La serenidad de Martin interpela. Sobre todo, después del calvario que ha padecido como víctima del Sodalicio de Vida Cristiana, el movimiento peruano que cerró a cal y canto Francisco después de constatar abusos estructurales de poder, conciencia, económicos y sexuales.
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Se presentaban como un renacer cristiano con garantías doctrinales, pero su fundador, Luis Fernando Figari, quería clonar la Falange española, revestida de plataforma eclesial. En ‘Las líneas torcidas’ (Universo de Letras) no solo narra sus treinta años de pertenencia al grupo, sino que lleva a cabo un exhaustivo escáner del proceder de una organización sectaria que, lamentablemente, no es un caso aislado en el orbe católico.
PREGUNTA.- ¿Tiene la sensación de que el Sodalicio era una realidad excepcional dentro de la Iglesia, o cree que hay otros grupos de similares características?
RESPUESTA.- Cuando conocí el Sodalicio sí se me presentó como algo absolutamente excepcional, muy distinto de todo lo que existía entonces en Lima. La oferta religiosa estaba formada, sobre todo, por grupos parroquiales y movimientos carismáticos de estilo pentecostal, muy centrados en lo emocional.
En cambio, el Sodalicio se presentaba como una propuesta mucho más sólida desde el punto de vista intelectual y con un impulso mucho más agresivo. Su lema era cambiar la sociedad. Otra cosa es que lo consiguieran, pero ese era el proyecto que ofrecían.
Fue después, cuando abandoné la comunidad y me trasladé a Alemania, cuando empecé a investigar con más profundidad. Entonces descubrí que los abusos que había vivido no eran una excepción. Había otros grupos con una ideología y unos métodos muy similares. Le doy un dato: El fundador Luis Fernando Figari y su ‘número dos’ Germán Doig viajaban con frecuencia a Argentina y España.
Allí mantenían contacto con otros grupos a los que presentaban el Sodalicio como una realidad única y modélica. Con el tiempo se ha sabido que también existían vínculos con El Yunque. Incluso coincidimos con miembros declarados de esa organización cuando visitaban Lima y eran recibidos con gran cordialidad.
P.- Este libro es un altavoz de denuncia. ¿Pero también ha sido terapia para usted?
R.- La verdadera terapia fue escribir durante todos esos años. El libro no deja de ser una recopilación y una reorganización de todo lo que fui escribiendo a lo largo de más de una década, dándole finalmente una estructura y una continuidad. Al principio nunca tuve la intención de escribir un libro. Lo que hice fue empezar a escribir, poco a poco, sobre mi experiencia y sobre lo que pensaba del Sodalicio. Lo hice durante muchos años.
Aquello tuvo un coste muy alto. En mi propia familia provocó una crisis. Mi mujer pensaba que yo estaba obsesionado y quería que dejara el tema, porque tenía una buena opinión de muchas personas vinculadas al Movimiento de Vida Cristiana. Fueron años muy difíciles. Con el tiempo comprendió que yo tenía razón, pero el precio ya estaba pagado.
Yo nunca abandoné este asunto porque siento que tengo la responsabilidad moral de seguir hablando de ello y de señalar los peligros que representan este tipo de organizaciones. Finalmente, mi compromiso con esta causa terminó influyendo también en mi vida matrimonial y acabó desembocando en el divorcio. Ese ha sido el precio que he tenido que pagar por implicarme en esta lucha.
Lavado de cerebro
P.- Cuando se habla de abusos, la atención suele centrarse en los sexuales. Sin embargo, en el caso del Sodalicio usted insiste especialmente en el abuso de poder y de conciencia, que define como “lavado de cerebro” capaz de destruir vidas y llevar a la muerte…
R.- Exactamente. El abuso sexual atenta contra la intimidad corporal de la persona, contra lo más íntimo de su cuerpo. El abuso de conciencia, en cambio, llega hasta lo más profundo de la persona, hasta su espíritu. Por eso puede llegar a ser tan o incluso más devastador. Destruye la identidad personal, la autoestima y la capacidad de decidir libremente.
