México quedó eliminado y como él, muchas otras selecciones también. Ahora solo ocho países seguirán en la carrera por levantar la Copa del Mundo 2026. La inmensa mayoría de los aficionados verá el resto del torneo sabiendo que su selección ya no está en la cancha y sin embargo, el Mundial seguirá.
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Los estadios permanecerán llenos y los partidos seguirán ocupando conversaciones, portadas y sobremesas. Seguramente habrá nuevas sorpresas, nuevos héroes, nuevas decepciones y nuevos abrazos y millones de personas seguirán encendiendo el televisor o siguiendo las redes sociales para ver un torneo en el que su país ya no participa. ¿Por qué? La pregunta parece futbolera, pero en realidad habla de nosotros.
Durante estas semanas hemos visto escenas que pocas veces ocurren con tanta intensidad y rapidez: familias enteras reorganizaron sus horarios para ver un partido; en restaurantes y cafeterías, desconocidos terminaron celebrando un gol como si se conocieran de toda la vida; en oficinas, parroquias, aeropuertos y plazas públicas hubo un mismo tema de conversación.
En fin, durante unos días, personas muy distintas compartieron una misma emoción y en un tiempo en el que tantas cosas parecen dividirnos, el Mundial nos recordó que todavía somos capaces de emocionarnos juntos. Obviamente el fútbol no creó esa fraternidad, simplemente la hizo visible, recordándonos que el ser humano necesita pertenecer, celebrar, compartir alegrías y sentirse parte de una historia más grande que la propia. Quizá por eso un Mundial es una experiencia profundamente humana.
Pero toda fiesta pone a prueba la calidad de nuestra fraternidad. Mientras juega mi selección, resulta fácil sentir que formo parte de ella, mientras mi bandera sigue ondeando en la cancha, todo parece convocarme. Lo difícil comienza cuando los nuestros regresan a casa y la competencia continúa. Ahí aparece una pregunta mucho más importante que cualquier resultado: ¿soy capaz de seguir alegrándome por una fiesta que ya no gira alrededor de mí?
La vida está llena de momentos así: un sacerdote inicia una obra y otro la continúa; un maestro dedica años a formar alumnos cuyo mayor éxito llegará cuando él ya no esté; un matrimonio entrega la vida para que un día sus hijos puedan caminar por sí mismos; una generación abre caminos que otras recorrerán después. Nadie permanece siempre en el centro de la escena y eso no empobrece la historia, la hace posible.
La madurez consiste en descubrir que el bien común vale más que el protagonismo personal (tema que aparece en ‘Magnifica humanitas’, la nueva encíclica del papa León XIV). Que una celebración sigue siendo hermosa aunque ya no lleve nuestros colores y que la alegría del otro no disminuye la nuestra, sino que puede ensancharla.
Por eso, aunque México (en mi caso) haya quedado fuera y solo unas cuantas selecciones continúen soñando con la Copa, el Mundial sigue siendo de todos y para todos, porque la verdadera fraternidad consiste en seguir creyendo en la belleza de una fiesta compartida, incluso cuando el protagonismo pasa a otros.
Ojalá que, cuando dentro de unos días un capitán levante la Copa del Mundo, millones de personas aplaudamos un triunfo que no será el de nuestro país. Y ojalá descubramos, aunque sea por un instante, que existen alegrías que también pueden ser nuestras cuando aprendemos a salir de nosotros mismos.
Lo que vi esta semana
Vi a un país entero ilusionarse y después aceptar una eliminación. Vi lágrimas de tristeza y lágrimas de alegría. Descubrí que el fútbol puede despertar un sentido de pertenencia que muchas veces echamos de menos en otros ámbitos de la vida. Ojalá no olvidemos que esa capacidad de emocionarnos juntos sigue ahí, esperando encontrar nuevas razones para reunirse.
La Palabra que me sostiene
“Es necesario que él crezca y que yo disminuya“. (Jn 3,30). Las palabras de Juan el Bautista no hablan de perder protagonismo con amargura, sino de descubrir la alegría de servir a una misión más grande que uno mismo.
En voz baja
Señor, enséñame a alegrarme sinceramente por el bien de los demás. Que no necesite ser siempre protagonista para sentirme parte de la fiesta. Hazme capaz de construir comunión, de celebrar los logros ajenos y de recordar que, cuando el bien crece, todos ganamos.
