Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Anna Fulgida Bartolacelli: una vida inmensa en un cuerpo muy pequeño


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Aunque sería difícil saberlo con certeza total, sin embargo tengo la impresión que Anna Fulgida Bartolacelli se puede considerar la más pequeña de talla en la historia de los procesos de canonización. Parece una afirmación sorprendente pero es cierta considerando dos aspectos fundamentales: que no era una niña, sino vivió una vida más bien larga, pues llegó a los 65 años; y que no fue mártir, ya que asesinados por la fe ha habido incluso niños recién nacidos. No, se trata de una mujer madura que camina rápidamente hacia los altares a causa de su vida plena y fecunda, pero sigue siendo la más pequeña.



 Alguno se preguntará qué quiere decir todo esto: la respuesta es que Anna Fulgida llegó a medir, en la edad adulta, solamente 58 centímetros. Téngase en cuenta que la medida normal de un niño de un año es de 75 cm., para hacernos una idea de la extraordinaria medida de esta mujer. Si, padecía del llamado enanismo, estatura baja ocasionada por una enfermedad o un trastorno genético, pero no uno cualquiera, pues leemos que los afectados por dicha malformación suelen medir en la edad adulta unos 140 centímetros, más del doble que ella.

Una lección desconcertante

Por lo tanto, se trataba de una mujer muy pequeña; y a la vez, como vamos a ver, una gran mujer, de vida impresionante por su actividad imparable y el impulso con que la realizó. No se piense en una persona enfermiza y débil, resignada a una existencia limitada -que tampoco falta esta tipología en la historia de la santidad- sino todo lo contrario, era de una personalidad arrolladora que por donde pasaba iba dejando una huella profunda, especialmente entre los jóvenes, que disfrutaban de su compañía. Toda una lección desconcertante para los que creen que para atraer a la juventud a Dios hacen falta no se qué dinámicas y artificios.

Anna Fulgida había nacido el 24 de febrero de 1928 en Rocca Santa Maria, que pertenecía a Monfestino, en la provincia de Módena. Ya desde su nacimiento, presentó graves problemas de salud junto con su hermana Ada, ambas padecían una forma particular de enanismo; como ya he dicho, Anna nunca superó los 60 centímetros de estatura, mientras que Ada creció un poco más y podía caminar con muletas. Anna, afectada por nanismo hipofisario, no pudo caminar en toda su vida, ni siquiera con ayuda, y para desplazarse solo podía arrastrarse o mover la silla en la que estaba sentada. Solo en los últimos años de su vida, un artesano de Bolonia le construyó una silla de ruedas a medida –pues incluso las más pequeñas eran demasiado grandes para ella– que le permitió cierta autonomía en su movimiento.

La enfermedad le causó frecuentes fracturas de las articulaciones a lo largo de su vida, que aunque se curaban espontáneamente, eran bastante dolorosas. Y eso porque Anna Fulgida y Ada también sufrieron de problemas esqueléticos graves desde su nacimiento, lo que resultó en una extrema fragilidad ósea.

Anna Fulgida Bartolacelli

Por todas estas limitaciones físicas, Anna Fulgida no pudo asistir a la escuela, aprendió a leer y escribir por sí misma, con la ayuda de su hermana y sus padres, y sin embargo sus escritos revelan una sorprendente corrección gramatical y léxica. Mientras vivía en su pueblo, ni siquiera pudo ir a la iglesia; la madre se encargó de la educación religiosa de las hijas.

Ejemplo de superación

En 1936, la familia se trasladó a una pequeña finca agrícola cercana para trabajar en ella y salir del ambiente cerrado de su pueblo. Para recibir la primera comunión y la confirmación, el párroco les dio a las dos hermanas, según la costumbre de la época, el catecismo de san Pío X, que Anna aprendió de memoria. La iglesia más cercana estaba a 3 km de distancia, y el padre improvisó un rudimentario medio de transporte con una bicicleta, una tabla y un pequeño carrito, para llevar a sus hijas a misa, una a la vez pues no cabían las dos, al menos en Pascua y algunos domingos.

Desde jóvenes, las dos hermanas remendaban sacos de yute para ganar algunos céntimos, posteriormente iniciaron un taller de costura para confeccionar vestidos para niños: Ada cosía a máquina y Anna, sentada en el suelo, movía el pedal. Anna también aprendió a confeccionar flores de papel. Una tía religiosa enseñó a las hermanas el bordado, que se convertiría en su trabajo habitual y llegaron a tener un taller donde otras chicas venían a trabajar; allí producían ajuares y bordados por encargo.

Evangelizadora nata

Hacia 1951, se mudaron a Montagnana, en la misma provincia de Módena, donde las dos hermanas vivieron hasta su muerte, con la excepción de los inviernos que, a partir de noviembre de 1982, pasaron en Módena, evitando los fríos del campo. La casa en Montagnana estaba cerca de la iglesia parroquial, lo que permitió a Anna Fulgida el asistir a la misa dominical y otras celebraciones. Allí se inscribió en la Acción Católica y pronto se convirtió en formadora de los más jóvenes, pues destacaba por tener un carisma especial con ellos. Un discapacitado conocido de ellas hizo construir un carro a medida para las dos hermanas: Ada estaba en el asiento y Anna Fulgida, con su silla, en la plataforma.

Contado así parece más bien fácil pero no lo fue pues la adolescencia le trajo pensamientos inquietantes sobre su propia condición y las molestias que conllevaba; se sentía solo un objeto de caridad, algo que solo necesitaba ayuda. Poco a poco, al entrar en la juventud y gracias a la actividad que la llevaba a darse a los demás, y a olvidarse de sus propios problemas, superó esta crisis y su personalidad se fue afianzando.

