Bastantes veces, en los diálogos con algún joven converso –de esos a los que Cristo ha desbaratado la vida–, descubro cómo buscan la simplicidad en todo, hasta en los gestos y en las palabras que articulan. Y todo aquello que antes les fascinaba poseer, ahora lo estiman basura, como diría san Pablo. En cambio, algunos que nos tenemos por muy creyentes o quizá muy religiosos acumulamos toda clase de enseres, incluso en nuestras maneras de expresar o celebrar la fe. Hasta el horror al vacío. Tengo la casa llena de cosas y también llenamos las iglesias. Uno no sabe dónde mirar.
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Admiro la simplicidad y la austeridad de los que han descubierto a Cristo y se han enamorado de él. Y en sus rostros, mientras les escucho, descubro a tantos y tantos santos de la historia de la Iglesia que, dejándolo todo, le han seguido. Muchos admirados, pero nada imitados. Y en ese profundo desapego que sale de su boca y de su corazón, descubro que la fe nos exige desprendernos de demasiadas cosas que, como corazas, no nos protegen, sino que nos asfixian.
Hace unos años, escribí cómo por casualidad había encontrado un ensayo de Pier Vittorio Aureli, arquitecto y crítico, titulado ‘Menos es suficiente’. En tan sólo 80 páginas y en siete brevísimos capítulos, arremete contra el eslogan capitalista “menos es más” convertido en un imperativo económico, es decir, en un modo de escatimar recursos obligando a los trabajadores a adaptarse a las dificultades económicas.
Razonabilidad apabullante
Se lee con verdadera pasión (raro en un ensayo) y, sin darte cuenta, el autor te va deslizando por la historia. Desde san Agustín, Cluny, los franciscanos, la vida ascética… y entremezcla, con una razonabilidad apabullante, las rutinas diarias, los conceptos de propiedad privada, los ritualismos, la austeridad, el producto llevado al nivel de lo religioso, el marketing adoptando la retórica del anticonsumismo para regresar a los valores básicos, las políticas bucólicas adoptadas por el capital a raíz de la recesión, la reconciliación con la naturaleza como negocio, los diseños minimalistas como puesta en escena, la innovación vacía de valores, la posesión de aparatos inútiles…
Y así termina el ensayo: “Decir suficiente (en lugar de más) significa redefinir lo que realmente necesitamos para vivir una buena vida; es decir, una vida desapegada del valor social de la propiedad, de la ansiedad de la producción y de la posesión, y donde menos sea simplemente suficiente”.
Levanto la mirada y vuelvo a contemplar las cosas que me rodean: todas queridas, deseadas, admiradas, todas inútiles. Sí, todas. La fe es una vuelta a lo esencial. “Vende todo, dáselo a los pobres y sígueme”. Todo es un peregrinaje de seguimiento, de conversión.
¡Ánimo y adelante!
