Han pasado apenas unos días desde la Jornada Nacional de la Juventud de México (JNJ), que se llevó a cabo en mi Arquidiócesis de Monterrey. Todavía quedan muchas imágenes en la memoria de esta Jornada que busca reunir a jóvenes de todo el país para encontrarse con Cristo, celebrar juntos la fe y reconocerse como parte de una Iglesia que camina con ellos, justo antes de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa que ahora será en Seúl, Corea del sur en agosto de 2027.
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Cerca de 10 mil jóvenes recorriendo nuestra ciudad, encontrándose, celebrando, escuchando y rezando. Tuve la oportunidad de participar en uno de los Diálogos en la Ciudad y, mientras conversaba con ellos sobre mi testimonio vocacional y los momentos de mi vida, en los que aparecieron el miedo, las dudas y las preguntas, confirmé que los jóvenes están dispuestos a hablar de cosas profundas, cuando encuentran un espacio donde pueden hacerlo con libertad.
Por eso, me llamó especialmente la atención el mensaje que el papa León XIV dirigió a los jóvenes mexicanos. Entre tantas cosas que pudo haberles dicho, colocó el horizonte sorprendentemente alto: los invitó a “estar con Jesús” y a responder a la llamada a la santidad.
Eso, me parece una pista pastoral que no deberíamos dejar pasar. En los últimos años hemos aprendido mucho sobre pastoral juvenil. Sabemos que no basta esperar a los jóvenes en nuestros espacios; necesitamos acercarnos, escuchar sus preguntas, comprender sus lenguajes y acompañar procesos que no siempre avanzan como quisiéramos. También hemos comprendido la importancia de la pertenencia y de construir comunidades, donde alguien pueda sentirse recibido, incluso cuando su vida todavía está lejos de estar resuelta.
Aquí encuentro una de las claves pastorales que comienzan a aparecer en León XIV. El Papa habla continuamente de proximidad, encuentro, fraternidad y comunidad, pero no utiliza esa cercanía para rebajar el horizonte cristiano. Al contrario: desde la humanidad concreta vuelve a hablar de Jesucristo, de vocación, de misión y de santidad.
Quizá ése sea uno de nuestros desafíos: ser cercanos sin volvernos superficiales. Hablar de santidad a los jóvenes no significa proponerles una perfección imposible ni alejarlos de la realidad, significa ayudarles a descubrir que su vida puede convertirse en respuesta. Que sus talentos pueden ser servicio, que sus preguntas pueden abrir un camino de discernimiento y que la amistad con Jesús puede transformar la manera de relacionarse con los demás.
Tal vez por eso, el verdadero trabajo de la JNJ comenzó cuando la JNJ terminó hace unos días. Ahora vienen la parroquia, la universidad, la familia, el grupo juvenil y la vida cotidiana. Ahí sabremos si un gran acontecimiento fue capaz de convertirse en camino y si, detrás de todo lo vivido en Monterrey, algunos jóvenes pudieron escuchar aquella pregunta que siempre termina siendo personal: ¿qué quiere Jesús de mí?
Lo que vi esta semana
Vi a miles de jóvenes reunidos, pero sobre todo vi jóvenes dispuestos a escuchar. En los Diálogos en la Ciudad confirmé que existen preguntas muy hondas sobre el miedo, las decisiones, el futuro, la fe y el sentido de la propia vida.
La Palabra que me sostiene
“Estar con Jesús“. Me quedo con esa expresión del mensaje de León XIV porque coloca las cosas en su sitio.
En voz baja
No tengamos miedo de hablar nuevamente de santidad. Después de la JNJ queda una responsabilidad hermosa: no bajar la meta cuando volvamos a la vida cotidiana.
