León XIV, Francia y la liturgia: la dignidad y el decoro… dentro del Concilio Vaticano II

Desde la catedral de Notre-Dame, Robert Prevost reivindicó la reforma de ‘Sacrosanctum Concilium’ y la autoridad del Sucesor de Pedro con la resaca lefebvriana de fondo

León XIV, en la catedral de Notre-Dame. Foto: Efe
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León XIV en Notre-Dame. En la catedral de Francia. Y un poco, o un mucho, en la catedral de Europa. Vísperas con los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los consagrados, las consagradas y los seminaristas. Robert Prevost sabe la tierra que pisa. La de los 13.000 bautizos de adultos. Un brote verde. O esqueje. Por la minoridad profética -pero minoridad al fin y al cabo, siendo realistas pero sin caer en un “pesimismo estéril”- entre 69 millones de habitantes del Estado laico. Un renacer ligado, dicen algunos, a un resurgir de cierta nostalgia preconciliar. Robert Prevost habla en el país con más arraigo de los lefbvrianos. Sí, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X que en junio lanzó el órdago cismático de ordenar cuatro obispos saltándose a la torera el proceso vaticano y la firma del Papa. La respuesta del Pontífice agustino fue la excomunión directa para los responsables del acto, e indirecta para quienes lo secundaran.



No hay cifras oficiales, pero hay quien habla, tirando por lo alto, de unos 35.000 franceses vinculados directamente con San Pío X a los que habría que añadir a los católicos que  participarían en las misas tridentinas con el visto bueno de Roma.

Comunidad viva

En este contexto, León XIV tomó la palabra en el templo reconstruido. Haciendo suyos los términos periferia e Iglesia en salida de Francisco, reivindicando que el sabor añejo de un edificio de tal calado no le convierte en algo del pasado sino en una comunidad viva, el Papa reivindicó que “las celebraciones litúrgicas se vivan siempre con dignidad y decoro”.

Dignidad y decoro. Pero, ¿en qué sentido? Búsquenles sinónimos: rectitud, decencia, pundonor… A priori, libertad de interpretación. Pero el Papa marca cuál es el marco para comprender el alcance de esa dignidad y decoro. El Concilio Vaticano II. No se queden atrapados más atrás.

Significado profundo

En su alocución, León XIV llama a los franceses a ser “herederos conscientes de los Padres y de los Santos de la Iglesia que, a lo largo de los siglos, nos han transmitido el significado profundo y la belleza de la liturgia”. Y justo después, recoge todo este legado para legitimar la reforma emprendida en el siglo XX:  “El Concilio Vaticano II, cuya riqueza debe mucho a Francia, recogió y profundizó de manera eminente esta herencia, reconociendo su lugar central en la vida eclesial”.

Con estas palabras, Robert Prevost se refiere explícitamente a la Sacrosanctum Concilium, la Constitución que ya ensalzó en su ciclo de catequesis conciliares y que en Notre-Dame presenta como guía de referencia.

Cultivar la unidad

Y añade una premisa más. Fundamental para el católico. Para ser católico:  “Antepongan, por tanto, la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia a sus sensibilidades personales, para cultivar la unidad del pueblo de Dios”.

León XIV, en la catedral de Notre-Dame. Foto: Efe

León XIV, en la catedral de Notre-Dame. Foto: Efe

Es decir, una liturgia digna y decorosa es aquella que se celebra en y desde los postulados del Vaticano II y en comunión con el Papa. Es la catequesis magisterial que León XIV ha lanzado desde Notre-Dame a unos y a otros.

Amor auténtico

Solo así, en palabras del Papa, es posible “cultivar un amor auténtico por la liturgia”. Y más aún. El Papa agustino, canonista y matemático de un paso más en su homilía, para enmarcar este amor: “la liturgia sigue siendo reflejo de la vida”. Y es ahí donde su pasión ‘ad gentes’ le lleva de la misa a la misión, a traducir lo vivido en el templo en servicio. Un encargo de ida y vuelta. En salida y periférico. Y añádase una apostilla definitiva: “La comunidad cristiana no es un refugio en el que replegarse”. Fin de la cita.

 

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