Capacidad de liderazgo

En mayo de 1957, a la edad de 29 años, participó en una peregrinación a Loreto organizado por la pastoral de los enfermos de Módena, al cual las hermanas se unieron con alegría, aunque preocupadas porque era la primera vez que salían de su entorno familiar y sabían que necesitaban mucha asistencia. El éxito de ese viaje las animó a participar en otras peregrinaciones. Así fue como llegaron a Lourdes en 1961, en una peregrinación de sacerdotes enfermos dirigido por el beato Luigi Novarese, el sacerdote de origen piamontés fundador del Centro Volontari della Sofferenza. Profundamente impresionada por el carisma del CVS, Anna Fulgida participó en un retiro espiritual en la casa de la asociación. El retiro marcó para ella el comienzo de algo nuevo en su vida, al regresar a su pueblo comenzó, en su pequeña medida, a esforzarse por compartir también a otros enfermos la belleza del mensaje que había descubierto.

Dado que desde la infancia deseaba consagrarse al Señor, a través del instituto de los “silenciosos obreros de la cruz”, fundados también por Novarese, finalmente pudo realizar su deseo. La presentaron al fundador, quien respondió que nada se oponía a su ingreso: sería una hermana que viviría en familia, ya que sus condiciones no eran adecuadas para la vida común. Así, en 1962 fue admitida como hermana agregada.

Entusiasmada con la posibilidad de ayudar a muchos a través de este grupo que había conocido, comenzó a trabajar para establecer en Módena un grupo de Volontari della Sofferenza, y al alcanzar las 20 personas entre miembros y simpatizantes, Anna Fulgida fue nombrada encargada del grupo. Desde entonces, su actividad se hizo más intensa, en 1967 organizó un congreso de enfermos de todas las partes de la diócesis con el propósito de pasar un día juntos y apoyarse mutuamente; desde entonces, esta iniciativa suya se convirtió en un evento anual regular. Participaba en los congresos nacionales de los encargados de grupos y se ponía a disposición en las parroquias para realizar encuentros, reflexiones y testimonios. A veces los sacerdotes le daban la palabra para que fuera ella la que dirigiera las meditaciones y en tres ocasiones el obispo le pidió sin previo aviso que diera ella el sermón a los enfermos en la catedral.

Referencia entre los jóvenes

Como se ha dicho, su habilidad para hablar con los jóvenes era extraordinaria, no es fácil hacernos una idea de su gran capacidad para influir en la vida de los chicos de 18-20 años, pero los testimonios en su proceso de canonización son abundantes. Por eso, en los Volontari della Sofferenza fue encargada de los jóvenes a nivel local y formó parte de la organización a nivel nacional, lo que la llevó a viajes, reuniones, encuentros y tantas otras actividades.

Y todo esto a pesar que nunca gozó de buena salud: a menudo sufría de bronquitis y, desde 1976, experimentó una pérdida progresiva pero significativa de la audición, que también le causaba dolores de cabeza y fiebre con frecuencia. La sordera fue una gran tristeza para ella, que la llevó a escribir en una nota de diciembre de 1984: “Señor, ¿por qué también esto? Habría deseado tanto escuchar tu palabra, pero si lo has permitido así, que se haga tu voluntad”. Y siguió con su vida normal, sin permitir que los límites de su salud debilitasen su fe ni fueran un obstáculo para su entrega a los demás. Pero aunque sea hermoso de leer, en el día a día supuso un desafío y un esfuerzo considerables.

Entre 1987 y 1988, estuvo hospitalizada durante mucho tiempo debido a trastornos generales con complicaciones a nivel cardiológico. Pocos días después de regresar a casa, la esperaba el duro golpe de la muerte de su hermana Ada, ocurrida el 27 de enero de 1988: a pesar de las diferencias de carácter, habían pasado toda la vida juntas, estaban muy unidas, habían compartido la misma enfermedad y también el mismo ideal de consagración.

La enfermedad se impone

En agosto del mismo año ella misma fue hospitalizada nuevamente debido a una pericarditis y dificultades respiratorias. En junio de 1989, tuvo que comenzar a limitar su actividad porque se sentía demasiado débil, ya no podía acudir a encuentros nacionales y se limitó a actividades en su pueblo. Participó por última vez en los ejercicios espirituales en a principios de junio de 1992 y en noviembre siguiente sufrió una fractura en el hueso maxilar. Asimismo, sus problemas cardíacos y dificultades respiratorias empeoraron de mes a mes.

Anna Fulgida Bartolacelli

Por fin, falleció serenamente en la cama del hospital el 27 de julio de 1993 y sorprendió a muchos el gentío que asistió a su funeral, de su tierra y venidos de fuera, sanos y enfermos, capacitados y discapacitados. También sorprendió la rapidez con la que, 11 años después, comenzaba su proceso de canonización. Y sin embargo todo esto no sorprendió a los que la conocieron bien y la vieron superar cada día sus límites físicos para dar lo mejor de sí misma a los demás. Lo que para muchos podía ser una actividad normal, para ella fue extraordinario por la debilidad de su cuerpo, por eso recientemente los teólogos que han examinado su caso han visto en Anna Fulgida un ejemplo hermoso de la acción del Espíritu Santo con su don de Fortaleza: no es que nos haga más fuertes, sino que a pesar de nuestra debilidad nos permite obrar por encima de nuestras fuerzas.