Fernando Vidal
Director de la Cátedra Amoris Laetitia

La hermandad del fondo cósmico


En 1964, un radiómetro permitió detectar la radiación del fondo cósmico. Fue la primera luz que se expandió por el universo tras el ‘big bang’ y sigue formando parte de todos nosotros. Es el sonido más silencioso, la luz más profunda, la materia más liviana. Está en todas partes y nos une a todos en una sola luz engendradora.



Las fibras más íntimas de nuestro cuerpo se relacionan con ella. Imaginemos cómo la luz primera del cosmos sigue llegando a toda nuestra carne. Nos une con todos los seres humanos, seres vivos y demás criaturas del universo, en una hermandad de la primera luz.

Toda la humanidad puede tomar conciencia de ese fondo cósmico que a todos nos teje en una gran túnica de luz. Necesariamente, por debajo, dentro, encima y alrededor de ese fondo cósmico está el silencio, sin medida ni fondo ni espacio ni tiempo, está presente en todas partes, en lo más abisal de nuestra materia, carne y razón. Los radiómetros nos dan la medida de la radiación del fondo cósmico y solo el ser nos pone en relación con el silencio.

Espectáculo de luces

Exhibición de luces en Japón. Foto: EFE

No hay máquina que pueda medir ese silencio. En modo alguno podemos poseerlo, describirlo, analizarlo, pero podemos vivirlo. El lenguaje del fondo de nuestra carne puede ponerle palabras. Está en cada estrella, en cada piedra, en cada okapi, en cada ser humano…

El manantial del silencio

El silencio está dando forma a cada una de nuestras palabras. El silencio no es negativo, sino que no hay nada tan creativo y fecundo. Pensamos porque hay silencio absoluto, amamos porque el silencio nos espera… El silencio es la temperatura de la esperanza absoluta.

Recimentar nuestra civilización más profundamente requiere hacerlo en el manantial del silencio. Meditar la radiación del fondo cósmico es un camino de flechas amarillas hacia el silencio de la esperanza absoluta.

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