Patricia García de Paredes piensa estos días en la Navidad. En qué harán como familia, cómo se organizarán, quién estará… Esta sevillana lo cuenta casi de pasada, pero lo hace porque recuerda que hubo un momento en el que le dijeron que quizá le quedaba un año de vida y, desde entonces, han pasado muchos más.
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Hoy tiene 69 años, dos hijos, seis nietos y sigue recibiendo tratamiento contra un cáncer que continúa presente. Ella no vive haciendo cuentas ni de meses ni de días. “Es que se me olvida muchas veces”, reconoce. No porque ignore su enfermedad ni porque los tratamientos hayan desaparecido de su vida. Hay días malos y temporadas en las que la carga parece más pesada. Pero ahora, sencillamente, el cáncer ha dejado de ocupar todo el espacio.
Su historia con la enfermedad comenzó cuando tenía unos 40 años, cuando le diagnosticaron un cáncer de mama que ya se había extendido fuera de la zona inicial y afectaba a numerosos ganglios. Le practicaron una mastectomía radical, recibió seis ciclos de quimioterapia y, después, un mes de radioterapia. Por aquel entonces, ella desconocía una parte del diagnóstico que los médicos sí habían compartido con sus familiares: el pronóstico era muy malo.
Recorrido de revisiones
“Decían que el 99% de las personas en mi situación, moría”, recuerda. No había metástasis, pero la extensión de la enfermedad hacía temer el peor desenlace. Sin embargo, Patricia no recuerda aquella primera enfermedad como una experiencia dominada por el miedo. “No lo viví mal. La verdad es que no, gracias a Dios”, cuenta. “Incluso cuando se me cayó el pelo, no me importó, sabía que tenía que pasar”, añade.
A pesar del mal pronóstico, Patricia formaba parte de ese 1% que consigue superar la enfermedad, y ahí comenzó el conocido recorrido de revisiones: primero, cada pocos meses, y, después, anuales, hasta que, con el tiempo, pudo considerar aquel cáncer superado. De hecho, habían pasado unos nueve años y su oncóloga se preparaba ya para darle el alta definitiva de las revisiones, pero Patricia había empezado a notar molestias en la ingle.
Oración compartida
Las pruebas terminaron revelando un nuevo cáncer con afectación ganglionar en distintas zonas del tronco y, además, un tumor en la otra mama, diferente del primero. La medicación consiguió hacer desaparecer la afectación de los ganglios, mientras que, hoy, el tumor de la mama permanece controlado y sin crecimiento, pero Patricia continúa en tratamiento.
También volvió a perder el pelo, pero lo que años antes había vivido casi con normalidad ahora la desbordó. Se compró una peluca. Reconoce, incluso, que “se agobió”. “No sé si era la edad”, admite. Apareció también el miedo a morir. “Cuando me dijeron esta segunda vez que tenía cáncer, me angustié porque el cáncer metastásico no tiene cura. Y además me dijeron que podía durar un año o algo así”, recuerda.
Y agrega: “No tenía ganas de morirme”. En este contexto, la fe tampoco funcionó como un interruptor capaz de apagar de golpe todo lo que estaba viviendo. Sin embargo, Patricia formaba parte de una comunidad neocatecumenal en la que encontró a personas con las que caminar mientras las respuestas parecían no llegar. “Gracias a la oración de los hermanos y porque caminas en la fe con un grupo”, explica, fue entrando poco a poco “en la tranquilidad y en la paz” que lleva consigo hasta día de hoy.
El papa León XIV ha sido una de esos millones de personas que, este año, al igual que Patricia en su momento, han recibido el diagnóstico del cáncer. “La enfermedad no es que sea una cosa agradable, ni mucho menos”, concluye, reconociendo que, “al principio, cuando te enteras, es un mazazo”. Pero su mensaje para todos ellos (incluso para el Papa) es una invitación a preguntarse “qué puede hacerse con aquello que irrumpe sin haber sido elegido, también en relación con quienes acompañan al enfermo”.
Casi tres décadas después de aquel primer diagnóstico, Patricia sigue recibiendo tratamiento. Ha perdido el pelo más de una vez, ha conocido un pronóstico que apenas dejaba margen y ha pasado por periodos en los que también ella se ha sentido espiritualmente agotada. Nada de eso ha desaparecido. Por eso, cuando habla del futuro, vuelve otra vez a la Navidad.
