Ahora que se habla tanto de una vuelta a lo religioso, que algunos Nicodemos se atreven a salir de su armario y manifiestan su fe fraguada con nocturnidad y alevosía; ahora que cantantes, actores, deportistas y personas de cultura (de ambos sexos) comienzan a decir que creen en algo y son espirituales (quizás una espiritualidad sin Dios, que también existe); ahora que se bautizan tantos jóvenes y adultos y luego no saben qué hacer, ni ellos ni los que los hemos bautizado; ahora es cuando debemos tomarnos más en serio la vida comunitaria y volver a los orígenes.
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Si después de Pentecostés los primeros evangelizadores fueron capaces, en poco más de treinta años, de crear comunidades cristianas en todos los puertos del Mediterráneo y en alguna ciudad del interior, sin conocer la lengua vehicular de entonces, el griego, y con pocas perspectivas de éxito –date una vuelta, si no, por la tipología de los apóstoles–, qué nos pasa a los discípulos de hoy que vivimos agazapados en nuestra propia religiosidad. Quizás programamos demasiados fuegos artificiales que nos deslumbran segundos antes de fundirse a negro.
Los sociólogos de los primeros años del cristianismo coinciden en afirmar que la vida comunitaria –no exenta de problemática– fue la que atrajo a muchos adoradores del panteón romano, griego y pagano (‘paganus’, habitantes del mundo rural). Y la comunidad no fue una estrategia para hacer prosélitos, sino imagen de un Dios comunitario, reflejado en la relación de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Bueno, esto ya lo sabes tú, pero tenía que decirlo.
Comunidades
La comunidad es el crisol purificador de la evangelización, de ahí que sea fundamental la vida sinodal y el discernimiento comunitario, para que nadie haga de su capa un sayo, para evitar los abusos de conciencia y de poder. Estos abusos nos han llevado a los otros.
Pero ahora, también en nuestra Iglesia, estamos volviendo a defender nuestros lares y penates. Mirad, si no, cómo se deconstruyen nuestras parroquias, cómo se perdió el sentido de la casa de todos, cómo ya no es comunidad de comunidades. Y los discípulos se aferran a sus advocaciones y tradiciones –con minúscula–, que, sobre todo, nos separan más, convirtiendo nuestra fe en idolátrica, porque carece de amor y se carga de ideologías religiosas y políticas.
Los líderes –según la RAE, esos guías que debemos destacar por la capacidad de escucha, empatía y habilidad para inspirar a otros a dar lo mejor de sí mismos–, caminamos disgregados, cuando todos deberíamos ser hermanos y hermanas “sirvientes” –en lenguaje paulino, el de san Vicente de Paúl–. ¡Ánimo y adelante!

