Anne Carson, el “adverbio” de Dios

  • La poeta helenista y posmoderna, Nobel de Literatura 2026, refleja en su obra la herencia católica como “parte de su desconcierto”
  • En la iglesia, “tiene lugar un tipo de reflexión que no ocurre en ningún otro sitio”, admite la escritora canadiense
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La escritora canadiense Anne Carson
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Hay tres versos reveladores en la amplísima obra de la helenista y poeta posmoderna Anne Carson (Toronto, 1950), Premio Nobel de Literatura 2026. “Mi religión no tiene sentido / y no me ayuda / por eso la persigo”, escribió en ‘Cristal, ironía y Dios’ (1995), su primer poemario, el libro en el que pensar en Dios o en la cuestión de Dios era aún “parte de su desconcierto” y, por tanto, encontraba asiento en su particular fusión de poesía y de ensayo, que lo es también de ficción y de realidad.



Carson no expone su visión de Dios de forma coherente a lo largo de los años, como parece lógico, por otra parte, en una trayectoria “llena de desafíos, desacatos y rupturas”, como la califica Andreu Jaume, uno de sus traductores. Un itinerario que ya suma más de cuarenta años, desde ‘Eros el agridulce’ (1986), su primer libro, ensayo en el que el deseo –Safo con toda la gran literatura griega de fondo– emerge como su principal objeto literario y filosófico.

La escritora canadiense Anne Carson, Premio Nobel de Literatura 2026

La escritora canadiense Anne Carson, Premio Nobel de Literatura 2026. Foto: EFE

En los “poemas sobre Dios” –que entusiasmaron a James Laughlin, quien decidió incluirlos en ‘Cristal, ironía y Dios’ tras publicarlos la revista ‘The American Poetry Review’–, Carson volcó con poco más de 30 años el catolicismo heredado de su madre a la vez que una originalidad subrayada por la necesidad de búsqueda, de reflexión intelectual y de libertad.

“El adverbio Dios / es una calle de una sola mano que va dondequiera que estés. / No vale la pena decirles qué es. / Sólo mastíquenlo y frótenselo”, escribe en “El nombre de Dios”, uno de los veinte poemas que reúne en el capítulo “La verdad sobre Dios” de ‘Cristal, ironía y Dios’. Ahí, y entonces, ese Dios emerge a través de la sencillez de lo ordinario, la imposibilidad de conocer al otro, el deseo de trascendencia o la renuncia al yo.

Líquidos divinos

Pero Carson también aparta a Dios de la solemnidad, y le imprime un humor que “le permite observar a Dios desde posiciones inesperadas –puntualiza el crítico Emiliano Olivares Centeno–, con lo cual la escritura religiosa entra en contacto con una imaginación que desarma cualquier estabilidad demasiado cómoda”. Por ejemplo, esa “lista de líquidos de Dios”, donde enumera alcohol, sangre, gratitud, memoria, semen, poesía, lágrimas y tiempo.

Son, en cualquier caso, testimonios de un tiempo –hasta la aparición de ‘Decreación: poesía, ensayos, ópera’ (2005)– en el que a Carson aún se la podía definir como “católica practicante”, como hace en ‘The Oxford Book of American Poetry’ (2006), su antólogo, el crítico David Lehman. A partir de aquí, va evolucionando y matizándose, hasta llegar al silencio absoluto.

Algunos títulos de Anne Carson expuestos en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt

Algunos títulos de Anne Carson expuestos en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt. Foto: EFE

En 2004, en ‘The Paris Review’, Will Aitken abordó este catolicismo y le preguntó si “es una forma de salir de ti misma”. A lo que Carson respondió: “No, todo lo contrario. No creo que esté nunca tan resignada a mí misma como cuando estoy en la iglesia intentando entender por qué estoy allí. Sentada, pensando en mi madre y en todas las veces que nos sentábamos juntas en la iglesia. El único buen recuerdo que tengo de aquello es acurrucarme contra su abrigo de piel sintética durante la misa. Recuerdo el olor de ese abrigo, lo reconfortante que resultaba en un frío día de invierno”.

Desconcertada, no devota

Ya entonces, admitía que no se consideraba “una persona devota”: “Me considero especialmente desconcertada: por un lado, por toda la cuestión de Dios y la relación de los seres humanos con Él; pero, por otro lado, quizá debido a los muchos vacíos que hay en mi vida, estoy abierta a explorar lo que eso podría significar. No voy a la iglesia con ninguna expectativa de plenitud o iluminación. Simplemente voy porque siempre he ido, y mi madre iba y su madre también”.

Continúa: “Allí tiene lugar un tipo de reflexión que no ocurre en ningún otro sitio. Por muy poco atractiva que sea la misa, y hoy en día la misa es bastante poco atractiva en su traducción moderna, por muy insustancial que sea el sermón, hay un espacio en el que no ocurre nada más, de modo que es posible pensar en Dios o en la cuestión de Dios. Pero nada cambia: no me vuelvo más sabia al respecto, ni mejor desde el punto de vista ético, ni más interesante. Sigo siendo la misma persona”. (…)

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