José Luis Pinilla
Director del Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española

Desde la valla


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Aquel niño tenía la mano muy agarrada a la de su padre, y desde su pequeñez miraba extrañado a su progenitor. Ambos admiraban el mar majestuoso y embravecido. El niño era la primera vez que lo veía tras un largo e iniciático paseo hacia la costa. Estuvieron un largo rato en silencio. Contemplando. Por fin el niño rompió ese silencio encantador de la escena con una petición. Le dijo a su padre: “¡Enséñame a mirar!”.



Creo que de esto se trata a la hora de comenzar con este blog en esta “vida nueva que agora comenzamos” (es frase ignaciana). Se trata de mirar ‘Desde la valla’, según consejo de los amigos de Vida Nueva. Mirar hacia y desde la acción específica de las migraciones (incluso desde todos los ámbitos de la movilidad humana), que es 100% línea editorial de esta revista. Pero dejándome llevar también por cualquier tema de actualidad eclesial o social sobre el que siento que quiero escribir. De lo local a lo global. Con un ojo en el microscopio y otro en el telescopio, y viceversa.

Quiero, modestamente, “ser capaz de mirar lo que no se mira, pero merece ser mirado”, que diría Eduardo Galeano. Hay muchas historias –no solo de migrantes– sin titulares mediáticos que suelen ser ignorados o maltratados. Pero que sostienen la verdad de nuestro mundo.

Desde lo pequeñito

La mirada es ‘Desde la valla’. Con las miles de sugerencias que nos evoca su imagen. Un cristal a través del cual miro. Por ejemplo, al mar, majestuoso y grande, si es sereno, pero terrible y cruel para el que lo cruza inerme. Y que al final, al besar la arena, agua y migrantes pugnan siempre por romper la valla eterna que divide y desiguala. ¡Tanto me da si la valla es la del cruel ‘mar’ del desierto!

‘Desde’ es colocarse, posicionarse en este caso desde una mirada que desearía que fuera desde abajo, porque no niego que Dios sea Potentísimo, Sapientísimo y todos los ‘ísimos’ de la más larga letanía. Pero, lo cierto es que cuando se ha querido manifestar lo ha hecho (apartando tronos y potestades, mantos y coronas) desde un pesebre y desnudo. Y desde ahí, desde lo pequeñito (una semilla, una monedita…), nos invita a asomarnos a los grandes misterios de la vida. De los emigrantes se habla mejor empapándose en el marco de las pateras que desde el majestuoso y bello marco de las catedrales o desde las hojas del BOE. Puede ser desde un lado u otro de la valla. O saltándola.

Y desde ahí mirar las cosas chiquitas, que es descubrir esos paradigmas que tanto nos enseñan, que tanto nos dicen sobre la vida y sus misterios. Quizás desde la rebeldía o la humana resiliencia –palabra tan de moda–, para que el mundo sea la casa que contenga la mesa larga con el pan partido y el vino derramado para muchos. Mejor: ¡Para todos! Y no ese mundo que es tan solo una ‘solución habitacional’ que, con tanta cursilería e hipocresía, emplean los políticos para alojar a los desahuciados. Que la casa y el mundo no sea de unos poquitos y donde la mayoría se tiene que ir a hacer gárgaras. Desde lo pequeño, el hombre en su grandeza. Y desde lo minúsculo llegar al mar –trascendencia para Machado– en su inmensidad.

Ver es fácil; es un fenómeno biológico. Pero es necesario mirar, contemplar sosegadamente, dejar que cale el cruce de miradas entre autor y lector a partir de lo descrito. Educar la mirada con la habilidad necesaria para construir interpretaciones más ricas de la realidad.

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En agosto de este año 7 emigrantes quedaron encaramados y agarrados a la valla de Ceuta durante dos horas. Fueron devueltos a Marruecos mediante las polémicas ‘devoluciones en caliente’ tan criticadas por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), el Subcomité para la Prevención de la Tortura de la ONU o por nuestros obispos. Suplicaban a los agentes que les dejaran entrar en España: “¡España, España!”, gritaban; “¡Amigo, amigo!”, suplicaban.

En junio, las fotos de los cadáveres de 2 migrantes (padre e hija) ahogados en el Río Grande (México) dieron la vuelta al mundo. Se encontraron los dos cuerpos, ambos boca abajo, con el brazo sin vida de la niña agarrando el cuello de su padre.

Escoged para mirar. Y si os faltan objetivos en la mirada, recordad el abrazo de hace una semana de unos bañistas de una playa de Gran Canaria auxiliando a inmigrantes que desembarcando de la patera empujada por las olas pisaron la playa desconcertados –sin conquistarla–. Había seis menores de edad y dos mujeres embarazadas.

Agarrados a los brazos desconocidos o a la valla, agarrada al cuello de su papá, o como el niño que os contaba al principio, agarrado a la mano de su padre para contemplar asombrado el mar. Enseñadnos a mirar. Y así buscar lo verdadero dejándonos llevar por el rescoldo que se posa en el corazón. Dejarnos llevar para ver. Profundizar en el magma de las cosas en un ejercicio que nos haga más humanos y mejores. Somos lo que somos capaces de mirar en profundidad. Nuestra mirada puede retener el poso y el paso por la existencia, una cotidianidad conquistada, y así, quizás, se verá enriquecida. Aunque sea desde la valla, ¡contemplativos, en suma!