José Francisco Gómez Hinojosa, vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)
Ex vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

¿Clericalismo o costos de la inserción?


Una lectora amable, digo yo, pero molesta, escribe ella, se disgustó por mi colaboración anterior, en la que señalé: “El Centro Católico Multimedial afirma que el asesinato de un clérigo es un mensaje directo de control social que busca sembrar miedo y tiene efectos profundos en las comunidades”.



Ella sostiene que el atentado contra un cura no tiene por qué ser resaltado, pues lo mismo pierden la vida, por la violencia en mi país, médicos, obreros, empresarios, campesinos, y miles de mujeres, cuyos decesos no son tan lamentados como el de un clérigo. “Es una manifestación del nefasto clericalismo, tan criticado por el papa Francisco“, remata. Creo que tiene razón, en parte.

Es cierto que la relevancia social de un sacerdote supera a la de muchos ciudadanos, y más en pueblos todavía tan religiosos como el mexicano. De ahí que la muerte violenta de uno de ellos sea más noticia que la sufrida por otras personas. De acuerdo.

Sin embargo, y sobre todo en el centro-sur del país, con amplias regiones dominadas por el crimen organizado, el sacerdote es de las pocas personas que recorren las comunidades rurales sin protección, que están al tanto de las familias extorsionadas y violentadas, que defienden hasta con su vida a quienes son perseguidos por narcotraficantes y autoridades coludidas con ellos.

Padre Román

Sacerdote Román de la Cruz Hernández. Foto: Diócesis de Huejutla

Son estimados porque visitan a los enfermos, acompañan a los pobladores en los momentos importantes de sus vidas, celebran tanto el dolor como la alegría de sus fieles, crean cooperativas y abren escuelas, comedores para los pobres, dispensarios. Evangelizan con su testimonio, y muchos de ellos viven en la pobreza.

Matar a un cura no es un crimen más entre los muchos que azotan a esas zonas: es advertirle a todo un pueblo que más vale callarse, cerrar los ojos a las injusticias y demostrar que ni siquiera una figura tan respetada como la del párroco, merece consideración si este no se pliega también a los dictámenes de los criminales.

¿Las autoridades? Realizan los protocolos correspondientes, abren carpetas de investigación, declaran a la prensa que hay varias pistas e hipótesis, pero no hay detenidos, no hay avances, no hay resultados, y se pierde el hecho en los recovecos de la desmemoria social.

No creo, entonces, que indignarnos ante el homicidio de un pastor religioso sea una manifestación del clericalismo. Es, más bien, protestar por el costo que implica insertarse en esos terrenos, tan abandonados por el oficialismo.

Pro-vocación

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