Si leemos las primeras páginas de la Biblia, surge la pregunta: ¿cómo es que el jardín del Edén, en el que Dios colocó a la humanidad “para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2,15), se transforma de un lugar de deleite a un abismo de desesperación (Génesis 3,24)?
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Los protagonistas de la historia son conocidos por todos: una serpiente, es decir, el animal que los nómadas del desierto consideraban más insidioso; una mujer, la que Dios había creado porque no era bueno que el hombre estuviera solo; y un fruto, no una manzana, sino un fruto de un huerto en el que todos los árboles eran “agradables a la vista y buenos para comer” (Génesis 2,9).
El mensaje es claro: el peligro habita en el jardín de la vida tanto como el asombro y la exuberancia. Por eso, el Edén es la metáfora original de la vida, de su belleza, pero también de su trágica contradicción. Uno de los mitos religiosos más conmovedores de la antigüedad nos revela así, en pocas palabras, la grandeza y la miseria del ser humano, la más extraordinaria de las criaturas, la más cercana a la divinidad, pero, al tiempo, la única que tiene la amarga conciencia de no ser Dios.
El diálogo entre la serpiente y la mujer es el primer gran discurso teológico de la Biblia, aquel en el que está contenido el núcleo de la teología de la sabiduría del antiguo Israel: la conciencia de que los humanos son, dentro del mundo, quienes dominan a los demás seres, pero su poder está sujeto a la prohibición, no es infinito.
Poder comer del árbol de la vida
Ser como Dios, es decir, poder comer del árbol de la vida: el sueño, el deseo que las religiones del antiguo Cercano Oriente han destacado como origen de la rebelión instintiva del hombre contra la divinidad y que Israel considera el único ataque verdadero a la fidelidad hacia su Dios. Es muy hermoso que, en el Edén, la mujer desempeñe el papel de quien tiene el valor de entrar en este deseo, de reclamar el derecho a él y de discutir sus límites, de contribuir a definir esa frontera insuperable que separa a los humanos de Dios, sin posibilidad de negociación alguna.
Ese discurso teológico entre el más astuto de los seres vivos y la mujer representa, al comienzo de la Biblia, un punto de no retorno, porque establece no solo que querer ser como Dios es, al mismo tiempo, un anhelo y una condena, sino también que es una condición creatural indispensable de la humanidad y determina su destino. No es casualidad que el hombre, Adán, llame a la mujer Eva, es decir, “madre de todos los vivientes” (Génesis 3,20), porque de ella todos los vivientes heredan el deseo de comprender e incluso de negociar con Dios.
¿Por qué, entonces, al comienzo del tercer milenio cristiano, en la secuencia inicial de la exitosa película ‘La Pasión’, Mel Gibson optó por representar la tentación final del Mesías por parte del diablo haciendo que una serpiente de rasgos marcadamente femeninos y rostro lascivo se deslizara en el Huerto de los Olivos?
Hilo conductor
Mujer y diablo, una identificación que ha pesado mucho en el pensamiento cristiano durante siglos. Sin embargo, en el antiguo mito bíblico conocido como la Caída, no hay diablo, ni poder divino al que los humanos estén sujetos. Todo se desarrolla, como dicta la fe monoteísta de Israel, dentro de la relación entre el único Dios y su pueblo, porque esto queda inscrito en los orígenes mismos de la vida. Este es el hilo conductor que, de maneras muy diferentes según los momentos históricos y las sensibilidades teológicas, conecta cada página de la Biblia, comenzando con el jardín de los orígenes.
Apenas hay rastro del relato del Génesis sobre la transgresión en el resto de los escritos bíblicos, casi como si se quisiera decir que el resto de la historia del pueblo elegido, una historia marcada por transgresiones y traiciones al menos tanto como por obediencia y fidelidad, está impulsada por esa dinámica, marcada por la misma contradicción: pertenecer a Dios, ser elegido por Dios, no significa ser como Dios.
Pero en esto reside la tensión inagotable entre el hombre y la divinidad, no el pecado. En la Biblia se habla a menudo del pecado, pero siempre para justificar el alejamiento de todo el pueblo de la Ley de Dios, para justificar las decisiones bélicas de los reyes y su infidelidad al pacto que Dios había elegido establecer con Israel. Siempre en relación con hechos históricos, nunca en referencia a la transgresión de Eva.
Pero ¿por qué, entonces, nuestro imaginario religioso, ayudado por un catecismo infantil y una predicación insistente, permanece profundamente marcado por el hecho de que precisamente ahí, en esa primera transgresión enteramente atribuible a la mujer y su relación con el diablo, reside un pecado original, una condena de la que ningún ser humano puede escapar jamás?
Es cierto que hoy las batallas feministas dentro y fuera de las iglesias han buscado repensar el papel de Eva y liberarla de las cargas de la culpa acumuladas durante milenios. Y, en la literatura reciente, la madre de todos los vivientes a veces ya no es la que, cediendo a la tentación demoníaca, trajo el mal al mundo, sino que en realidad se le atribuye ser una figura de conocimiento crítico.
Espíritus malignos
A partir del siglo VI, la especulación sobre espíritus malignos, común a todas las creencias antiguas, había introducido elementos adicionales en la teología judía y cristiana. Como el de los ángeles que se rebelaron contra Dios y fueron arrojados al infierno, comenzando a modificar sus características originales.
La serpiente fue identificada como una criatura del mundo sobrehumano, pero solo en un texto reciente, influido por la cultura helenística, apareció el diablo como una entidad propia: “mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando” (Sabiduría 2,24).
Esta idea pronto se incorporaría a la teología cristiana, como lo demuestra la tradición del Nuevo Testamento, desde los relatos de las tentaciones de Jesús (Mateo 4,1-11 y Lucas 4,1-13) hasta Apocalipsis 12,9 y 20, 2. Y el líder de los ángeles caídos adoptaría muchos nombres: diablo, Satanás, dragón, serpiente antigua, Belcebú.
Tres protagonistas
Pablo se hace eco de una interpretación del relato de la creación de la mujer que evidentemente circulaba en el judaísmo de su tiempo y que sancionaba la jerarquía de los sexos como ley creatural (1 Carta a los Corintios 11,8). Más tarde uno de sus discípulos añadió: “Pues primero fue formado Adán; después, Eva. Además, Adán no fue engañado; en cambio, la mujer, habiendo sido engañada, incurrió en transgresión” (1 Carta a Timoteo 2,13-15). Son los primeros pasos de una hipoteca que pesará mucho en la posterior tradición cristiana.
Los tres protagonistas del relato del Génesis –la serpiente, la mujer y el fruto– se convertirán en el diablo, la mujer y el pecado. Entonces, todo se remonta al sexo. En el fondo, está la visión patriarcal de la diferencia sexual, una visión distorsionada porque sirve a la jerarquía social entre los géneros, y la creencia de que, dado que son las mujeres quienes soportan las consecuencias más graves de la diferencia sexual, esto se debe a que son ellas las responsables de la transgresión primordial.
Desde las antiguas páginas bíblicas hasta las crónicas actuales, además, todo refleja que uno de los grandes misterios de la vida es precisamente la diferencia sexual, porque está en el origen de la vida. No solo como condición para la fertilidad y la formación del núcleo familiar, sino también como figura de cualquier posible confrontación entre personas diferentes, pues “No es bueno que el hombre esté solo…” (Génesis 2,18).
*Artículo original publicado en el número de julio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva
