Teóloga y psicóloga

Breve elogio del orden


Quien me conoce sabe que el orden, entendido como tal, no es algo que me apasione. “Tengo mi propio orden”, que es lo que solemos decir quienes tendemos a ser desordenados. En mi caso, necesito que los espacios estén limpios y ordenados; me gusta el orden, pero me espanta la rigidez, la simetría, la uniformidad. Me espanta tanto como el caos. Por eso, de vez en cuando, necesito poner orden o, mejor dicho, reordenar mi propio orden.



Sin embargo, quisiera hacer este breve elogio del orden que ordena. Ese que no se identifica necesariamente con una apariencia ordenada, aunque lo parezca. Es el orden de la simplicidad. El orden que integra incluso el vacío. El orden que te ayuda a saber lo que tienes y lo que no y, quizá así, a saber también qué necesitas, qué quieres y qué no.

Esta semana fui a comprar algo que necesito para este curso y que hacía tiempo no usaba. Después de comprarlo e instalarlo, me puse a ordenar uno de los armarios de casa. Y con no poco enfado conmigo misma, descubrí que tenía perfectamente guardado otro ejemplar intacto de lo que acababa de comprar. Lo peor de esto es que el cajón donde lo encontré estaba –aparentemente– perfectamente ordenado.

No me refiero a ese orden. Caí en cuenta que no hay orden sin sentido real para quien ordena. Es decir, cada cosa estaba en su sitio, pero ni me acordaba. Y me hizo pensar que este orden saludable del que hablo tiene mucho de memoria y de futuro. Recordamos –habita nuestra memoria– aquello que cuando lo guardamos (u ordenamos) queda ligado a nuestro futuro.

Pluralidad. Colores

Lápices de colores. Foto: EFE

No hace falta que sea algo especialmente profundo. Basta con que sea significativo. Me hizo pensar en cuánto guardamos –incluso con orden– pero no está ordenado. Ni siquiera lo recordamos. Y también lo importante que es reordenarnos con cierta frecuencia.

Me recordó al caos inicial de la creación, el Tohu va-Bohu de Gn 1,2; esa confusión que cuando Dios pone luz lo ordena y ese orden crea y genera vida. Me recordó el inicio del evangelio de Juan, cuando rememora ese inicio original ordenado por el Logos, la Palabra, el Sentido. Me recordó que el orden que nos ordena es el que ilumina cuando no vemos casi nada, el que da sentido y te empuja a crear algo nuevo, el que recupera tu memoria más íntima para hacer realidad el futuro y no seguir enroscado en el pasado.

Poner luz en lo que ves

Puede que sea buen momento para reordenar tu casa, tu habitación, tu espacio de trabajo, tus cosas. Puede que sea una buena excusa para poner luz en lo que ves, en lo que te rodea, sea más o menos luminoso u oscuro. Porque si no lo hacemos de vez en cuando, corremos el riesgo de vivir sin saber lo que tenemos, lo que somos.

Corremos el riesgo, como me pasó a mí, de no ser conscientes de nuestros propios recursos, por cuidados y guardados que los tengamos dentro. Corremos el riesgo de seguir dando espacio a memorias que hace tiempo no necesitamos y que piden a gritos salir de “ahí”, dejar espacio. Reordenarnos por dentro siempre tiene que ver con nuestro “fuera” y al revés. Si lo hacemos, igual hasta iniciamos una nueva creación que, por supuesto, se escribirá con minúscula, como todo lo nuestro, pero no por ello se hace menos necesaria y luminosa para seguir viviendo y no limitarnos a repetir.

Si fuera así, si nos atreviéramos, bien merece elogiar este orden que va mucho más allá de tener “cada cosa en su sitio” por dentro y por fuera. El orden del sentido y la vida. El orden que hoy quiero elogiar.