El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, la devoción y culto al Sagrado Corazón de Jesús encarna una de las expresiones más profundas de la piedad católica, representando el amor infinito de Cristo por cada hombre.
Esta devoción, entendida como el misterio total de Cristo en su dimensión de amor divino-humano, ha sido promovida históricamente por diversos santos y órdenes religiosas. Entre ellos quiero destacar a san Ignacio de Loyola y a la Compañía de Jesús que, aunque no se registra una mención explícita al Sagrado Corazón en sus documentos fundacionales, sus raíces teológicas y espirituales están profundamente ancladas en su experiencia mística.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
El origen directo de la promoción jesuita está vinculado a San Claudio de la Colombière (1641-1682), confesor de Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), a quien el Señor manifestó abundantemente la misericordia de su Corazón. Posteriormente, el P. Joseph de Gallifet (1663-1749), jesuita formado bajo la dirección de La Colombière, se convirtió en el Apóstol de la devoción al Sagrado Corazón, ya que fue quien transformó una experiencia mística privada en un movimiento oficial y estructurado dentro de la Iglesia Católica.
En 1726 publicará su obra Sobre el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuyo éxito de difusión fue extraordinario, además de proporcionar la base teológica y doctrinal necesaria para que la devoción fuera aceptada por las autoridades eclesiásticas, defendiéndola de los ataques de los jansenistas del momento.
El Sagrado Corazón en la espiritualidad ignaciana
La espiritualidad ignaciana, aunque no menciona explícitamente el Sagrado Corazón, está fundamentada en un cristocentrismo radical que anticipará y sustentará esta devoción. San Ignacio concibe los Ejercicios Espirituales como método para «buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de la vida para la salvación del alma», centrándose en la imitación de Cristo como «supremo y verdadero Capitán».
Este perspectiva en el amor y la humildad de Jesús resuena con las virtudes del Sagrado Corazón: humildad, mansedumbre y misericordia tierna.
En los Ejercicios se solicita de manera recurrente alcanzar un «conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga». Este conocimiento interno no es intelectual, sino cordial. Para san Ignacio, el corazón es el lugar de la moción, donde el Espíritu actúa.
La devoción al Sagrado Corazón proporciona un objeto concreto para ese conocimiento: la humanidad de Cristo en su máxima expresión de entrega. Al contemplar el costado abierto, el ejercitante ignaciano encuentra la herida de amor que valida la encarnación, un tema central en la teología de san Ignacio.
El Corazón de los Ejercicios
Los Ejercicios Espirituales no nombran explícitamente el Sagrado Corazón, pero su estructura cristocéntrica involucra una honda devoción al Corazón amoroso de Jesús. Durante Segunda Semana, la meditación de los «Dos Banderas» muestra a Jesucristo en un «lugar humilde, hermoso y atractivo», enviando apóstoles a la pobreza y humildad, culminando en coloquios con María, el Hijo y el Padre para ser recibidos bajo su estandarte.
Esto evoca el Corazón manso y humilde de Jesús (Mt 11,29). La semana siguiente, centrada en la Pasión, exhorta a contemplar cómo la Divinidad se oculta permitiendo el sufrimiento cruel de la Humanidad santa por los pecados, terminando en un coloquio con Cristo. Aquí, el énfasis en el dolor redentor prefigura la imagen del Sagrado Corazón crucificado, con el costado lanceado como expresión suprema de amor.
El culmen de los Ejercicios es la «Contemplación para alcanzar amor» (EE 230-237). Aquí, san Ignacio establece un principio fundamental: «el amor consiste en comunicación de las dos partes… en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene». Teológicamente, el Sagrado Corazón es el símbolo de esa comunicación total. En la devoción jesuítica, el Corazón de Cristo es el manantial de donde brotan los dones de la creación y la redención.
La respuesta del jesuita —el famoso «Sume, et Suscipe» (Tomad, y recibid) — es el reflejo de una espiritualidad de reparación y gratitud. No es una reparación penal, sino una respuesta amorosa a un amor que se percibe herido por la indiferencia humana: «Señor, toma y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad; todo lo que tengo y poseo. Tú me lo has dado todo. A ti, oh Señor, te lo devuelvo. Todo es tuyo; dispón de ello según tu voluntad. Dame tu amor y tu gracia, pues esto me basta». Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del colegio Mater Salvatoris
