En el Pliego de nuestra revista, correspondiente al 14-20 de marzo de este año, escribí un artículo titulado ‘Teología de la Prosperidad (TP): la felicidad a contrapelo del Evangelio‘.
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En el texto mencionaba que esa propuesta teológica, impulsada por pastores evangélicos muy cercanos al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, postula una suerte de mercantilismo divino: a Dios se le puede comprar con oraciones y sacrificios, y Él a cambio otorgará prosperidad y riquezas. Pues resulta que en la nota de Miguel Ángel Malavia, quien cita esta semana a Ricardo Lobato y Elvin Calcaño, se afirma otra característica de esa TP: fue la causante del fracaso brasileño en el actual mundial de futbol.
Sostienen los investigadores que la picardía de los jugadores cariocas, con Garrincha y Pelé a la cabeza, se basaba en una mezcla de catolicismo con ritmos populares, que forjaban un estilo alegre, innovador, en el que la improvisación triunfaba sobre la planeación, y la trilogía de gambeta, firulete y regate de las épocas doradas se imponía a los actuales acartonamiento táctico y al énfasis en la fortaleza física. El ‘jogo bonito’ ha sido suplantado por el ‘jogo mecanico’. De artistas con el balón se pasó a atletas militarizados.
Pues bien. Al dar este salto cualitativo -que más bien es un retroceso, incluso, en cuanto a resultados-, ha contribuído el que 14 de los 23 seleccionados por Ancelotti son evangélicos, y no más católicos. El fenómeno va más allá de solo el futbol, pues en 1970, siempre según los autores mencionados, los evangélicos eran el 5.2% de toda la población brasileña: hoy ya son el 26,9%.
RÍO DE JANEIRO (BRASIL), 11/05/2023.- Un hombre con una camiseta con el nombre del futbolista brasileño Neymar Jr. ora frente a la estatua de un ángel, en la Iglesia de la Candelaria, en Río de Janeiro (Brasil). EFE/ Andre Coelho
El protestantismo siempre se ha distinguido por su rigidez. A principios de los 80’s fui a trabajar a Alemania, y comenté con mis amigos que me hospedaría con una familia luterana. Ellos se compadecieron de mí, pues -leyenda urbana- sostenían que los protestantes no podían beber cerveza. Pasar meses con los germanos sin probar una sola birra, sería un martirio para mí. Por fortuna, la familia no era tan rígida. También, afirman no pocos empresarios mexicanos que nunca se debe contratar a un contador no católico, pues es incapaz de maquillar las cifras para pagar menos impuestos.
No podría afirmar que el reciente fracaso de los ‘canarinhos’ en el mundial de la FIFA -que no del futbol- se deba a este factor religioso. Pero lo cierto es que la magia y la inventiva, que caracterizaban a sus estrellas, han sido reemplazadas por estrategias dibujadas en frías tabletas electrónicas, y sus delanteros pasan más tiempo en los gimnasios levantando pesas, que en las plazas bailando samba.
Hace años un amigo me confió que, cierto compadre suyo, experto en parrandas, fumador empedernido y no muy dado a la fidelidad matrimonial, se había convertido a una iglesia evangélica. Ahora ya no tomaba, no fumaba y había dejado a todas las mujeres para ser probo con su esposa. “Pues está mejor ser católico”, remató mi interlocutor. Así es. Somos buenos para la fiesta.
Pro-vocación
Mucho se ha escrito y dicho sobre las diferencias entre Francisco y León XIV. Deben coincidir analistas y vaticanólogos en que este es menos espectacular que aquel y, por lo mismo, no tan mediático. Ello quedó evidenciado la semana pasada. El sábado cuatro Prevost Martínez fue a Lampedusa, y el hecho mereció solo comentarios marginales, incluso de las publicaciones religiosas, a diferencia del trato profuso que se dio a la visita de Bergoglio a la misma isla, el ocho de julio del 2013. Más allá de la notoria distinción en la cobertura periodística, queda claro que permanece en el actual sucesor de Pedro la preocupación por los migrantes, como lo fue con su predecesor.
