MIÉRCOLES
Sí, lo sé. La mayoría de las mitras están a lo suyo. Que es lo que tienen que hacer. A pastorear el rebaño que se les ha asignado como buenamente pueden y con todas las trampas con las que se van topando. Solo algunos siguen entretenidos en llamar a determinados timbres por si alguien contesta, para intentar colocar a alguno o colocarse en las ternas. Lo que en mi casa se llama medrar, en otros pasillos con más caché se denomina ‘lobby’. Es más, alguno se ve a sí mismo como ‘influencer’, capaz de generar un cambio de opinión, no en las masas, sino en quien firma el envío de mitras.
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JUEVES
Me hago un lío con los apellidos. No coinciden los que oficialmente reconocemos en los altares con los de los documentos que ahora se examinan con lupa. Me intriga. Mucho.
VIERNES
Sigo dándole vueltas a la comunidad itinerante de las Hijas de la Caridad, ahora en Ceuta. En medio de la falta de personal en todas las instituciones de Iglesia, que invitan a moverse en modo supervivencia, a recortar lo ‘ad gentes’, a apañárnoslas para seguir adelante, la apuesta por esta UME eclesial debería ser algo más que profecía. Siempre se puede rascar un poquito más cuando lo que está en juego es el Evangelio de las periferias.
DOMINGO
Setenta veces siete. Hubo un tiempo en el que llegué a hacer las cuentas para ver si uno de mis pecados había sobrepasado ya el límite y la misericordia de Dios se había extinguido ante la última gota. Hoy, desde el altar, alguien me recuerda el verdadero sentido de estas palabras. El resultado de esta multiplicación es “siempre”. Las matemáticas de Jesús nunca funcionan como las nuestras. Y las cuentas del Padre siempre tienen superávit de comprensión y acogida. Uno siempre anda más cicatero con esas cosas, buscando intereses a corto plazo. Con cero hipotecas.
LUNES
Cada documento que firma uno se busca presentar como contraposición de lo que hizo el otro. Hasta con la subida de sueldo. Y nadie repara en lo que hay detrás. Un español que supo ajustar el cinturón. Que aguantó el chaparrón porque sus decisiones no gustaban. Y que ahora está en un segundo plano, como ha hecho siempre, cuando se puede recuperar lo perdido. Rascar del cepillo nunca es tarea grata. Ni en la parroquia ni en Roma.

