La Iglesia ante la salud mental: “Antes de hablar, escucha; antes de explicar, acompaña”

El Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral impulsa una nueva guía en la que pide formar a los agentes pastorales, combatir el estigma y derivar a profesionales ante situaciones que excedan sus competencias

La Iglesia ante la salud mental: “Antes de hablar, escucha; antes de explicar, acompaña”
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“Antes de hablar, escucha; antes de explicar, acompaña”. La Iglesia ha puesto negro sobre blanco algunas pautas concretas para abordar la salud mental desde la pastoral, especialmente allí donde la guerra, la violencia, los desplazamientos, la pobreza o las crisis prolongadas han dejado a personas y comunidades expuestas al miedo, el duelo, el aislamiento y la pérdida de referencias.



Lo hace en la nueva guía ‘Salud mental y acompañamiento pastoral en el contexto de crisis humanitarias. Cuidar a las personas y cultivar la esperanza en un espíritu de fraternidad’, presentada este martes, 13 de octubre, en el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. El texto nace de un proceso de consultas iniciado en 2024 con obispos, miembros del clero, religiosos, organizaciones católicas, agentes humanitarios y especialistas que trabajan sobre el terreno.

Una guía nacida de quienes están sobre el terreno

El proceso que ha desembocado en el documento comenzó en 2024, cuando el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral promovió consultas ante las preocupaciones que obispos y agentes humanitarios y pastorales estaban encontrando en distintos lugares del mundo.

En los trabajos participaron Iglesias locales, congregaciones religiosas, organizaciones humanitarias católicas y profesionales vinculados a comunidades afectadas por emergencias o situaciones prolongadas de adversidad. Las aportaciones fueron posteriormente estudiadas y sistematizadas con el patrocinio de la Universidade Católica Portuguesa y el Scalabrini International Migration Institute y en colaboración con el Dicasterio.

“La salud mental no es una preocupación secundaria, sino una expresión esencial de nuestra humanidad común”, subraya el documento, añadiendo, además, que “ninguna herida, pérdida o trastorno mental define por sí solo a una persona”. “La esperanza cristiana no minimiza las heridas, no justifica el sufrimiento ni exige optimismo”, recuerda.

Escuchar antes que responder

El documento parte de la convicción de que la atención pastoral puede desempeñar un papel importante ante el sufrimiento psíquico, pero tiene límites y no sustituye a la asistencia profesional cuando esta es necesaria. Por eso, dedica uno de sus capítulos centrales a la escucha, que define como “una de las formas de acompañamiento más poderosas y, al mismo tiempo, una de las más descuidadas”.

“El acompañamiento auténtico comienza con la escucha”, afirma el documento. Esto implica caminar junto a la persona “no para dirigir su vida ni para resolver todos sus problemas, sino para estar presente ante su sufrimiento sin prisas, sin pretensiones y sin retirarse”.

Escuchar, en este sentido, exige “dejar a un lado el impulso de intervenir precipitadamente, resistir la tentación de ofrecer respuestas inmediatas y estar plenamente presente”. En ocasiones bastan expresiones sencillas como “parece que estás atravesando una situación muy difícil” o “entiendo lo difícil que ha sido”, apunta la guía, en la que el Vaticano recuerda, además, que incluso el silencio puede formar parte de ese acompañamiento cuando se acoge sin presionar a la persona.

No todo se resuelve desde la pastoral

El documento aborda, por otro lado, los límites de quienes acompañan desde parroquias, comunidades religiosas u organizaciones católicas. “Cuidar con conocimiento exige también reconocer los límites de la atención pastoral y de las propias competencias”, señala.

Por ello, la guía defiende que la atención ofrecida por la Iglesia debe apoyarse en “conocimientos científicos consolidados en materia de salud mental y en buenas prácticas”, puestos en diálogo con la experiencia propia del acompañamiento pastoral.

