José Francisco Gómez Hinojosa, vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)
Vicario General de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

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Hace años, cuando aparecieron en las celebraciones eucarísticas los ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, no faltó algún feligrés que los rechazara. Si en una misa se colocaban un sacerdote y un laico para distribuir la forma consagrada, la disparidad en las filas receptoras era evidente: frente al clérigo la mayoría, mucho menos con el seglar.



Obvio que había una teología de lo sagrado detrás de esta negación: la idea de que el cura -y sobre todo si es obispo, cardenal o Papa- es más digno para alimentar con Jesucristo hostia a la comunidad que un agente de pastoral no consagrado, aunque sí con un ministerio reconocido, y para el que seguramente se ha preparado.

Llegó la pandemia, y con ella la suspensión del culto por algunas semanas. Ello originó que muchas personas, acostumbradas a la comunión diaria, se molestaran con los obispos por tal negativa. Llegaron, incluso, en algunos países, a acusarlos de complicidad con las autoridades civiles, de cobardía, por impedir que sus almas se nutrieran del pan eucarístico.

Cuando se suavizaron las medidas restrictivas, y se reanudaron las celebraciones litúrgicas, ahora muchos se molestaron por recibir la comunión en la mano. Querían que fuera en la boca, pues no se sentían dignos de tocar el sacratísimo cuerpo de Jesucristo. “Trabajo de cajero en un banco -me dijo uno de ellos-. Y mis dedos están manchados por el contacto diario con el dinero. ¿Cómo voy a tomar la hostia consagrada? Exijo que se coloque en mi boca”.

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El dualismo del inconforme es evidente. Su cuerpo, tal y como lo sentenció Platón, es impuro, cárcel de la impoluta alma. Si el pan de los ángeles llega a su lengua sin mediación táctil se sentirá en paz, sin contaminación alguna. No nos detengamos en sus impurezas bucales, ni en sus posibles faltas a la caridad con sus expresiones verbales. Sigue considerando un sacrilegio tocar el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo antes de consumirlo.

Pero, recientemente, me topé con otra serie de quejas en torno a la comunión, sin importar si se reciba en la mano, o en la boca. En cierta parroquia, cuyo párroco es ya anciano y con serias dificultades motrices, un diácono permanente, casado, es quien distribuye el alimento eucarístico. Una persona se quejó de no tener otra opción, pues se resiste a recibir la sagrada hostia de manos de un hombre que con ellas toca a su esposa.

Aquí la dificultad es otra. Ya no estamos ante una determinada concepción de la sacralidad o de la pulcritud, material y espiritual, sino frente a una idea de la sexualidad, muy extendida, que la identifica con el pecado, que la considera como algo sucio, aún entre casados.

En fin. Hay mucho trabajo por delante para combatir estas distorsiones, y como lo acaba de decir Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tänger: “Es más fácil y tranquilizador comulgar en la boca, que abrazar a un pobre”.

Pro-vocación

La editorial PPC me ha hecho el honor de publicar mi reciente libro: ‘El Evangelio de Monterrey… en la pandemia’. La historia de Jesucristo Villarreal Rodríguez. Es una adaptación de los evangelios dominicales, en sus tres ciclos litúrgicos, a la realidad regiomontana durante la contingencia del Covid-19. Disponible en la Curia Arquidiocesana de Monterrey, México.