En muchos casos acaba destrozando vidas enteras. Yo sufrí un episodio de abuso sexual, pero ese no fue el daño más profundo que recibí. Lo que realmente me marcó fue el abuso de conciencia, el secuestro de la libertad al que estuve sometido durante mi pertenencia al Sodalicio.
P.- ¿Qué es lo más duro que ha escuchado de una víctima?
R.- Recuerdo especialmente las palabras de una víctima que ha preferido permanecer en el anonimato. Me dijo una frase que nunca olvidaré: “No solo he perdido la fe en Dios, también he perdido la fe en la humanidad”. Es una afirmación tremendamente dura y refleja hasta qué punto este tipo de abusos destruyen a las personas.
Tinte sectario
P.- En el libro explica que pasó tres décadas sin darse cuenta de lo que realmente había vivido, hasta que logró liberarse del “formateo mental”. ¿Qué fue lo que le hizo resetear?
R.- Fue un proceso muy largo. Al final siempre hay un detonante, pero antes de llegar a él hay un camino de muchos años. En mi caso, ese proceso comenzó gracias a distintas lecturas sobre organizaciones de carácter sectario. Descubrí que muchas de las prácticas que yo había vivido en el Sodalicio eran comunes a otros grupos con dinámicas similares.
Un libro fue especialmente importante: ‘Combatiendo el control mental de las sectas’ (Urano), de Steven Hassan. Es un clásico sobre la manipulación psicológica. Hassan había pertenecido a la Iglesia de la Unificación, la conocida secta fundada por Sun Myung Moon, y explicaba con enorme claridad los mecanismos de control mental que utilizan este tipo de organizaciones.
Aquellas lecturas me permitieron empezar a comprender muchas cosas, pero el verdadero detonante llegó cuando el Sodalicio anunció la expulsión de Germán Doig por “faltas graves reiteradas”. Para mí, Doig había sido siempre una persona intachable y que me había apoyado. Poco después se supo que la Policía había encontrado en un hotel del centro de Lima a otro importante dirigente del Sodalicio, Daniel Murguía, acompañado de un menor en una situación claramente relacionada con un abuso sexual.
Aquello me hizo replanteármelo todo. Empezaron a venir a mi memoria muchas situaciones que hasta entonces había interpretado de otra manera. Comprendí que las obsesiones sexuales que yo había experimentado durante mi permanencia en la comunidad no eran un fracaso exclusivamente mío, sino que podían ser consecuencia del propio sistema de funcionamiento del Sodalicio.
En ese momento uní esa experiencia con todo lo que había aprendido sobre el funcionamiento de las sectas y tuve que reconstruir completamente mi historia. Tuve que reinterpretar toda mi vida desde una perspectiva totalmente distinta.
Me encontré con un muro
P.- Cuando decide abandonar el Sodalicio, pasa a convertirse en un enemigo para la organización. En paralelo, también se convierte en alguien, cuanto menos incómodo para la Iglesia. ¿Cómo se vive en tierra de nadie?
R.- Fue probablemente el momento más difícil. Al principio ni siquiera quería hacer públicas mis reflexiones. Lo primero que hice fue consultar con un sacerdote del movimiento de Schoenstatt. Le enseñé algunos de los textos que había escrito sobre mi experiencia y me aconsejó que hablara primero con algún responsable del Sodalicio.
Me dijo que, si lo hacía, habría cumplido con mi deber de conciencia y quedaría tranquilo delante de Dios. Eso fue exactamente lo que intenté hacer. Aproveché un viaje urgente a Lima, cuando mi madre se encontraba en su lecho de muerte, para hablar con mi hermano Erwin, que llegó a ser superior regional del Perú y sería expulsado en 2024 por la Santa Sede.
Pero me encontré con un muro. En lugar de interesarse por lo que estaba contando, quiso saber con quién había compartido aquellos escritos y llegó a advertirme de que, si algún día salían a la luz, podrían denunciarme. Fue entonces cuando comprendí que dentro del Sodalicio no existía ninguna voluntad de escuchar ni de afrontar la verdad.
P.- ¿Qué fue lo que más le dolió de la actitud de la Iglesia durante aquellos años, antes de que Francisco decidiera intervenir?
