Cataluña conmemora este año el centenario de la muerte de Antoni Gaudí (1852-1926) bajo un lema afortunado: ‘L’ordre invisible’ (‘El orden invisible’). Con él se quiere subrayar que, detrás de aquellas formas fantásticas, hay geometría, cálculo, observación paciente de la naturaleza. La idea, sin embargo, es mucho más antigua que el arquitecto de Reus.
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En el Museu de la Música de Barcelona duerme un violín. Lo construyó en Cremona el lutier Guillem García Cubí en 2002, para los ciento cincuenta años del nacimiento del arquitecto: pieza única, un año de trabajo.
El fondo recoge las ondulaciones de la Pedrera, las aberturas acústicas se retuercen en criaturas del Parque Güell y la voluta remata el mástil con el perfil de una chimenea barcelonesa. El instrumento llegó a montarse con cuerdas de tripa y sonó, pero entró en la vitrina antes de conocer la vida lenta que hace madurar un violín. Su voz quedó en suspenso.
Violín construido por el lutier Guillem García Cubí en 2002, para los ciento cincuenta años del nacimiento de Gaudí. Foto: Museu de la Música de Barcelona
Vale la pena detenerse en lo que ahí ha sucedido. Un lenguaje pensado en piedra ha pasado a la madera. La pregunta que plantea no es decorativa: ¿qué ocurre cuando una forma concebida para hablar de Dios cambia de materia y pide convertirse en voz?
Autores cristianos habían recorrido ya antes un camino semejante.
Música para el alma
Hace más de quince siglos, el filósofo tardorromano Severino Boecio distinguía tres músicas: la del mundo, la del ser humano y la producida por los instrumentos. La primera, la música mundana, no era una melodía destinada al oído, sino la armonía y la proporción que mantienen unido el cosmos. La música, antes de sonar, podía ser orden. Y Boecio sabía, además, siguiendo una intuición antigua que pasa por Platón, que la música no se limitaba a expresar un orden: al llegar al alma, podía conformarla.
Antes que Boecio, Agustín de Hipona había llevado esta reflexión al interior del alma. En su ‘De musica’, parte de los ritmos que perciben los sentidos y remonta hasta los números y proporciones con los que el alma reconoce el orden y lo juzga. Lo audible remite así a algo que no se agota en lo audible. Es casi la descripción de nuestro violín: una proporción capaz de atravesar materias distintas sin perderse en ninguna.