También establece situaciones en las que es necesaria una evaluación profesional o atención especializada. Entre ellas cita el malestar psíquico intenso o persistente, las dificultades para desenvolverse en la vida cotidiana, las señales de desconexión de la realidad, las ideas suicidas, el riesgo de causar daño a uno mismo o a otras personas y los problemas graves relacionados con el consumo de sustancias.

“La derivación a profesionales especializados forma parte de este acompañamiento responsable”, sostiene el texto. Las comunidades deberían, por ello, identificar previamente los recursos disponibles y establecer relaciones con profesionales y servicios de salud mental antes de que se produzca una emergencia. “Una vez realizada la derivación, el acompañamiento pastoral no concluye, sino que experimenta una evolución”, explica el texto.

No atribuir el sufrimiento a la “voluntad de Dios”

La guía afronta también la manera en que se habla de Dios ante alguien que está sufriendo. Y es que el acompañamiento espiritual, señala, debe ofrecerse “con respeto hacia las creencias de cada persona, o la ausencia de ellas” y abrir un espacio para las preguntas sobre el sentido y el valor de la vida.

“No deben ofrecerse explicaciones apresuradas del sufrimiento ni atribuirlo de manera superficial a la ‘voluntad de Dios’ o a un designio inescrutable”, advierte. Estas respuestas, añade, “pueden minimizar el dolor, reducirlo al silencio y herir aún más a las personas”.

La atención pastoral debería acompañar también cuando Dios parece ausente y ayudar a mantener la confianza “en un Dios que no desea el sufrimiento, sino que permanece cerca de quienes sufren y comparte el peso del dolor”. Por ello, la esperanza cristiana tampoco debe convertirse en una exigencia de encontrarse bien. La Iglesia, sostiene la guía, la custodia “como un don recibido y nunca como un optimismo impuesto a quienes sufren”.

La comunidad también protege la salud mental

El documento explica, asimismo, que la salud mental no puede comprenderse desligada de las relaciones familiares, comunitarias y sociales ni de las condiciones materiales en las que una persona vive. “Los vínculos relacionales no son un aspecto secundario en lo que respecta a la supervivencia. Muchas veces son la condición que la hace posible”, afirma.

Por eso, “fortalecer estos vínculos no es una dimensión opcional en la promoción de la salud mental”. En este sentido, la Iglesia está llamada a convertirse en “una comunidad de pertenencia, un hogar en el que se acoge a cada persona respetando su dignidad”.

“El verdadero bienestar psíquico no consiste simplemente en evitar el malestar”, sostiene el texto, sino que supone también “redescubrir la capacidad humana de acompañar, llorar y sanar juntos”.

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Centro de las Hermanas Hospitalarias en el Día Mundial de la Salud Mental. Foto: Hermanas Hospitalarias

Los que cuidan también pueden romperse

Finalmente, el texto recuerda que quienes acompañan a otras personas en una crisis “no son inmunes” al miedo, la pérdida o los trastornos que atraviesan las comunidades a las que sirven. Con el tiempo pueden aparecer “cargas silenciosas e invisibles”.

“Siempre el que da, nunca el que recibe; siempre el que ofrece, nunca el que necesita” puede convertirse, advierte, en una dinámica “insostenible” que termina aislando a la propia persona que acompaña. También rechaza el pensamiento de “debo ser fuerte porque los demás sufren más que yo”. El peso acumulado en soledad puede acabar provocando “agotamiento, pérdida de esperanza e incluso un sentimiento de fracaso”.

Por ello pide construir relaciones de cuidado “más horizontales, fraternas y recíprocas” y recuerda que “quienes cuidan también son personas con heridas y limitaciones”. “Reconocerlas no les descalifica”, afirma el texto. “Las parroquias, las diócesis, las congregaciones religiosas y otras instituciones tienen el deber de crear condiciones que protejan, sostengan y promuevan la salud mental y el bienestar de quienes prestan servicio en ellas”.

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