La intención de oración del papa León XIV para este mes está dedicada al respeto de la vida humana. El Santo Padre invita a orar por la protección de la vida en todas sus etapas, reconociéndola como un don de Dios. La Iglesia estimula a contemplar la vida humana con una profundidad que no es solo biológica; sino sagrada, porque la recibe del Señor y está llamada a un fin que supera el tiempo. Su valor no depende de su utilidad, ni de su fuerza, ni de su productividad, sino de la dignidad de la persona creada por Dios. La Iglesia, con claridad firme, propone esa misma verdad como criterio moral absoluto: nadie tiene autoridad para destruir directamente la vida de absolutamente nadie.
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El respeto a la vida no es para la Iglesia una mera postura política o una ética de conveniencia; es una respuesta lógica al hecho de que cada existencia es un pensamiento de Dios hecho carne. La vida humana es sagrada desde la concepción a la muerte. Por tanto, su valor abarca toda su duración, no depende de la edad, ni de la utilidad, ni del estado físico. En el Evangelio, la vida humana se mide por su origen y destino. La Encarnación es el argumento definitivo. Al hacerse hombre, Dios no solo habita entre nosotros, sino que eleva la naturaleza humana a una dignidad insuperable.
La vida como don y encuentro
Jesucristo revela el valor de la vida a través de la proximidad. Su ministerio se centra en restaurar la vida donde esta parece haber perdido su brillo. Por ello lo vemos sanar al enfermo, devolver la dignidad al marginado y resucitar a los muertos. Para el Evangelio, la vida es un talento recibido (Mt 25,14-30) que debe ser protegido y defendido, y un mandato de amor que alcanza su plenitud en la entrega por el otro. Los Padres de la Iglesia sentarán las bases teológicas de la inviolabilidad de la vida en contextos a menudo hostiles. San Ireneo, por ejemplo, lo resumirá en una frase que ha resonado por siglos: «La gloria de Dios es que el hombre viva». Para él, el ser humano es el vértice de la creación, y cualquier atentado contra la vida es una afrenta directa al Creador.
Si la Patrística defendió la vida desde la ontología, los místicos lo harán desde la experiencia de la intimidad. Para Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, el alma humana es un «castillo de diamante o muy claro cristal», donde Dios mismo mora en el centro. Esta visión mística nos enseña que destruir una vida humana es demoler un santuario. San Juan de la Cruz y santa Catalina de Siena destacaron la dignidad de la vida a través del deseo de Dios por el alma. Si Dios se enamora de la criatura humana, como propone la mística, entonces cada vida posee un valor infinito, pues es el objeto del afecto divino. El valor de la vida no está en lo que el hombre hace, sino en Quién lo habita.
La cultura de la vida
El Magisterio no exhibe la vida como una opinión religiosa, sino como una verdad moral con fundamento en la revelación y en la razón. Su insistencia se vuelve especialmente diáfana y transparente cuando se trata de la vida naciente y de la vida en su fragilidad. La Iglesia ha sistematizado estas verdades frente a los desafíos de la técnica y el secularismo. Un pilar fundamental es la encíclica Evangelium Vitae de san Juan Pablo II, quien denunció la cultura de la muerte reafirmando el carácter sagrado de la vida desde la concepción hasta la muerte natural.
Cuando León XIV formula para julio la intención de orar por el respeto a la vida humana, está solicitando algo que el Evangelio ya había puesto en el centro: ni la vida del inocente, ni la de aquel que vive en la fragilidad de la enfermedad, puede ser negociada con la lógica del poder, la conveniencia o la desesperación. La tradición cristiana coincide en una afirmación exigente: la vida humana es sagrada, porque Dios es su Señor desde el comienzo hasta el fin. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del colegio Mater Salvatoris
