Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Construir sobre roca


Ya lo dice la sabiduría popular con eso de que “a perro flaco, todo son pulgas”. Al menos es la sensación que me genera cuando veo en los informativos la situación que está viviendo Venezuela por esos dos terremotos que, en menos de un minuto, sacudieron la tierra. Se rompe el alma al ver la impotencia y el sufrimiento de tanta gente y no es difícil hacerse cargo de lo que implica que, de un momento a otro, queden bajo los escombros personas, historias, sueños y proyectos futuros.



Está claro que todo desastre natural resulta siempre dramático, pero lo que más me impresiona es ver los edificios derruidos y la imagen apocalíptica que ofrecen las cámaras. Quienes saben de cuestiones sísmicas advierten que, más que la intensidad de los temblores, lo que ha causado tal devastación ha sido la precariedad de las construcciones.

Sin duda tiene mucho que ver con mi deformación profesional, pero las imágenes que nos devuelven los medios de comunicación me traen a la cabeza de manera repetida un texto del evangelio. Se trata de aquel en el que también Jesús utiliza la imagen de la construcción para animarnos a edificar nuestra existencia sobre lo sólido y firme, y no sobre aquello efímero e incapaz de soportar los embates de la realidad (Mt 7,24-27).

Terremoto en Venezuela

Zona afectada por los terremotos en Tanaguaneras, La Guaira (Venezuela). Foto: EFE

Todos vivimos sobre zonas sísmicas, algunas veces también en sentido literal (lo dice quien vive en Granada y sabe de temblores), pero no siempre somos conscientes de ello. Como “nunca pasa nada” (hasta que pasa, claro), podemos caer en la tentación de no invertir lo suficiente en cimentar bien o no dedicar ni el tiempo ni el esfuerzo en lo que vale la pena, levantando el edificio de la propia vida en bases que no siempre son tan firmes como para sostenerla en caso de emergencia.

Precariedad

Sin que haya comparación posible, el drama que tantas personas están viviendo en Venezuela, además de despertar nuestra compasión y solidaridad ante el sufrimiento ajeno, también nos puede llamar la atención sobre esas aparentemente insignificantes decisiones cotidianas que ayudan a construir sobre roca.

No asumir sin más como propio aquello que otros esperan de nosotros, renunciar a “ir tirando” el día a día sin sumergirse en lo cotidiano y dejarse afectar por lo que trae, hacer y hacerse preguntas incómodas de esas que no dan nada por supuesto o dejarse sorprender y no acostumbrarse a los pequeños regalos del día a día pueden ser algunas de esas acciones que nos ponen a salvo cuando el suelo de nuestra existencia se mueve bajo nuestros pies. Que ningún terremoto ponga en evidencia, como ha sucedido en Venezuela, la precariedad sobre la que afianzamos la vida.