R.- En realidad, durante mucho tiempo yo ni siquiera acudí a la justicia canónica. Mi intención nunca fue iniciar un proceso eclesiástico. Lo único que quería era contar lo que había vivido sin perjudicar a la Iglesia, porque seguía sintiéndome profundamente católico.
Más adelante, cuando el Sodalicio creó su primera Comisión de Ética, envié allí mi testimonio. Ese mismo documento también lo remití al Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
Silencio absoluto
P.- ¿Qué respuesta obtuvo?
R.- Ninguna. Mi testimonio fue recibido con un silencio absoluto. No hubo acuse de recibo, ni una respuesta, ni un comentario. Posteriormente acudí también a la Comisión de Víctimas de la diócesis alemana de Espira, a la que pertenezco. Allí tradujeron mi testimonio al italiano y volvieron a enviarlo a Roma. El resultado fue exactamente el mismo: silencio. Creo que la Iglesia todavía tiene mucho camino por recorrer en este ámbito.
P.- ¿Cree que la Iglesia ha aprendido del caso Sodalicio?
R.- No lo sé. La Iglesia no es un bloque monolítico. En ella conviven sensibilidades muy distintas. Tengo la impresión de que todavía hay personas que siguen defendiendo al Sodalicio y consideran injusta su supresión.
Otras, en cambio, reconocen que lo ocurrido era insostenible y que la desaparición de la institución era necesaria. Mi experiencia personal, sin embargo, ha sido muy clara. Por eso creo que la Iglesia todavía tiene un largo camino por recorrer en la escucha y la atención a las víctimas.
Abierta al diálogo y a la crítica
P.- Después de todo lo vivido, ¿qué debería aprender la Iglesia de un caso como el del Sodalicio para que no vuelva a repetirse?
R.- Si la Iglesia quiere tener futuro, lo primero que debe respetar es la conciencia de las personas. Debe estar siempre abierta al diálogo, a la crítica y a la posibilidad de revisar sus propias estructuras. Ninguna realidad eclesial puede considerarse intocable o tan valiosa que deba conservarse a cualquier precio.
El gran problema del Sodalicio fue precisamente la manipulación de la conciencia y el lavado de cerebro al que sometía a sus miembros. Ese fue el núcleo de todo lo demás. Y, lamentablemente, esas dinámicas no son exclusivas del Sodalicio. Siguen presentes, en mayor o menor medida, en otras instituciones de la Iglesia.
P.- ¿Cree, por tanto, que el problema va mucho más allá del Sodalicio?
R.- Sí. No se trata únicamente del Sodalicio. Hace algún tiempo leí el libro de una periodista católica francesa en el que analizaba la figura de los fundadores de diversas comunidades religiosas. Estudiaba alrededor de una treintena de instituciones en Francia en las que habían aparecido abusos y graves manipulaciones de la conciencia.
Eso demuestra que no estamos ante un caso aislado, sino ante un fenómeno mucho más amplio que obliga a la Iglesia a permanecer vigilante. El respeto absoluto a la libertad de conciencia debe ser siempre la primera garantía frente a cualquier forma de abuso espiritual.
Sentar precedente
P.- ¿Cómo valora el trabajo que ha desarrollado el comisario pontificio Jordi Bertomeu? ¿Cree que el proceso de disolución del movimiento y de reparación a las víctimas puede marcar un antes y un después para otros casos?
R.- Sin duda. Creo que el trabajo realizado por Jordi Bertomeu establece un precedente muy importante. No ha sido un proceso perfecto, ha habido dificultades, pero, aun así, supone mucho más de lo que habían hecho otras instancias eclesiales hasta ese momento. Una de las críticas que se le ha hecho es que las víctimas del Sodalicio han recibido un trato privilegiado respecto a las de otros casos.
Yo creo que esa crítica está mal planteada. La cuestión no es por qué se ha actuado en este caso, sino por qué no se hace lo mismo con las víctimas de otras instituciones. Cuando se produce un avance, no debería desacreditarse porque todavía existan otras situaciones pendientes.
