Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

La mordida de Dios


Hace tiempo confesé sin ningún tipo de pudor en este espacio que tenía mucho miedo al dentista. Y lo digo en pasado porque, como ya se imaginarán quienes lean lo que escribí hace ya unos años, hacer la visita de rigor a Lorena, mi amiga y dentista, ya no es una tortura como las revisiones odontológicas de mis años de infancia. Más bien todo lo contrario, porque siempre viene acompañada de una charla tranquila en la que hablamos un poco de todo y en la que siempre aprendo muchísimo. El otro día, que tocó revisión, la conversación derivó en cómo algunos pacientes, con muy buena intención, piden al odontólogo que le haga aquello que no conviene en ese momento. Ella me ponía el ejemplo de quien pretendía corregir una “mordida cruzada unilateral en dientes temporales”. 



Falta de paciencia

Es de suponer que soy incapaz de explicar en qué consiste con exactitud esa “mordida cruzada unilateral”, pero sí que entendí muy bien que los dientes temporales son los de leche y que no siempre es fácil de hacer comprender a unos padres que intentar solucionar un problema cuando la dentadura aún no es definitiva podría hacer que el remedio fuera peor que la enfermedad. Yo, que poco o nada entiendo de anatomía bucodental, me dio la sensación de que, en realidad, esto que contaba Lorena es lo que nos suele pasar a todos con frecuencia. Nos cuesta tener paciencia con los procesos, sean del tipo que sean, y solemos caer en la tentación de desear solucionar cuanto antes aquello que consideramos que no va bien, sin darnos cuenta de que la mayoría de las veces las prisas no son buenas. Respetar los ritmos, propios y ajenos, implica, además de ascesis, mucha confianza en las posibilidades propias y ajenas.

dentista

Imaginándome la escena, me acordaba de cómo Jesús, que entiende desde dentro nuestras dificultades, dedicó alguna parábola a ese afán nuestro por querer solucionarlo todo y no dejar espacio ni tiempo para que los procesos se desplieguen a su propio ritmo. En una que solo aparece en Marcos (Mc 4,26-29), el Señor nos recuerda que quien siembra ya no puede hacer más por la semilla. Esta crece a su ritmo, absolutamente ajena a nuestras prisas y sin que le afecte que estemos o no atentos a ella. La tarea pendiente es siempre confiar en que, una vez hecha nuestra parte, la vida se va abriendo paso a su manera y por sí sola, sea en forma de cosecha, de dentición definitiva o de aprendizajes existenciales y creyentes. Ojalá vayamos adquiriendo esa “paciencia del labrador” (cf. Sant 5,7), que sabe esperar el momento oportuno para intervenir, como hace Dios hace con nosotros… o el dentista con esa mordida cruzada.