ser campeona del mundo y, más allá del mérito deportivo, el acontecimiento ha dejado una huella que merece ser contemplada desde esa grada simbólica donde las cosas adquieren una dimensión más amplia y profunda que va más allá de lo mediático.

Porque el fútbol nunca es solamente fútbol.

Mundial de fútbol 2026

La selección española de fútbol celebra su triunfo en el Mundial 2026. Foto: EFE

Lo sabemos aunque a veces lo olvidemos. Lo saben quienes llenan los estadios, quienes siguen los partidos desde una pantalla en una plaza, en un bar o en el salón de su casa. Lo he visto en mis sobrinos y lo saben quienes apenas entienden las reglas del juego y, sin embargo, terminan celebrando un gol abrazados a desconocidos. Hay algo profundamente humano en esa experiencia compartida que ninguna estadística puede explicar del todo.

Una lección distinta

Durante estos días hemos asistido a una rara victoria de lo comunitario en una época dominada por la exaltación del individuo. En un mundo que premia la imagen personal, el éxito instantáneo y la construcción permanente del propio escaparate –(¡me hacían gracia los deseos de Trump de ocupar el centro de la escena!), esta selección ha ofrecido una lección distinta. No ha brillado únicamente por la calidad de su gran seleccionador ni de sus futbolistas, sino por su capacidad para entender que el talento aislado vale menos que la inteligencia compartida.

El fútbol, como la vida, encuentra su plenitud cuando el “nosotros” no aplasta al “yo”, pero tampoco se somete a él.

Quizá por eso ha resultado tan emocionante contemplar a un grupo de jóvenes, (varios de ellos de humildes orígenes), de procedencias diversas, de acentos distintos, de historias personales diferentes, caminar juntos hacia un mismo objetivo. En una sociedad donde con frecuencia se subrayan las fracturas, las diferencias y los enfrentamientos, ellos han mostrado que la diversidad también puede convertirse en armonía.

Y eso tiene algo de parábola.

Por encima de los intereses

No porque una selección nacional pueda resolver los problemas de un país ni porque el deporte sustituya las tareas pendientes de la política, la cultura o la educación. Sería ingenuo pensarlo. Pero sí porque durante unos instantes ha sido posible reconocerse en una imagen mejor de nosotros mismos.

Mientras algunos insistían en reducir el Mundial a un negocio gigantesco, a una operación económica o a un escaparate político, donde lo importante era salir en la foto el torneo seguía generando encuentros, emociones y recuerdos imposibles de comprar. Los intereses existen, sin duda. Siempre han existido. Pero, una vez que rueda el balón, sucede algo que escapa a los cálculos de los mercaderes.

Sucede la vida.

La ilusión de los pequeños que sueñan. El sufrimiento de quien ve perder a su equipo. La emoción de los que celebran una victoria inesperada o trabajada. El respeto hacia los rivales. La admiración ante la belleza de una jugada. La capacidad extraordinaria de compartir una experiencia con millones de desconocidos repartidos por el planeta.

Por eso el Mundial ha dejado imágenes inolvidables no solo en los estadios, sino también en las calles. En México, convertido en una fiesta permanente. En ciudades estadounidenses donde el español sonaba con la fuerza de una lengua que ya forma parte inseparable de aquel país. En hogares humildes y acomodados, en barrios y pueblos, en plazas y avenidas.

La verdadera copa del mundo quizá no la levantan únicamente los campeones.

Mundial de Fútbol 2026

La familia real viendo un partido de la selección española. Foto: EFE

La levantan también los aficionados cuando transforman la competición en convivencia. Y quieren hacerlo así poniendo los medios. Cuando descubren que la alegría compartida multiplica su intensidad. Cuando comprenden que el éxito no consiste siempre en ganar, sino en participar de algo que nos trasciende.

El deporte, en sus mejores momentos, nos recuerda verdades elementales que solemos olvidar: que nadie triunfa solo, que el esfuerzo importa, que la derrota enseña humildad, que el respeto ennoblece la victoria y que la esperanza siempre merece una nueva oportunidad.

Desde la valla solemos contar historias concretas. Desde la grada contemplamos horizontes más amplios. Hoy ambas perspectivas se encuentran.

Y quizá eso sea, al final, lo más hermoso que nos deja este Mundial.

No la copa.

No la estrella bordada sobre una camiseta.

Multitud alegre

Sino el recuerdo de una multitud diversa que, durante unas semanas, aprendió de nuevo a alegrarse junta. Como si por un instante el ruido del mundo hubiera cedido su lugar a una verdad sencilla y luminosa: que la vida, cuando se comparte, siempre juega mejor en equipo.

Porque detrás de los goles, de los cánticos y de los festejos permanece una certeza que merece ser conservada cuando se apaguen los focos y terminen las celebraciones: seguimos necesitando espacios –y ahí lo religioso en general y lo católico en particular tienen mucho que decir– donde reconocernos como comunidad.

Seguimos necesitando experiencias que nos recuerden que pertenecemos unos a otros. Seguimos necesitando motivos para creer que la convivencia es posible. Que el otro, en minúscula y el OTRO en mayúscula nos enriquece y sostiene.