Al contrario, ese precedente debería servir precisamente para impulsar actuaciones semejantes en todos los demás casos. Si de verdad queremos una Iglesia libre de estas dinámicas, ese es el camino que hay que seguir.
Organización criminal
P.- En el libro sostiene que el Sodalicio llegó a convertirse en una auténtica máquina de poder político y económico. ¿Se ha llegado a conocer realmente el alcance de esa red de corrupción que destapa? ¿Puede hablarse incluso de una organización mafiosa?
R.- Podría decirse. Cuando algunos dirigentes del Sodalicio fueron denunciados ante la Fiscalía peruana por presunta organización criminal, la acusación sostenía que habían creado una organización criminal dentro del Sodalicio. Yo creo que esa interpretación se quedó corta. Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que el propio Sodalicio funcionó como una organización criminal.
Comparto, en este sentido, el análisis del psicólogo Gonzalo Cano, también antiguo miembro de la institución. Él explica que existía una cúpula plenamente consciente de los abusos y de los manejos que se estaban produciendo, mientras que la inmensa mayoría de los miembros actuaban de buena fe, convencidos de que estaban sirviendo a una causa noble.
Es una descripción muy acertada. Cuando alguien me dice que muchos miembros del Sodalicio eran buenas personas, respondo que probablemente lo eran. Pero también fueron utilizados como instrumentos al servicio de una estructura que terminó destruyendo vidas y cometiendo graves irregularidades laborales, económicas y financieras. Todavía quedan muchos aspectos por esclarecer.
P.- Aunque el Sodalicio de Vida Cristiana haya sido suprimido, ¿cree que realmente ha desaparecido o que sigue actuando bajo otras formas?
R.- Creo que, sencillamente, se ha mimetizado. Las cuatro entidades suprimidas fueron el Sodalicio de Vida Cristiana, la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, las Siervas del Plan de Dios y el Movimiento de Vida Cristiana. Sin embargo, solo las tres primeras eran verdaderas asociaciones. El Movimiento de Vida Cristiana funcionaba, en realidad, como una gran estructura paraguas que agrupaba numerosas comunidades y grupos diferentes.
Nadie decía pertenecer simplemente al Movimiento de Vida Cristiana. Las personas se identificaban con las Agrupaciones Marianas, Emaús, Familia Nazaret u otros grupos concretos. Al desaparecer la estructura central, esos grupos han continuado existiendo en muchas parroquias y diócesis donde ya estaban implantados.
Muchos antiguos miembros se han integrado en esas pequeñas comunidades y continúan desarrollando, en buena medida, la misma labor de formación, captación y adoctrinamiento que realizaban anteriormente. Por eso, aunque la supresión del Sodalicio era imprescindible, no puede pensarse que el problema haya desaparecido por completo.
El poder económico sigue existiendo y buena parte de la influencia social continúa ejerciéndose a través de esas estructuras más pequeñas. Además, conviene recordar que el Sodalicio nunca fue una organización muy numerosa. Probablemente no llegó a superar como tal al centenar de miembros registrados.
Sin embargo, el Movimiento de Vida Cristiana contaba con miles de simpatizantes y colaboradores, personas que no estaban sometidas a la misma disciplina interna, pero que contribuían decisivamente a ampliar su influencia. A ello se sumó una extraordinaria capacidad mediática. El Sodalicio llegó a disponer de una de las plataformas de comunicación católica más influyentes del mundo. Hoy ya no controlan esos medios, pero eso no significa que todos los vínculos y redes de influencia hayan desaparecido.
P.- ¿Cuáles son esas ‘líneas torcidas’ que le gustaría que se quedaran grabadas en el lector de su libro?
R.- Me conformaría con que el lector comprendiera que estos abusos existen y que pueden producirse incluso dentro de instituciones que, desde fuera, parecen ejemplares. También espero que quienes hayan pasado por experiencias similares descubran que no están solos y que es posible reconstruir la propia vida.
Y, sobre todo, deseo que el libro sirva para que la Iglesia siga avanzando hacia una verdadera cultura del respeto a la libertad, la transparencia y la responsabilidad. Solo así podrá evitar que vuelvan a repetirse historias como esta.
