Rafael Salomón
Comunicador católico

Fragilidad que nos recuerda nuestra condición humana


La enfermedad también es parte de nuestra vida y debemos asumir, prevenir y en dado caso, aprender de ella. Nuestros cuerpos al cabo del tiempo presentarán algunas deficiencias, aparecerán dolores nuevos y es que la edad, el tiempo y la forma en que hemos cuidado de él, tarde o temprano nos va a ‘pasar factura’.



Entiendo que para algunas personas se trata de una sentencia dolorosa, son enfermedades que nadie hubiera imaginado tener y que, de pronto, cambian de un día a otro nuestra dinámica. Son padecimientos, algunos serán crónicos, otros nos acompañarán hasta el final de nuestros días y lo que es bien cierto, es que de alguna manera todos estaremos destinados a las enfermedades.

“¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios?”. 1 Corintios 6,19. Se trata de una realidad humana, la cual puede también ser un camino con Dios, porque esa fragilidad nos recuerda nuestra condición humana y que necesitamos del amor y compañía de un Padre amoroso. Nuestro cuerpo es un regalo de Dios que debemos valorar y respetar.

Dolor de cabeza

Dolor de cabeza. Foto: EFE

Oportunidad para vivir la vida con humildad, paciencia y gratitud

Cuando enfermamos, es muy importante aceptar esa situación, lo cual no significa rendirse, es momento de aprender a vivir con esperanza y es que nuestra sociedad nos dicta que debemos ocultar el paso del tiempo y nuestra propia vulnerabilidad, la enfermedad nos recuerda que somos limitados y que en algún momento de nuestra vida vamos a requerir cuidados. En ese momento podemos encontrar una gran oportunidad para vivir la vida con humildad, paciencia y también gratitud.

“Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad”. 2 Corintios 12,9. Las enfermedades pueden transformar nuestra vida y nos permiten valorar lo verdaderamente importante. Las enfermedades son llamadas de atención para cambiar nuestros hábitos, para ajustar nuestra alimentación, descansar, prevenir y escuchar las señales que nuestro cuerpo envía, por eso es muy importante estar atento a ellas.

“El hombre prudente ve el peligro y se esconde, pero los ingenuos siguen adelante y sufren las consecuencias”. Proverbios 22,3. En los momentos de dolor valoramos la importancia de la familia, los amigos, los médicos y de aquellas personas que nos acompañan: “Lleven los unos las cargas de los otros, y así cumplirán la ley de Cristo”. Gálatas 6,2.

Una experiencia de crecimiento espiritual

No somos autosuficientes y reconocernos vulnerables nos permite entender el verdadero amor a nuestro prójimo, nuestra fragilidad abre la puerta a la solidaridad y al verdadero amor. El sufrimiento de la enfermedad puede convertirse en una experiencia de crecimiento espiritual, si logramos ver la enseñanza, aunque no la hayamos pedido, aunque pensemos que se trata de un castigo.

No hay nada más erróneo que eso, porque las pruebas pueden ayudarnos a fortalecer nuestra fe, valorar cada día y descubrir una fuerza interior que no sabíamos que teníamos. Aunque nadie desea enfermar “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; y la virtud probada, esperanza”. Romanos 5,3-4.

La verdadera salud no solo está en el cuerpo, también está en el alma, podemos tener un cuerpo fuerte, pero un corazón enfermo por el rencor, la tristeza o la falta de amor. Cristo nos invita a una sanación integral: física, emocional y espiritual. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Juan 10,10.

El dolor puede abrir una puerta hacia una fe más profunda, no significa que debamos buscar el sufrimiento, sino descubrir que incluso em medio de él, Dios puede acompañarnos y fortalecernos. Jesús mismo se acercó a los enfermos, escuchó sus heridas y les devolvió esperanza. “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”. Mateo 8,17.