Todos los veranos rememoro el tiempo pasado en Centroamérica, en especial en Honduras, hace ya 40 años. Era un joven estudiante jesuita, que contemplaba asombrado una realidad que sólo conocía por la prensa, por testimonios de otros y algo por la televisión, en una época en que las noticias no se propagaban con tanta rapidez ni con tantos medios. Viví en mi propia carne realidades que aún hoy me conmueven al cerrar los ojos, mirar fotografías o leer textos de aquellos años.
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El pecado estructural
En Centroamérica encontré un clero y unos feligreses comprometidos con la fe y la justicia, un binomio que en aquellos días parecía inseparable, tal como había formulado unos años antes la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús. Agentes de pastoral, agentes primarios de salud, personas que trabajaban por los demás pagando un alto precio, en ocasiones su vida, llevando la buena noticia de Jesús a lugares casi inaccesibles.
Allí encontré los frutos del pecado estructural que había descrito monseñor Romero: la muerte por hambre, la falta de medios elementales, de asistencia en el parto, de escuelas para los niños, de medicamentos para los enfermos. Un “mundo sin rostro humano, imagen actual del siervo sufriente de Yahvé”.
Allí traté lo mejor que pude y supe, con los medios con los que contaba y mis conocimientos de entonces, enfermedades que sólo había visto descritas en los libros, y que producían sufrimientos intolerables. Vi morir a niños y adultos por patologías que necesitaban tratamientos de los que carecíamos.
Descubrir la vocación
Allí conocí personas magníficas, religiosas y laicos, algunas de las cuales calificaría de santos anónimos; y otras con intenciones oscuras, en un momento de la historia en que aquella parte del mundo era un escenario de guerra y de conflicto entre intereses geoestratégicos que convirtieron pueblos enteros en peones de un ajedrez macabro entre las potencias.
Allí intuí que mi vocación no se concretaba en el sacerdocio, sino en la medicina. Esa sería mi forma de servicio a mis semejantes, además del medio de ganarme de forma honrada la vida.
Allí puede formar parte, aunque fuera por unos meses, de una sociedad en marcha, que se había dado cuenta de que la pobreza en la que vivía no era voluntad de Dios, sino pecado de los hombres.
Allí descubrí que debíamos poner nuestra esperanza en el Dios de Jesús, pero que se necesitaban mediadores humanos. Sin embargo, las sociedades que se intentaron construir no resultaron las deseadas; por desgracia, los mediadores traicionaron la confianza en ellos depositada: dijeron que iban a mejorar sus países, y los empeoraron.
Allí creímos que un mundo mejor era posible; sin embargo, si no cambiaba el corazón de las personas, aunque lo hiciesen los gobiernos, las revoluciones llevaban a perpetuar las condiciones de pecado que habían venido a modificar.
Todo eso encontré en Centroamérica, ahora hace 40 años, y aquellas vivencias me han acompañado y enseñado hasta hoy. Tal como lo ha hecho el recuerdo inspirador de monseñor Romero y tantas otras personas buenas que conocí, y que me ha ayudado en las tribulaciones vitales de estas décadas. Abandoné la orden, me especialicé como médico, años más tarde volví de forma breve al país que fue mi amor de juventud; mi vida ha tenido alegrías y tristezas, gozos y sufrimientos, aciertos y fracasos, como la de cualquier persona. Pero aquellos recuerdos me han acompañado siempre.
Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, por este país y por este mundo.
